El espejismo de la igualdad
El francés Thomas Piketty ya no tiene motivos personales para preocuparse por la desigualdad económica que, dice en su ensayo “El capital en el siglo XXI”, se agravará inexorablemente en los años próximos: las ventas del libro en el mundo anglohablante, donde el tema se había puesto de moda gracias en buena medida a las hazañas de ciertos banqueros en vísperas del colapso financiero del 2008, lo han hecho envidiablemente rico. Aunque algunos especialistas discrepan, parece plausible la tesis de Piketty de que los plutócratas, ayudados por el interés compuesto, tendrán cada vez más dinero, hasta adquirir fortunas gigantescas, a menos que todos los gobiernos se combinen para privarlos de una parte sustancial de la plata que se las ingenien para acumular. Es más que probable que lo hagan a tiempo para impedir que todo el dinero del planeta quede en un solo par de manos, pero no lo es que el resultado sea un sistema socioeconómico mucho más equitativo que el actual. Para que uno fuera posible, sería preciso eliminar por completo la relación entre el aporte que hacen las distintas personas al bienestar general y lo que perciben a cambio. Bien que mal, el sueño marxista de un mundo regido por el principio sintetizado en la consigna generosa “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades” seguirá siendo irrealizable. Lo será porque el orden reclamado por los igualitarios más fervorosos requeriría que ellos también se resignaran a vivir de una fracción humillante de sus ingresos actuales, ya que, como Piketty acaba de descubrir y muchos otros gurús contestatarios y políticos populistas ya sabían, denunciar a los ricos es una actividad muy lucrativa, además de prestigiosa. Algunos juran que les encantaría intentarlo, pero la mayoría prefiere asegurarnos que nada les complacería más que vivir como un trabajador tercermundista común pero que sería absurdo de su parte elegir la pobreza antes de concretarse la revolución mundial que tienen en mente. Todas las sociedades son elitistas a su modo. Cuando la Unión Soviética aún representaba “el socialismo real”, los jerarcas comunistas y sus favoritos disfrutaban de beneficios materiales negados al pueblo. Lo mismo sucede en otros países supuestamente igualitarios. En la Argentina muchos políticos, incluyendo a la presidenta y sus amigos, han sabido aprovechar el poder que supieron conseguir para convertirse en multimillonarios. Como los barones soviéticos, creen merecer tener más que sus conciudadanos porque, al fin y al cabo, están luchando a favor de los rezagados. De modo parecido, los financistas, empresarios, deportistas, cantantes populares y otros, sin excluir a los herederos de fortunas amontonadas por sus padres o abuelos, que en Estados Unidos, Europa, el Japón y China conforman la elite económica, protestarían con indignación si los acusaran de parasitismo. Todos están convencidos de que, sin su contribución al bien común, se desplomaría la sociedad, lo que sería desastroso para los más vulnerables. Cuando de justificar la buena suerte propia se trata, no hay límites a la creatividad humana. La desigualdad económica no corre peligro. A diferencia de las elites de sociedades estratificadas del pasado que se esforzaban por mantenerse cerradas al basar sus pretensiones en sus hipotéticos derechos de sangre o su condición de defensores de la ortodoxia oficial, la del “uno por ciento” fustigado por los indignados se ha acostumbrado a incorporar no sólo a empresarios y financistas que nunca soñarían con atacarla sino también a sus críticos más virulentos. Habrá sido por este motivo que hace más de medio siglo, en una franja amplia de la izquierda, el ideal igualitario se vio reemplazado subrepticiamente por otro “meritocrático”, donde si bien sería peor que inútil insistir en nivelar los ingresos, ya que el resultado previsible sería una depresión catastrófica, no lo sería permitir que prosperen los más talentosos y vigorosos, entre ellos economistas como Piketty y el norteamericano Paul Krugman que afirman que la brecha entre la elite y los demás ya se ha hecho demasiado grande. Tales pensadores aparte, los más preocupados por la desigualdad económica son aquellos que creen poseer las cualidades necesarias para abrirse camino en una meritocracia genuina pero que por algún motivo no encuentran la forma de hacerlo. Los así “excluidos” están creciendo en número con rapidez tanto