El hombre fuerte de Venezuela
Por Héctor Ciapuscio
Hugo Chávez es militar, piensa como militar y actúa como militar (1). También habla como militar y su verbo es, por eso, como de arenga. Asimismo, cree que la realidad debe acomodarse a órdenes, es plástica. Voluntarista como ellos, se ha propuesto nada menos que refundar su país. Empezó a hacerlo cambiándole el nombre. Ahora Venezuela ( o sea «pequeña Venezia», bautizada hacia el 1500 por Américo Vespucio, porque las chozas sobre pilotes de sus habitantes costeros le evocaron la ciudad italiana) se llama -la impronta de Bolívar es permanente en el discurso de Chávez- «República Bolivariana de Venezuela». Tiene mayoría plena en el Congreso y un Tribunal Superior sensible a sus deseos. También dispone, como gran marco legal, de una nueva Constitución «custom made», hecha a medida. Para completar el escenario político, se han volatilizado los dos partidos tradicionales, y -aunque su relación con los «descamisados» es directa, ha fundado un partido que lo reconoce como jefe. Tiene el apoyo del Ejército, al que consulta y favorece económica y socialmente. Está rodeado de ministros y funcionarios que integraron o simpatizaron con guerrillas en 1960 y que ahora, sexagenarios, aportan ideas más comedidas que las de sus fervores juveniles. ¿Cómo ha logrado Chávez tanto poder político? Hay varias razones. Junto a su química emocional con los «de abajo», está el contraste que presenta con el pasado, su gran energía y locuacidad. Ha evocado hasta el cansancio el proceso desastroso de cuarenta años, desde que cayó Pérez Jiménez. Habló del desbarajuste económico y la dilapidación de la enorme renta petrolera de los tiempos de Carlos Andrés Pérez y los siguientes de la partidocracia. Los venezolanos, que quisieran ahora sólo recuperar los índices económicos de hace dos décadas, oyeron con simpatía su denuncia por el desmantelamiento del Estado que habían acarreado las políticas neoliberales privatizadoras y pro-mercado impuestas a partir de los «80; casi desapareció como garantía de la seguridad, la salud y la educación de la gente. El hombre interpretó la desesperación general por el descenso del nivel de vida, la desocupación, la pobreza, la corrupción y la inseguridad. Y a todo ello le aderezó el condimento nacionalista, el culto de las glorias históricas y las virtudes castrenses. Acumuló poder en un país desencantado en el que, a pesar de sus inmensas riquezas petroleras, el 80% de abajo recibe un ingreso mínimo y el 10% de arriba la mitad del ingreso total del país. Está también su gran política para el continente sudamericano. Chávez proclama su inspiración en la visión bolivariana (2) de una América del Sur libre y unida. Muchos de sus gestos dan razón para suponer que eso es algo que está para él más allá de la retórica.
Sus políticas económicas son, sin embargo, mucho menos espectaculares que las otras. Dice detestar el «neoliberalismo salvaje» y la globalización, y propicia un «capitalismo bolivariano», pero dista mucho de ser un extremista. Con el petróleo que pegó un brinco hacia arriba y, por lo tanto, con una balanza exterior favorable, tiene buenos tantos a su favor mientras dure la bonanza de la OPEP. Aunque amenaza con una ley de tierras que las redistribuya, abre el mercado para las telecomunicaciones, sanciona medidas salariales antiinflacionarias y mantiene políticas tributarias contemplativas de los intereses «oligárquicos». Se ha ganado por eso el calificativo risueño de algunos académicos progresistas: «Neoliberal de izquierda». Los «gorilas» opositores, en cambio, lo consideran socialista y hasta lo sospechan comunista por su fraterna relación con Fidel (quien lo visitó ya tres veces desde que asumió hace dos años y hasta fue a festejar hace poco con él su 75 cumpleaños) y algunos denuestos suyos contra Washington, a los que éste, intocados sus intereses, les ha dado poca importancia. El proceso económico, lejos de ser revolucionario, está estancado. No hay crecimiento notorio, hay una firme fuga de capitales, la inversión privada no existe y el desempleo se empina al 17%.
En cuanto a la popularidad del gobierno, la tasa de aceptación que llegó al 70% en tiempos de la mayor ilusión por un cambio ha descendido a algo menos del 50%. Pero parece que todavía tiene resto. Aunque sus enemigos hablan ya sobre qué hacer «después de Chávez», sus partidarios no han perdido las esperanzas.
