El fatal destino que une a los argentinos con el dólar

La mayoría de los analistas económicos destacan que esto se debe a las recurrentes devaluaciones que soportó el país en los últimos 70 años. Otros asemejan este tipo de conducta a las características típicas de una patología social.




La nueva crisis ha disparado en estos días pronósticos devastadores acerca del futuro económico y social de la Argentina.

Parece el momento propicio para que resurja uno de los mecanismos míticos que suelen acompañar las épocas de incertidumbre en el país: la profecía autocumplida.

Es el sociólogo Robert Merton quien acuñó la expresión y formalizó sus consecuencias de esta predicción.

En su libro “Teoría y estructura social”, Merton precisa la profecía autocumplida como una falsa definición de una situación que evoca un nuevo comportamiento, el cual hace que esa ficticia concepción se vuelva verdadera. La validez engañosa perpetúa el error y el poseedor de la falsa creencia percibirá el curso de eventos como una prueba de que estaba en lo cierto desde el principio.

La dinámica alcista que se refleja en el dólar desde el 12 de agosto -y en todos los ciclos de crisis anteriores- responde al fenómeno de las profecías autocumplidas. Si todos creen que la divisa va a subir y la compran, finalmente termina subiendo. Simple.

¿Qué ata a los argentinos a este tipo conducta y en especial su enferma relación con esta moneda?

Varias son las repuestas que se pueden esbozar.

La mayoría de los analistas económicos apuntan a las recurrentes devaluaciones que soportó el país en los últimos 70 años. Son esquemas que se repiten. Ciclos bien marcados con procesos de profundas crisis y efímeras recuperaciones. Lo dramático es que, luego de cada uno de estos períodos, el país vuelve a empezar, pero desde un escalón socioeconómico mucho más bajo.

Los patrones de conducta de la sociedad frente al dólar -como refugio de ahorros- se presentan con mayor frecuencia en los momentos que aparecen los primeros vestigios de inseguridad económica. Todos, de una manera u otra, buscan proteger sus ahorros o sus salarios comprando dólares. Salir de nuestra moneda y de los activos argentinos, refugiándose en la divisa norteamericana y mejor si es fuera del sistema, es la masiva consigna que se multiplica por todos los rincones del país.

Ante esta reacción, por un lado, se desploma la demanda de dinero; consecuentemente salta el tipo de cambio. La inflación se acelera y el nivel de actividad cae sin piso alguno. Los activos argentinos se destrozan, tanto los bonos como las acciones. El riesgo país sube y el costo de capital no solo se encarece, sino que desaparece.

El ingreso a un nuevo ciclo de crisis económica es inminente.

Nadie todavía aventura una definición precisa sobre quién o qué gatilla la decisión de toda una sociedad a desprenderse en forma simultánea de su moneda, aunque algunos especialistas asemejan este tipo de conducta a las características de una patología social: algo parecido a un trastorno obsesivo compulsivo (TOC).

“La persistencia del fenómeno a lo largo del tiempo, su carácter recurrente y sobre todo su irracionalidad son los elementos que justifican esta designación. Después de varias décadas, una parte importante de la sociedad argentina ahorra en dólares, tanto dentro como fuera de los bancos. Inicialmente lo había hecho como forma de proteger el valor de sus ingresos frente a elevados índices de inflación, pero no dejó de hacerlo durante períodos de estabilidad. Más aún, esa práctica se prolonga inclusive cuando el dólar no representa la más rentable de las alternativas de inversión posibles. En síntesis, para quienes defienden esta tesis, la preferencia por el dólar ya no es un comportamiento racional. Y si no es racional, entonces, no es económico. Es cultural”, sentencia en uno de sus escritos la socióloga e investigadora Mariana Luzzi.

Lo que está ocurriendo en estos días va en línea con los conceptos mencionados. El gobierno nacional está buscando, con todas las medidas a su alcance, ponerle un techo al valor del dólar, tras la crisis que se desató luego de las elecciones del domingo 11 de agosto. Durante varios días todos los argentinos estuvieron perturbados por la evolución que estaba tomando el valor de la moneda norteamericana. Las pantallas de televisión y los portales de noticias mostraban catastróficos títulos y en el país no se hablaban de otra cosa que no sea la cotización del dólar.

Hace ya dos semanas que la divisa está artificialmente quieta y quedó fuera de toda agenda pública y privada. La sociedad también está sedada. La estabilidad cambiaria transmite tranquilidad a sabiendas de que un dólar quieto, con inflación alta, es como un resorte apretado. Consientes de este marco económico, nos enfrentamos a un escenario que vuelve a alimentar las profecías autocumplidas.

