El gran drama europeo
Con el propósito de encontrar una solución para los gravísimos problemas que está ocasionando la irrupción imprevista de centenares de miles de personas procedentes de Asia y África, los gobiernos de Alemania y Francia quieren que todos los miembros de la Unión Europea acojan una cantidad a su juicio razonable de “sin papeles”. Aunque los líderes de cuatro países excomunistas, Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia, han repudiado la propuesta, ya que prefieren no verse obligados a recibir contingentes de inmigrantes musulmanes, la verdad es que no tienen por qué preocuparse: a la inmensa mayoría de los refugiados no les interesa quedarse en países relativamente pobres. Parecería que, luego de alejarse de la zona de conflicto, virtualmente todos se convierten muy rápidamente en migrantes económicos. Por cierto, en Grecia, Italia y Hungría no corren peligro alguno de ser masacrados por islamistas o por las tropas del dictador sirio Bashar al Assad, pero así y todo están luchando, a menudo con violencia, por salir de tales países porque lo que quieren es llegar a Alemania, Suecia o el Reino Unido, donde, suponen, recibirían beneficios sociales generosos y la posibilidad de un empleo bien remunerado. Tiene razón el primer ministro húngaro Viktor Orban cuando dice que no se trata de un “problema europeo” sino de uno “alemán”; por un lado, la canciller Angela Merkel habla como si su país estuviera dispuesto a permitir la entrada de todos, pero por el otro da a entender que los demás socios deberían respetar las reglas de la Unión Europea según las cuales le corresponde al primer país receptor tramitar las solicitudes de asilo. Mal que les pese a aquellos que quisieran ver borradas todas las fronteras nacionales para que cualquier persona pueda asentarse en el lugar que le resulte más atractivo, no es necesario ser un xenófobo para entender que desmantelarlas tendría consecuencias indeseables. Por motivos comprensibles, decenas, tal vez centenares, de millones de personas de países económicamente subdesarrollados y por lo común pésimamente gobernados optarían por trasladarse al norte de Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón en busca de una mejor vida. Además de estimular la migración masiva, las enormes diferencias entre las distintas sociedades hacen casi imposible la eventual integración de los recién venidos y sus descendientes. Para complicar todavía más el panorama, en los países occidentales sectores influyentes se oponen sistemáticamente a la idea de que los inmigrantes deberían esforzarse por adaptarse. Mientras que en la Argentina y, hasta hace poco, en Estados Unidos era normal presionar a los inmigrantes para que aprendieran el idioma nacional y respetaran las normas imperantes, en la Europa actual tales exigencias son consideradas inaceptables por los partidarios del “multiculturalismo”, los que, al actuar así, han contribuido mucho a las dificultades afrontadas por los inmigrantes mismos. Que Europa se haya visto abrumada por una crisis migratoria de dimensiones que algunos califican de “bíblicas” es lógico. Al enviar al resto del mundo, con la ayuda de los medios de difusión, el mensaje de que, siempre y cuando lograra entrar en la Unión Europea, cualquier inmigrante sin papeles podría quedarse ya que los trámites necesarios no plantearían dificultades, los gobiernos de los países miembros en efecto invitaron a los atrapados en sociedades disfuncionales a arriesgarse tratando de cruzar el mar Mediterráneo en embarcaciones precarias o eludir los controles fronterizos entre Turquía y Grecia o sus vecinos. Luego de difundirse la certeza de que los europeos son reacios a aplicar sus propias leyes, comenzó un éxodo en gran escala que continuará cobrando fuerza hasta que los gobiernos responsables se vean obligados por la opinión pública a frenarlo. Mientras tanto, muchos inmigrantes más morirán ahogados en el mar, perdidos en el desierto o víctimas de ataques en un intento de alcanzar la tierra de promisión europea que, como es natural, parece ofrecerles un futuro mejor de lo que les aguardaría si se resignaran a pasar meses o años en un campo de refugiados en Turquía o Jordania a la espera de que un día termine la guerra civil o el desgobierno en su país de origen.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Domingo 6 de septiembre de 2015
