El drama se quedó a vivir en Río Chico

A diez meses de la mayor inundación de su historia, hay vecinos que todavía están evacuados. La mayoría de las casas afectadas no fue reparada. Cómo se encuentran hoy los que sobrevivieron a la furia del agua, pero no a sus consecuencias.

Victorina lo cuenta como si se derramara. Tardó una vida en cumplir el sueño de tener una casa propia y un par de segundos en verlo destrozado frente a sus ojos. Sin poder hacer nada. «La inundación se llevó casi todo. Me quedé sólo con lo puesto», dice. Fue hace casi un año, cuando el agua vino con más furia que nunca y convirtió a Río Chico en la sombra de lo que era.

Desde ese día vive evacuada con su familia en el rincón de un centro comunitario que algún funcionario le juró «momentáneo» y el destino convirtió en permanente. Allí come, duerme y espera. Como si nada más le estuviera permitido. Habla con todas las palabras que puede y de a poco parece liberarse de la angustia con la que carga en unos hombros que ya parecen vencidos. Cuenta que está mal, que está sola, que necesita ayuda, que no sabe adónde pedirla y que nadie la escucha. Que ya no puede más.

A su lado los chicos corren y saltan en un patio interminable. Lejos de la mirada de un par de mujeres que hablan bajo y cocinan a diario para hijos propios y ajenos. Todos escuchan y saben de qué

habla Victorina. Su dolor es el mismo. Son los que sobrevivieron a la inundación, pero no a sus consecuencias. Los que se salvaron del agua, pero aún tiemblan cuando empieza a llover con más fuerza de la que debiera. Los que antes de acostarse controlan que las paredes y el techo estén firmes. Los que intentan saltar el surco que dejó la correntada y en eso están. Los que ocupan casas, sí, pero nadie diría que allí viven.

Luchan por reconstruir un pueblo arrasado y todos los días recuerdan cómo empezó esta historia de sueños rotos. De vidas al límite y siempre olvidadas. Siempre al margen.

El drama se quedó a vivi en Río Chico el primero de julio del año pasado. Era temprano cuando comenzó a llover y cuando todos se resignaron a pasar el día dentro de sus casas. Con el correr de las horas el cielo ya era un techo negrísimo y empezaron a escucharse los peores pronósticos. La lluvia ahora caía con más violencia y muchos rezaban apoyados en las ventanas para que de una vez por todas se detuviera. En pocas horas el caudal del río, también llamado Chico, se triplicó y convirtió su cauce en una pesada lengua de agua que arrastraba todo lo que tenía a su paso. Destruyó tres de cada diez casas, cientos de animales, plantaciones y alambrados en cuestión de segundos.

En toda la zona cordillerana el balance del temporal fue doloroso: cuatro turistas murieron en Bariloche en un accidente, un poblador falleció en el paraje Cerro Radal, a siete kilómetros de El Bolsón, cuando su vivienda fue destruida por un alud de piedras y barro, otro hombre perdió la vida por hipotermia en Ñorquinco al intentar cruzar un arroyo también desbordado, decenas de barrios quedaron anegados y hubo más de mil evacuados en todas las ciu

dades. Fue la tormenta más trágica de las últimas décadas.

Cuando llegó la noche a Río Chico, ya casi nadie miraba por la ventana. Buena parte del pueblo estaba refugiada en el centro comunitario por temor a derrumbes y accidentes. Por miedo a morir solos. Ese día fueron más de 30 las familias que buscaron abrigo en un lugar que no podía albergar ni a la mitad de ellos. Hoy, casi un año después, allí sólo queda Victorina. «Si yo me voy a vivir a lo que quedó de mi casa tengo miedo de que se me caiga encima. Ya me pidieron que me vaya de acá, pero adónde. No puedo irme con mis hijos a la calle», dice. Su antigua casa es ahora un par de paredes que apenas se mantienen en pie. El agua las dejó tan débiles como un cartón y hoy sólo se anima a mirarlas desde lejos. Como si nunca hubiera estado allí. Como si no le pertenecieran.

Su vida por estos días se reduce a lo que puede hacer mientras los otros no están. Cuando las cocineras trabajan opta por irse, cuando los chicos utilizan el comedor tiene que correrse y cuando debe ir al baño antes revisa si no está ocupado. «Nos amontonamos en ese rincón por el frío y así estamos. Mi hija es madre soltera y yo estoy con mi hijo. Mi esposo trabaja en otros pueblos y viene cada tanto. Necesito que alguien me ayude», dice. Sólo pensar en que puede seguir evacuada mucho tiempo más le revuelve las tripas. Ya pasó más tiempo del que alguna vez imaginó y cada vez está más cansada.

 

Las huellas de Esteban

 

Nadie juraría que Esteban Becerra tiene 74 años. El hombre se baja de su caballo, apila la leña que juntó toda la mañana y apenas se apoya en la pared para contar su historia. Ese día, que todos recordarán durante años, lo encontró en su casa y junto a su esposa, en un campo a pocos kilómetros del pueblo. Para

cuando el agua inundó todos los rincones de la vivienda sólo alcanzaron a tomar un abrigo, algo de comida y convertir un cerro cercano en su refugio. Entre las piedras esperaron a que la tormenta pasara. Se abrazaron, se tranquilizaron y diez mil veces pensaron cómo salir de allí. En el medio hubo frío, viento y una lluvia que parecía eterna. Así estuvieron casi dos días y el alivio recién llegó cuando vieron aparecer a los rescatistas. Se salvaron por casualidad, por milagro o porque- sin explicaciones lógicas- hay gente que se salva de situaciones así.

