El Estado y el Leviatán

Por Jorge Castañeda

Nadie puede horadar/ con espinas su quijada/ ni poner garfios/ en sus narices». «Nadie ha de sacar/ al Leviathan/ con un anzuelo/ ni siquiera/ con la cuerda/ echada en su lengua». «El no ruega con nosotros/ ni habla lisonjas/ y porque no es siervo/ no hace concesiones/ ni conciertos». «No lo parten los mercaderes/ ni juegan con él las niñas./ Nadie corta con cuchillo/ su cuero/ o clava asta de pescadores/ en su cabeza». «No hay osado que lo despierte/ ni valiente ante él que no desmaye./ Sus dientes espantan y la gloria/ de sus vestidos son escudos/ fuertes y cerrados». «Hay candelas cuando estornuda/ y hachas de fuego en su boca./ Como hierro en caldero/ de sus narices sale humo./ Su aliento es de carbones encendidos/ y en su cerviz mora la fortaleza». «Leviathan es grande y el desaliento/ lo precede./ Como la muela de abajo/ su corazón es firme y poderoso». «Contra él no pueden las lanzas ni dardos,/ y la espada no le alcanza/ y el coselete no dura./ Estima el hierro por pajas/ y la dureza del acero por leños podridos./ Toda arma toma por hojarasca:/ la saeta no lo amedrenta/ ni la pica de cuyo blandir se burla». «Leviathan encala la senda/ que deja tras de sí,/ la mar pinta con canas,/ hace hervir como en una marmita/ las aguas numerosas del mar». «Pisa fuerte porque nada teme/ y toda altitud empequeñece/ y menosprecia». «Leviathan es cosa única:/ no encuentra semejante/ sobre la faz de la tierra/ ni igual en los abismos insondables». «Yo lo adivino entre vapores/ con sus escamas de metal,/ sus conchas implacables». «Y cómo rige su cetro/ Leviathan sobre todos/ los soberbios!!»

La presente paráfrasis del libro de Job, capítulo 41 de la Biblia, exhibe la concepción cristiana del Leviatán que, junto a la entidad Behemoth, configuran las dos bestias pintadas minuciosamente en dicho libro, ambas señaladas como la encarnación del Diablo.

Es usual admirar en las imágenes reproducidas de San Miguel y San Jorge que la figura infernal del dragón sea atravesada por la lanza y el Leviatán pescado por un anzuelo o en forma de cruz para ser encadenado a perpetuidad.

Y la tradición cristiana supone que «si el dogma de la encarnación se cortase por la herejía, él podría desencadenarse de la cuerda que lo tenía enredado para ejercer otra vez toda su fuerza de seducción sobre los pueblos del mundo».

Bossuet llama a estas dos bestias infernales «precursoras del Anticristo», pues son las que inspiran todas las herejías.

Por otra parte conforme a la concepción cabalista de estos mitos, Leviatán encarnaría a las potencias marítimas y Behemoth a la personificación de las potencias continentales en pugna entre sí.

Y afirma Gueydan de Roussel que «los únicos descendientes de Adán asisten como espectadores imperturbables a la batalla de las naciones, esperando la hora de repartirse los despojos y la carne del vencido, esperando que al fin del mundo el Leviatán sea sacrificado por Jehová y servido en el banquete de los elegidos.

El Talmud también menciona a otra entidad monstruosa denominada Ziz o Bar Juchne, que «representaría a una entidad aérea que cae sobre la tierra, siendo capaz de derribar centenares de cedros y de inundar decenas de aldeas».

Se completa así la trilogía de cada uno de estos monstruos, a los cuales se atribuye elementos determinados y distintivos.

Numerosos historiadores afirman que el origen de las ciencias políticas emana de la teología. Tanto las diferentes ramas de derecho e incluso la más variada forma de gobierno tienen antecedentes religiosos y míticos. Al respecto, Durkheim afirmaba que «los fenómenos religiosos son el germen de donde todos los demás -o al menos casi todos- se derivan. Podemos entonces decir que también el concepto de Estado en sus diferentes formas no constituye ninguna excepción a estas apreciaciones, llegando a afirmar J. J. Rousseau que «jamás se ha constituido un Estado en el que la religión no le sirviera de base».

