El hombre de los mil secretos

Redacción

Por Redacción

Con la esperanza evidente de que Antonio Jaime Stiusso, el exagente de inteligencia más célebre del país, lo ayude a tapar el escándalo mayúsculo que fue desatado por la muerte misteriosa del fiscal Alberto Nisman con otros que tal vez sean menores pero que así y todo resulten lo bastante impactantes como para colmar de material a los medios periodísticos, el gobierno acaba de permitirle revelar todos los secretos que ha acumulado a partir de 1972, cuando inició su carrera en la SIDE. Aunque se supone que el hombre que se apellida Stiusso se limitará a hablar de temas vinculados con el caso Nisman, la insólita jugada oficial no podrá sino motivar la viva preocupación de muchos funcionarios y exfuncionarios, jueces, fiscales, empresarios, periodistas y otros que han colaborado con los servicios a cambio, según las denuncias que se han reiterado a través de los años, de cuantiosas sumas de dinero procedentes de una caja especial, o sea, de “la cadena de la felicidad”, esta versión criolla del “fondo de reptiles” de la Europa decimonónica, manejada por el gobierno de turno. Se trata, pues, de una maniobra encaminada a embarrar la cancha, de sembrar aún más dudas y sospechas que las ya existentes con miras a hacer pensar que, en el fondo, todos los personajes que desempeñan papeles significantes en el gran melodrama nacional son igualmente perversos y que por lo tanto nadie tiene derecho a tirar la primera piedra. ¿Sería Stiusso un testigo confiable? Claro que no. De parecerse al superagente de la leyenda urbana que se ha confeccionado en torno a su figura, el guardián de una multitud de secretos que, de difundirse, servirían para hacer explicable la evolución reciente del país real, el exdirector de Operaciones de la SI (ex-SIDE) sabrá dosificar la información que proporcione a la fiscal Viviana Fein y otros deseosos de interrogarlo, subrayando aquellos detalles que le parezcan útiles y omitiendo los que podrían perjudicarlo. Felizmente para muchas personas, es poco probable que Stiusso aproveche el permiso oficial que le ha sido concedido para que hable con libertad absoluta para escribir un libro de memorias que con toda seguridad sería muy aleccionador y que, si fuera un norteamericano o europeo, lo convertiría enseguida en un multimillonario. Sea como fuere, aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su leal escudero, el jefe actual de la SI, Oscar Parrilli, entiendan que, de quererlo, Stiusso estaría en condiciones de ocasionarles muchos dolores de cabeza, parecen haberse convencido de que valdría la pena apostar a que incomodara mucho más a ciertos dirigentes opositores y críticos mediáticos. Aun cuando el exespía guarde silencio sobre muchas cosas por entender que un servicio de inteligencia no puede ser tan transparente como quisieran algunos y que, de todos modos, los kirchneristas están por terminar su gestión accidentada, de suerte que no sería de su propio interés o aquel de sus amigos enojar a quienes podrían ocupar cargos importantes en el gobierno próximo, la mera posibilidad de que se transforme en el equivalente local del australiano Julian Assange, el fundador del sitio informático WikiLeaks cuyas revelaciones han provocado revuelos en docenas de países, ya ha servido para hacer aún más bochornoso el clima de sospecha que pesa sobre el país. Por supuesto, el que el gobierno nacional mismo haya llegado a la conclusión de que le convendría que la Argentina fuera un hervidero en que proliferaran rumores de todo tipo nos dice mucho sobre el desconcierto que se ha apoderado de la presidenta y quienes la rodean. Mientras que en el mundo desarrollado los gobiernos procuran mantener a raya el desorden, el de Cristina brinda la impresión de estar resuelto a sembrar confusión por suponer que lo beneficiaría. Según parece, los kirchneristas se han propuesto provocar tanto ruido que los encargados de la investigación de la muerte de Nisman se sientan tan abrumados que les resulte imposible trabajar en paz, lo que le permitiría al gobierno minimizar los costos políticos que le han supuesto no sólo por el caso mismo sino también por la reacción, a un tiempo caprichosa y terriblemente fría, de la presidenta frente a lo que no sólo ha sido un desastre institucional sino también una tragedia personal.