Tampoco del todo los que se manifiestan objetivos, a pesar de que ven su programa como confuso y tal vez irrealizable. La posibilidad de un cambio es vista por algunos como dependiendo del milagro de «que Chávez dé un viraje y deje de ser Chávez» (Ignacio Avalos) o -recordando otros «hombres fuertes» latinoamericanos como Perón, Torrijos y Velazco Alvarado- «si los militares pueden ser alguna vez una fuerza revolucionaria» (Richard Gott).
(1) Con esas palabras inicia el sociólogo venezolano Ignacio Avalos («Chávez, liberal de izquierda») un estudio sobre el personaje. Otra fuente aquí es «In the Shadow of a Liberator» de Richard Gott.
(2) El país reconoce un héroe-inspirador de porte excepcional. La historia del libertador Simón Bolívar es novelesca. En sus años europeos de formación, en París a los 21, el sabio Alexander Von Humboldt lo fascinó con el relato de las maravillas naturales de su patria sudamericana. Vuelto a ella, tuvo la influencia de dos maestros, el gran Andrés Bello y el notable tutor Simón Rodríguez. Más tarde, en una carrera meteórica y romántica, llevó a cabo la guerra de liberación de los actuales territorios de Colombia, Venezuela y Ecuador. En Guayaquil se reunió con San Martín -un episodio oscurecido por los nacionalismos históricos y que, por lo tanto, ha distanciado a los pueblos – y luego concluyó la campaña contra los españoles en Perú y Bolivia.
Hugo Chávez es militar, piensa como militar y actúa como militar (1). También habla como militar y su verbo es, por eso, como de arenga. Asimismo, cree que la realidad debe acomodarse a órdenes, es plástica. Voluntarista como ellos, se ha propuesto nada menos que refundar su país. Empezó a hacerlo cambiándole el nombre. Ahora Venezuela ( o sea "pequeña Venezia", bautizada hacia el 1500 por Américo Vespucio, porque las chozas sobre pilotes de sus habitantes costeros le evocaron la ciudad italiana) se llama -la impronta de Bolívar es permanente en el discurso de Chávez- "República Bolivariana de Venezuela". Tiene mayoría plena en el Congreso y un Tribunal Superior sensible a sus deseos. También dispone, como gran marco legal, de una nueva Constitución "custom made", hecha a medida. Para completar el escenario político, se han volatilizado los dos partidos tradicionales, y -aunque su relación con los "descamisados" es directa, ha fundado un partido que lo reconoce como jefe. Tiene el apoyo del Ejército, al que consulta y favorece económica y socialmente. Está rodeado de ministros y funcionarios que integraron o simpatizaron con guerrillas en 1960 y que ahora, sexagenarios, aportan ideas más comedidas que las de sus fervores juveniles. ¿Cómo ha logrado Chávez tanto poder político? Hay varias razones. Junto a su química emocional con los "de abajo", está el contraste que presenta con el pasado, su gran energía y locuacidad. Ha evocado hasta el cansancio el proceso desastroso de cuarenta años, desde que cayó Pérez Jiménez. Habló del desbarajuste económico y la dilapidación de la enorme renta petrolera de los tiempos de Carlos Andrés Pérez y los siguientes de la partidocracia. Los venezolanos, que quisieran ahora sólo recuperar los índices económicos de hace dos décadas, oyeron con simpatía su denuncia por el desmantelamiento del Estado que habían acarreado las políticas neoliberales privatizadoras y pro-mercado impuestas a partir de los "80; casi desapareció como garantía de la seguridad, la salud y la educación de la gente. El hombre interpretó la desesperación general por el descenso del nivel de vida, la desocupación, la pobreza, la corrupción y la inseguridad. Y a todo ello le aderezó el condimento nacionalista, el culto de las glorias históricas y las virtudes castrenses. Acumuló poder en un país desencantado en el que, a pesar de sus inmensas riquezas petroleras, el 80% de abajo recibe un ingreso mínimo y el 10% de arriba la mitad del ingreso total del país. Está también su gran política para el continente sudamericano. Chávez proclama su inspiración en la visión bolivariana (2) de una América del Sur libre y unida. Muchos de sus gestos dan razón para suponer que eso es algo que está para él más allá de la retórica.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios
Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.
Gracias y disculpas por las molestias.
Comentar