en el sur de Europa, donde millones de jóvenes con diplomas universitarios no pueden encontrar empleo, como en otras partes del mundo desarrollado. En Estados Unidos abundan los ejecutivos que, con incredulidad primero y después resignación, han tenido que aceptar trabajos rutinarios mal remunerados. Al intensificarse la revolución tecnológica que está en marcha y hacerse sentir el ingreso en el mercado de trabajo global de decenas de millones de asiáticos óptimamente preparados, serán cada vez más los occidentales que se vean en efecto marginados. Tal y como se perfilan las cosas, sólo una pequeña minoría podrá conseguir lo que había previsto hace apenas una década. De por sí la desigualdad de ingresos importa mucho menos que el desafío planteado por la eliminación constante de oportunidades para desempeñar un papel económico que sea claramente beneficioso. Repartir subsidios puede servir para que no haya pobreza extrema, pero para muchos depender de la caridad ajena, aun cuando sea considerada un derecho, es humillante y por lo tanto desmoralizador. En las ciudades de los países más ricos propenden a crecer los enclaves habitados casi exclusivamente por familias en que los abuelos, padres e hijos nunca han logrado valerse por sí mismos y que, desde luego, se comportan de manera rabiosamente antisocial, delinquiendo y, a menudo, drogándose. En Detroit, una ciudad que a mediados del siglo pasado era la más rica de Estados Unidos pero en la actualidad es la más miserable, los así marginados constituyen una mayoría cuya mera presencia ha sido suficiente como para expulsar a los aún capaces de prosperar en una sociedad meritocrática. El éxodo de la clase media ha provocado un colapso cívico que es tan calamitoso como los que fueron experimentados pasajeramente en algunos países europeos de resultas de una guerra. Impedir que otras ciudades norteamericanas, europeas y, desde luego, latinoamericanas sufran el mismo destino que Detroit requeriría una serie de cambios culturales encaminados a restaurar el amor propio de quienes se saben irremediablemente superfluos en sociedades acostumbradas a medir el valor de cada uno según criterios económicos.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
El francés Thomas Piketty ya no tiene motivos personales para preocuparse por la desigualdad económica que, dice en su ensayo “El capital en el siglo XXI”, se agravará inexorablemente en los años próximos: las ventas del libro en el mundo anglohablante, donde el tema se había puesto de moda gracias en buena medida a las hazañas de ciertos banqueros en vísperas del colapso financiero del 2008, lo han hecho envidiablemente rico. Aunque algunos especialistas discrepan, parece plausible la tesis de Piketty de que los plutócratas, ayudados por el interés compuesto, tendrán cada vez más dinero, hasta adquirir fortunas gigantescas, a menos que todos los gobiernos se combinen para privarlos de una parte sustancial de la plata que se las ingenien para acumular. Es más que probable que lo hagan a tiempo para impedir que todo el dinero del planeta quede en un solo par de manos, pero no lo es que el resultado sea un sistema socioeconómico mucho más equitativo que el actual. Para que uno fuera posible, sería preciso eliminar por completo la relación entre el aporte que hacen las distintas personas al bienestar general y lo que perciben a cambio. Bien que mal, el sueño marxista de un mundo regido por el principio sintetizado en la consigna generosa “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades” seguirá siendo irrealizable. Lo será porque el orden reclamado por los igualitarios más fervorosos requeriría que ellos también se resignaran a vivir de una fracción humillante de sus ingresos actuales, ya que, como Piketty acaba de descubrir y muchos otros gurús contestatarios y políticos populistas ya sabían, denunciar a los ricos es una actividad muy lucrativa, además de prestigiosa. Algunos juran que les encantaría intentarlo, pero la mayoría prefiere asegurarnos que nada les complacería más que vivir como un trabajador tercermundista común pero que sería absurdo de su parte elegir la pobreza antes de concretarse la revolución mundial que tienen en mente. Todas las sociedades son elitistas a su modo. Cuando la Unión Soviética aún representaba “el socialismo real”, los jerarcas comunistas y sus favoritos disfrutaban de beneficios materiales negados al pueblo. Lo mismo sucede