Son generaciones de argentinos las que ya tienen una relación enferma con el dólar. Podemos resumir que la obsesión existente sobre el billete norteamericano tiene causas objetivas y subjetivas.

Entre las primeras, se puede mencionar que la moneda nacional siempre se depreció y la historia nos muestra que nunca nadie conservó en el tiempo el valor de sus ahorros teniéndolos en pesos.

Después están los factores emocionales. Para una parte de la sociedad el dólar es la imagen del poderío económico y la prosperidad. Para otros segmentos de la población solo transmite seguridad.

La realidad refleja que frente al panorama económico argentino, siempre cambiante y complejo de entender, el dólar nos termina ofreciendo el único punto fijo de referencia.

Y siempre volvemos a la profecía autocumplida: si desconfiamos del peso, compramos dólares; si adquirimos divisas, nuestra moneda se deprecia; si el peso se devalúa, desconfiamos… y así ingresamos en nuestro histórico círculo vicioso que culmina en la ya conocida inevitable fatalidad.


Cuando la divisa se presenta masivamente en sociedad


“¿Acaso alguno de ustedes ha visto un dólar?” vociferó el expresidente Juan Domingo Perón desde el balcón de la Casa Rosada ante una multitud que lo observaba desde la plaza, en la cálida primavera de 1946.

La mención del exmandatario se debía a que había tomado medidas para evitar la salida de divisas que afectaban la economía. Seguramente Perón tenía razón: la humilde población que lo alentaba desde la Plaza de Mayo difícilmente había visto -en aquella época- algún billete norteamericano. Varios son los historiadores que colocan, en ese acto, el inicio de la pasión de los políticos por mencionar a la divisa del país del norte.

Pero es a partir de la década del 50 cuando se detecta que la moneda norteamericana comienza a abandonar la vinculación estrecha con el mundo de las elites de la Argentina. Es en ese momento que empiezan a aparecer las coberturas de prensa sobre el mercado cambiario, que comienzan a ser narradas para interesar al público masivo.

En octubre de 1958 -gobierno de Arturo Frondizi- fue cuando se produjo la primera gran devaluación (68%) en el país, consecuencia de un fuerte atraso cambiario acumulado entre 1954 y 1957, que generó en 1959 una inflación del 114% y una caída del PIB del 6,5%. El ciudadano común sintió ahí el primer cimbronazo y toda la prensa escrita y radial lo reflejo en sus páginas por varios meses. “En 1959, ‘Clarín’ saca en tapa un instructivo, mostrando que el precio del lomo sube a la par que el precio del dólar. Esa sería una de las primeras vinculaciones en las que el precio del dólar es algo que les importa a las amas de casa”, confiesa Ariel Wilkis, sociólogo e investigador del Conicet en una entrevista que dio a ‘La Nación’.

Llegaron los años 70 y con ellos el Rodrigazo (1975) que devaluó en solo horas un 160% el peso argentino. Poco después aterrizó la reforma financiera (1977) que liberó totalmente el sistema.

En esa década comenzó la devoción de la clase media por el dólar. La mayor parte de los historiadores señalan que quienes quedaron con sus pesos en el banco perdieron gran parte de sus ahorros; aquellos que vendieron una vivienda y se mantuvieron con los pesos en la mano, también perdieron su capital. La actitud del argentino frente al dólar en esta década cambió radicalmente. Y es a partir de este momento que las propiedades comienzan a ser comercializadas dólares para poder mantener los vendedores su poder de compra con los billetes en mano.

Una vez que el dólar se convierte en una moneda popular, comienza a gestarse otro fenómeno que se unirá al anterior y dará forma a una bola de nieve que llega hasta hoy: el billete verde tiene cada vez más injerencia en los procesos políticos. “Desde 1983 hasta la actualidad, casi todas las elecciones presidenciales tuvieron al mercado cambiario como protagonista, algo que nos lleva a concluir que el mercado cambiario es una de las grandes instituciones políticas de la Argentina”, ironiza Wilkis en otra parte de su comentario.

Ninguno de los presidentes de la democracia doblegó la voluntad dólar. Y eso ya quedó plasmado en el inconsciente colectivo de los argentinos.


Fuentes utilizadas:

- Kaufman, A., Wilkis, A., Luzzi, M. y otros (2013). Cultura social del dólar. Ciudad de Buenos Aires: Facultad de Ciencias Sociales, UBA

- Merton, Robert K. (2010). Teoría y estructura social. México DF: Fondo de Cultura Económica

- Llach, L. y Gerchunoff, P. (2012). El ciclo de la desilusión y el desencanto. Buenos Aires: Editorial Crítica


Comentarios


El fatal destino que une a los argentinos con el dólar