Con la esperanza evidente de que Antonio Jaime Stiusso, el exagente de inteligencia más célebre del país, lo ayude a tapar el escándalo mayúsculo que fue desatado por la muerte misteriosa del fiscal Alberto Nisman con otros que tal vez sean menores pero que así y todo resulten lo bastante impactantes como para colmar de material a los medios periodísticos, el gobierno acaba de permitirle revelar todos los secretos que ha acumulado a partir de 1972, cuando inició su carrera en la SIDE. Aunque se supone que el hombre que se apellida Stiusso se limitará a hablar de temas vinculados con el caso Nisman, la insólita jugada oficial no podrá sino motivar la viva preocupación de muchos funcionarios y exfuncionarios, jueces, fiscales, empresarios, periodistas y otros que han colaborado con los servicios a cambio, según las denuncias que se han reiterado a través de los años, de cuantiosas sumas de dinero procedentes de una caja especial, o sea, de “la cadena de la felicidad”, esta versión criolla del “fondo de reptiles” de la Europa decimonónica, manejada por el gobierno de turno. Se trata, pues, de una maniobra encaminada a embarrar la cancha, de sembrar aún más dudas y sospechas que las ya existentes con miras a hacer pensar que, en el fondo, todos los personajes que desempeñan papeles significantes en el gran melodrama nacional son igualmente perversos y que por lo tanto nadie tiene derecho a tirar la primera piedra. ¿Sería Stiusso un testigo confiable? Claro que no. De parecerse al superagente de la leyenda urbana que se ha confeccionado en torno a su figura, el guardián de una multitud de secretos que, de difundirse, servirían para hacer explicable la evolución reciente del país real, el exdirector de Operaciones de la SI (ex-SIDE) sabrá dosificar la información que proporcione a la fiscal Viviana Fein y otros deseosos de interrogarlo, subrayando aquellos detalles que le parezcan útiles y omitiendo los que podrían perjudicarlo. Felizmente para muchas personas, es poco probable que Stiusso aproveche el permiso oficial que le ha sido concedido para que hable con libertad absoluta para escribir un libro de memorias que con toda seguridad sería muy aleccionador y que, si fuera un norteamericano o europeo, lo convertiría enseguida en un multimillonario. Sea como fuere, aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su leal escudero, el jefe actual de la SI, Oscar Parrilli, entiendan que, de quererlo, Stiusso estaría en condiciones de ocasionarles muchos dolores de cabeza, parecen haberse convencido de que valdría la pena apostar a que incomodara mucho más a ciertos dirigentes opositores y críticos mediáticos. Aun cuando el exespía guarde silencio sobre muchas cosas por entender que un servicio de inteligencia no puede ser tan transparente como quisieran algunos y que, de todos modos, los kirchneristas están por terminar su gestión accidentada, de suerte que no sería de su propio interés o aquel de sus amigos enojar a quienes podrían ocupar cargos importantes en el gobierno próximo, la mera posibilidad de que se transforme en el equivalente local del australiano Julian Assange, el fundador del sitio informático WikiLeaks cuyas revelaciones han provocado revuelos en docenas de países, ya ha servido para hacer aún más bochornoso el clima de sospecha que pesa sobre el país. Por supuesto, el que el gobierno nacional mismo haya llegado a la conclusión de que le convendría que la Argentina fuera un hervidero en que proliferaran rumores de todo tipo nos dice mucho sobre el desconcierto que se ha apoderado de la presidenta y quienes la rodean. Mientras que en el mundo desarrollado los gobiernos procuran mantener a raya el desorden, el de Cristina brinda la impresión de estar resuelto a sembrar confusión por suponer que lo beneficiaría. Según parece, los kirchneristas se han propuesto provocar tanto ruido que los encargados de la investigación de la muerte de Nisman se sientan tan abrumados que les resulte imposible trabajar en paz, lo que le permitiría al gobierno minimizar los costos políticos que le han supuesto no sólo por el caso mismo sino también por la reacción, a un tiempo caprichosa y terriblemente fría, de la presidenta frente a lo que no sólo ha sido un desastre institucional sino también una tragedia personal.

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