Con el propósito de encontrar una solución para los gravísimos problemas que está ocasionando la irrupción imprevista de centenares de miles de personas procedentes de Asia y África, los gobiernos de Alemania y Francia quieren que todos los miembros de la Unión Europea acojan una cantidad a su juicio razonable de “sin papeles”. Aunque los líderes de cuatro países excomunistas, Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia, han repudiado la propuesta, ya que prefieren no verse obligados a recibir contingentes de inmigrantes musulmanes, la verdad es que no tienen por qué preocuparse: a la inmensa mayoría de los refugiados no les interesa quedarse en países relativamente pobres. Parecería que, luego de alejarse de la zona de conflicto, virtualmente todos se convierten muy rápidamente en migrantes económicos. Por cierto, en Grecia, Italia y Hungría no corren peligro alguno de ser masacrados por islamistas o por las tropas del dictador sirio Bashar al Assad, pero así y todo están luchando, a menudo con violencia, por salir de tales países porque lo que quieren es llegar a Alemania, Suecia o el Reino Unido, donde, suponen, recibirían beneficios sociales generosos y la posibilidad de un empleo bien remunerado. Tiene razón el primer ministro húngaro Viktor Orban cuando dice que no se trata de un “problema europeo” sino de uno “alemán”; por un lado, la canciller Angela Merkel habla como si su país estuviera dispuesto a permitir la entrada de todos, pero por el otro da a entender que los demás socios deberían respetar las reglas de la Unión Europea según las cuales le corresponde al primer país receptor tramitar las solicitudes de asilo. Mal que les pese a aquellos que quisieran ver borradas todas las fronteras nacionales para que cualquier persona pueda asentarse en el lugar que le resulte más atractivo, no es necesario ser un xenófobo para entender que desmantelarlas tendría consecuencias indeseables. Por motivos comprensibles, decenas, tal vez centenares, de millones de personas de países económicamente subdesarrollados y por lo común pésimamente gobernados optarían por trasladarse al norte de Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón en busca de una mejor vida. Además de estimular la migración masiva, las enormes diferencias entre las distintas sociedades hacen casi imposible la eventual integración de los recién venidos y sus descendientes. Para complicar todavía más el panorama, en los países occidentales sectores influyentes se oponen sistemáticamente a la idea de que los inmigrantes deberían esforzarse por adaptarse. Mientras que en la Argentina y, hasta hace poco, en Estados Unidos era normal presionar a los inmigrantes para que aprendieran el idioma nacional y respetaran las normas imperantes, en la Europa actual tales exigencias son consideradas inaceptables por los partidarios del “multiculturalismo”, los que, al actuar así, han contribuido mucho a las dificultades afrontadas por los inmigrantes mismos. Que Europa se haya visto abrumada por una crisis migratoria de dimensiones que algunos califican de “bíblicas” es lógico. Al enviar al resto del mundo, con la ayuda de los medios de difusión, el mensaje de que, siempre y cuando lograra entrar en la Unión Europea, cualquier inmigrante sin papeles podría quedarse ya que los trámites necesarios no plantearían dificultades, los gobiernos de los países miembros en efecto invitaron a los atrapados en sociedades disfuncionales a arriesgarse tratando de cruzar el mar Mediterráneo en embarcaciones precarias o eludir los controles fronterizos entre Turquía y Grecia o sus vecinos. Luego de difundirse la certeza de que los europeos son reacios a aplicar sus propias leyes, comenzó un éxodo en gran escala que continuará cobrando fuerza hasta que los gobiernos responsables se vean obligados por la opinión pública a frenarlo. Mientras tanto, muchos inmigrantes más morirán ahogados en el mar, perdidos en el desierto o víctimas de ataques en un intento de alcanzar la tierra de promisión europea que, como es natural, parece ofrecerles un futuro mejor de lo que les aguardaría si se resignaran a pasar meses o años en un campo de refugiados en Turquía o Jordania a la espera de que un día termine la guerra civil o el desgobierno en su país de origen.
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