En base de tales ideas el filósofo Thomas Hobbes, valiéndose del mito del Leviatán, publica su interesante libro titulado Der Leviathan in der Sttaatslehre des Thomas Hobbes, donde lo compara con el Estado moderno.

En la tapa, un retrato del monstruo lo muestra representado con la figura de hombre gigantesco, el cual está a su vez integrado por una multitud de hombres pequeños.

Escribe Gueydan de Roussel que el Leviatán de Hobbes «es un monstruo estéril que no engendra a nadie. No es un medio, sino el fin hacia el cual se encamina una humanidad sin Dios. Los homúnculi que componen el busto del gran hombre no son su posteridad porque el gran hombre, ese dios mortal, está constituido por medio del pequeño, generación ilusoria, porque el Leviatán de Hobbes no es otra cosa que el hombre artificial». Y más adelante agrega «que es por esas características que el símbolo del Estado moderno se le aproxima de la manera más impresionante».

Los acontecimientos cotidianos de los argentinos tal vez nos induzcan a pensar en que el mito recreado por Hobbes alcance dimensiones gigantescas en esta nación arrutada y sin futuro.

Un Estado voraz, implacable, que insectifica a sus ciudadanos, dispensador de prebendas, generador de injusticias y cuyas fauces devoran todo lo que está a su alcance, nos hace repensar que tal vez la Argentina sea protagonista de hechos si bien trágicos pero inéditos.

Julius Evola, al anteponer el Estado moderno al orgánico vislumbraba a éste con «sus hombres o, por lo menos, los más calificados entre éstos, sería bajo la forma de una orden, de una clase específicamente política, que tendría que presentarse y gobernar, no constituyendo un Estado en el Estado, sino yendo a proveer y reforzar las posiciones clave del Estado, no defendiendo una ideología particular propia, sino encarnando impersonalmente la misma pura idea del Estado. El carácter específico revolucionario en tal caso se lo debe expresar no con la fórmula del «partido único», sino más bien con la del Estado orgánico. Se trata así sólo del retorno a un Estado de tipo tradicional después de un período de interregno y después de especiales formas políticas de transición».

¿Será posible para los argentinos pescar al monstruo-Estado y encadenarlo a formas más justas y evolucionadas?

Si no lo hacemos, Leviatán será invulnerable y su soberbia sojuzgará la Patria que nos debemos.


Nadie puede horadar/ con espinas su quijada/ ni poner garfios/ en sus narices". "Nadie ha de sacar/ al Leviathan/ con un anzuelo/ ni siquiera/ con la cuerda/ echada en su lengua". "El no ruega con nosotros/ ni habla lisonjas/ y porque no es siervo/ no hace concesiones/ ni conciertos". "No lo parten los mercaderes/ ni juegan con él las niñas./ Nadie corta con cuchillo/ su cuero/ o clava asta de pescadores/ en su cabeza". "No hay osado que lo despierte/ ni valiente ante él que no desmaye./ Sus dientes espantan y la gloria/ de sus vestidos son escudos/ fuertes y cerrados". "Hay candelas cuando estornuda/ y hachas de fuego en su boca./ Como hierro en caldero/ de sus narices sale humo./ Su aliento es de carbones encendidos/ y en su cerviz mora la fortaleza". "Leviathan es grande y el desaliento/ lo precede./ Como la muela de abajo/ su corazón es firme y poderoso". "Contra él no pueden las lanzas ni dardos,/ y la espada no le alcanza/ y el coselete no dura./ Estima el hierro por pajas/ y la dureza del acero por leños podridos./ Toda arma toma por hojarasca:/ la saeta no lo amedrenta/ ni la pica de cuyo blandir se burla". "Leviathan encala la senda/ que deja tras de sí,/ la mar pinta con canas,/ hace hervir como en una marmita/ las aguas numerosas del mar". "Pisa fuerte porque nada teme/ y toda altitud empequeñece/ y menosprecia". "Leviathan es cosa única:/ no encuentra semejante/ sobre la faz de la tierra/ ni igual en los abismos insondables". "Yo lo adivino entre vapores/ con sus escamas de metal,/ sus conchas implacables". "Y cómo rige su cetro/ Leviathan sobre todos/ los soberbios!!"

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