en otros países supuestamente igualitarios. En la Argentina muchos políticos, incluyendo a la presidenta y sus amigos, han sabido aprovechar el poder que supieron conseguir para convertirse en multimillonarios. Como los barones soviéticos, creen merecer tener más que sus conciudadanos porque, al fin y al cabo, están luchando a favor de los rezagados. De modo parecido, los financistas, empresarios, deportistas, cantantes populares y otros, sin excluir a los herederos de fortunas amontonadas por sus padres o abuelos, que en Estados Unidos, Europa, el Japón y China conforman la elite económica, protestarían con indignación si los acusaran de parasitismo. Todos están convencidos de que, sin su contribución al bien común, se desplomaría la sociedad, lo que sería desastroso para los más vulnerables. Cuando de justificar la buena suerte propia se trata, no hay límites a la creatividad humana. La desigualdad económica no corre peligro. A diferencia de las elites de sociedades estratificadas del pasado que se esforzaban por mantenerse cerradas al basar sus pretensiones en sus hipotéticos derechos de sangre o su condición de defensores de la ortodoxia oficial, la del “uno por ciento” fustigado por los indignados se ha acostumbrado a incorporar no sólo a empresarios y financistas que nunca soñarían con atacarla sino también a sus críticos más virulentos. Habrá sido por este motivo que hace más de medio siglo, en una franja amplia de la izquierda, el ideal igualitario se vio reemplazado subrepticiamente por otro “meritocrático”, donde si bien sería peor que inútil insistir en nivelar los ingresos, ya que el resultado previsible sería una depresión catastrófica, no lo sería permitir que prosperen los más talentosos y vigorosos, entre ellos economistas como Piketty y el norteamericano Paul Krugman que afirman que la brecha entre la elite y los demás ya se ha hecho demasiado grande. Tales pensadores aparte, los más preocupados por la desigualdad económica son aquellos que creen poseer las cualidades necesarias para abrirse camino en una meritocracia genuina pero que por algún motivo no encuentran la forma de hacerlo. Los así “excluidos” están creciendo en número con rapidez tanto en el sur de Europa, donde millones de jóvenes con diplomas universitarios no pueden encontrar empleo, como en otras partes del mundo desarrollado. En Estados Unidos abundan los ejecutivos que, con incredulidad primero y después resignación, han tenido que aceptar trabajos rutinarios mal remunerados. Al intensificarse la revolución tecnológica que está en marcha y hacerse sentir el ingreso en el mercado de trabajo global de decenas de millones de asiáticos óptimamente preparados, serán cada vez más los occidentales que se vean en efecto marginados. Tal y como se perfilan las cosas, sólo una pequeña minoría podrá conseguir lo que había previsto hace apenas una década. De por sí la desigualdad de ingresos importa mucho menos que el desafío planteado por la eliminación constante de oportunidades para desempeñar un papel económico que sea claramente beneficioso. Repartir subsidios puede servir para que no haya pobreza extrema, pero para muchos depender de la caridad ajena, aun cuando sea considerada un derecho, es humillante y por lo tanto desmoralizador. En las ciudades de los países más ricos propenden a crecer los enclaves habitados casi exclusivamente por familias en que los abuelos, padres e hijos nunca han logrado valerse por sí mismos y que, desde luego, se comportan de manera rabiosamente antisocial, delinquiendo y, a menudo, drogándose. En Detroit, una ciudad que a mediados del siglo pasado era la más rica de Estados Unidos pero en la actualidad es la más miserable, los así marginados constituyen una mayoría cuya mera presencia ha sido suficiente como para expulsar a los aún capaces de prosperar en una sociedad meritocrática. El éxodo de la clase media ha provocado un colapso cívico que es tan calamitoso como los que fueron experimentados pasajeramente en algunos países europeos de resultas de una guerra. Impedir que otras ciudades norteamericanas, europeas y, desde luego, latinoamericanas sufran el mismo destino que Detroit requeriría una serie de cambios culturales encaminados a restaurar el amor propio de quienes se saben irremediablemente superfluos en sociedades acostumbradas a medir el valor de cada uno según criterios económicos.
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