«Cuando llegamos me dijo que sólo estaba esperando morir», agrega José Soto, e comisionado de fomento de Río Chico. «Estaban solos, todavía mojados. Desesperados». Esteban agacha la mirada y parece no querer escuchar otra vez lo mismo. Las arrugas que dibujan su rostro hablan de una vida que seguramente no fue fácil. De otras situaciones tan extremas como ésta, pero seguramente de ninguna tan irreversible.

«Eran tres casas y una cayó completamente. Las otras dos quedaron partidas y hay paredes que se cayeron», explica. «Lo que necesito para volver al campo es una pieza y una cocina. Necesit ayuda». Cuando habló con «Río Negro» vivía en un galpón de adobe que un sobrino les había prestado. Sin gas y abasteciéndose de agua a través de una canilla que queda a 20 metros de allí. Hace un par de días fue trasladado a Ñorquinco junto a Rosa, su mujer, que a los 73 años está ciega, muda y casi sorda. También lo estaba el día que todo se nubló en Río Chico. No pudo escuchar lo que pasaba, no alcanzó a ver el desastre ni tampoco a gritar por ayuda, pero igual se salvó. Hoy prefiere casi no salir a la calle. No es tan difícil imaginarse porqué. El sueño de una vejez tranquila y sin preocupaciones les explotó en la cara y nunca pudieron recuperarse. Aunque lo intentan. «De salud estoy bien, por suerte. Tengo achaques pero son por mi edad, por el frío. Cuando el día está lindo, como hoy, estoy bien», dice Esteban. Hay profundas huellas que dejó la inundación y que Río Chico tardará años en olvidar. Aunque es probable que nunca lo haga.

La otra vida de Sixto

Sixto Velázquez apoya los brazos entre las piernas y sus palabras parece que terminaran justo en el piso. El ganadero, curtido por el clima y las adversidades, parece agotado. No es para menos: en pocos segundos el agua barrió con su casa en el campo, con su casa en el pueblo y con una estabilidad que le tranquilizaba la vida. «Igual tuve suerte. Hubo gente que me ayudó a sacar las cosas antes de la inundación y pude salvar algo de ropa y un poco de comida», cuenta.

Al resto de sus pertenencias pudo recuperarlas varios días después, cuando con sus hijos regresó a su casa y revolvió entre los escombros y el agua sucia. Entre los lamentos y las miradas largas. Vacías. No quedó mucho en buen estado, pero al menos le recuerda que una vez hubo algo.

Hoy ocupa una casa que pertenece al Ferrocarril y lo único que quiere es irse pronto de allí. «Nosotros somos once. Tenemos una cocina, dos piezas y un depósito que también lo usamos para dormir. Alguna vez me gustaría volver a mi casa en el campo, pero no puedo si no me ayudan al menos con los materiales. Yo trato de vivir con lo que tengo, de mi trabajo, pero no siempre se puede», dice con la sinceridad del que se reconoce con las manos atadas. «Parece que el Senasa lo único que hace con los ganaderos es ponernos trabas. Así es imposible salir adelante. A veces tardás más haciendo trámites que trabajando. Para hacer el traslado del ganado empecé los trámites el 20 de diciembre y recién pude arriar el 6 de febrero. El problema es que si uno hace las cosas igual te meten multas de 500 a 1.000 pesos y esa plata es para sobrevivir, no para tirarla».

Es parte del Río Chico que intenta resurgir, pese a las cenizas. En ese pueblo de no más de 650 habitantes hay ganaderos y agricultores que todavía están arreglando alambrados que quedaron destruidos, recuperando tierras para cultivo y pastoreo que perdieron a manos del agua, reconstruyendo galpones y estanques que alguna vez tuvieron uso y peleando para ponerse otra vez en pie.

Pero también hay vecinos que perdieron más de lo que jamás podrán recuperar. Casi un año después del horror todavía están desorientados. Fue tan fuerte el sacudón que ni siquiera saben por dónde empezar a reparar las pérdidas. A reconstruir sus vidas. Su historia. Son los que dependen de la ayuda social y agachan la cabeza cuando alguien les escupe en la cara que «el Estado no puede darles siempre todo». Saben que por ahora no les queda otra y fantasean que algún día vendrá un tiempo mejor. Tal vez parecido al que alguna vez fue.

En ese Río Chico, que también supo ser un infierno grande, hay quienes creen que alejar los fantasmas que dejó el agua costará años. Generaciones enteras. Pero también hay quienes ya se pusieron en marcha para lograrlo. Los que tienen las manos llenas de adobe, cemento y proyectos juran que es posible. Que es obligatorio. No hay razón para no creerles.

Adrián Arden

adrianarden@rionegro.com.ar

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