El heredero no lo tendrá fácil
Tanto los voceros gubernamentales como los dirigentes opositores principales hablan como si a su entender no hubiera motivos para preocuparse por el futuro económico del país. Los primeros porque, al fin y al cabo, quieren asegurarnos que gracias a su gestión sólo quedan algunos problemas menores; estos porque temen que formular advertencias alarmantes les costaría muchos votos. Sin embargo, a juzgar por los números disponibles, el gobierno próximo no tendrá más alternativa que la de devaluar el peso, reducir drásticamente el gasto público, desmantelar un sistema increíblemente enmarañado de subsidios sin perjudicar demasiado a los sectores más vulnerables y procurar alcanzar un acuerdo con los acreedores, es decir con los fondos buitre que cuentan con el apoyo de los fallos del juez neoyorquino Thomas Griesa. Es de suponer que los candidatos presidenciales y sus asesores son conscientes de que será titánica la tarea del eventual vencedor de la competencia electoral, pero que así y todo seguirán tratando de hacer pensar que sólo será cuestión de implementar algunos cambios innocuos. Para hacer frente a la crisis que se avecina, el país necesitaría tener un gobierno fuerte que contara con, por lo menos, la comprensión de la mayoría. En vista de la magnitud de los desafíos que enfrentará, lo más lógico sería que se formara un gobierno de unidad nacional, lo que en teoría no debería ser imposible porque son llamativamente similares las ideas y actitudes que a través de los años han encarnado Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, pero, por privilegiar tanto nuestra cultura política lo que Sigmund Freud llamaba “el narcisismo de las pequeñas diferencias”, los tres presidenciables no podrían combinar fuerzas antes de que el país corriera peligro de sufrir una catástrofe equiparable con la del 2002. Sea como fuere, son tan precarias las coaliciones que se han formado en torno a los tres que sería legítimo desconfiar de la capacidad de cualquiera para asegurarle al país el gobierno firme y pragmático que necesitaría para minimizar los costos de la crisis socioeconómica y política en la que está precipitándose. No es ningún secreto que la coalición del candidato oficialista, Daniel Scioli, se ve dividida entre sus partidarios y aquellos kirchneristas que quisieran obligarlo a ponerse al servicio de sus propios intereses, en especial los de la presidenta saliente. Últimamente se ha llegado a la conclusión de que para conseguir los votos adicionales que precisaría para ganar en octubre o noviembre, Scioli tendría que convencer al electorado de que sería un líder auténtico, no un títere manso que se dejaría manipular por Carlos Zannini y, huelga decirlo, Cristina Fernández de Kirchner, pero, desgraciadamente para él, sabe que cualquier intento de diferenciarse podría enojar tanto a los miembros del gobierno actual que es reacio a arriesgarse. Sea como fuere, en el caso de que el próximo presidente sea Scioli, sería más que probable que, además de administrar un país en crisis, tuviera que intentar impedir que los previsibles conflictos internos terminaran socavando su gestión. También se encontraría en dificultades desde el vamos un hipotético presidente Mauricio Macri. Muchos aliados procedentes del radicalismo se opondrían a medidas socioeconómicas que calificarían de “derechistas” o “neoliberales” aun cuando las circunstancias objetivas lo obligaran a proponerlas. Por lo demás, a diferencia de Cristina, Macri no contaría con una mayoría parlamentaria automática; tampoco le resultaría fácil mantener tranquilos a los sindicatos peronistas. En las fases iniciales de la campaña, Macri apostaba a que la ciudadanía reaccionara frente al agotamiento del “modelo” kirchnerista encolumnándose detrás del Pro. Aunque no se produjo el cambio de mentalidad vaticinado por sus estrategas, se negó a abandonar una candidatura que podría prosperar en términos electorales pero que, por basarse más en los errores ajenos que en los méritos propios, no le garantizaría el respaldo amplio que necesitaría para gobernar con éxito. Lo mismo sucedería si, para sorpresa de todos, triunfara Massa. Si bien lo ayudaría su relación con el peronismo bonaerense, tendría que improvisar una coalición que, por tratarse de una de emergencia, podría desintegrarse en cualquier momento.
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