El maravilloso origen de las palabras que usamos

El historiador Daniel Balmaceda acaba de publicar “El apasionante origen de las palabras”, en el que retoma su afición por bucear en la historia de esos términos que usamos cotidianamente o que se han hecho naturales en estos días.

"Dar manija" o "estar de levante" son algunos términos que explica el historiador.

"Dar manija" o "estar de levante" son algunos términos que explica el historiador.

En “El apasionante origen de las palabras”, el historiador Daniel Balmaceda retoma su afición por bucear en la historia detrás de las expresiones que los argentinos usamos cotidianamente, desde palabras como “pochoclo” o “huelga” a frases como “la mar en coche” o “en Pampa y la vía”, o gestos como premiar con una copa a un campeón.


El libro, que editó Sudamericana, “envuelve y completa” el repertorio que al autor había iniciado en “Historia de las palabras” e “Historias de letras, palabras y frases” e incorpora términos de rigurosa actualidad como “cuarentena”, “mail”, “free lance”, “dead line” y “jacuzzi”.

“Todo el tiempo me cruzo con palabras -en una lectura o en conversaciones cotidianas- que despiertan mi curiosidad y necesito indagar su historia”, justifica Balmaceda en el prólogo de este viaje por la etimología pero también por la historia del uso de las palabras.

P: ¿En sus libros se propone hacer una etimología de las palabras?
R:
No. Los filólogos siempre trabajaron estos temas. Hay grandes autores en el mundo pero no era mi intención principal ocuparme de la etimología en el sentido más estricto de la palabra. Creo que el origen va más allá de eso. El origen es tratar de entender por qué una palabra o una frase termina imponiéndose y cómo fue que nació. No me interesa de qué palabra latina deriva sino cuál es la historia que se esconde detrás de esa palabra, o de ese gesto o de ese símbolo porque el libro tiene todas estas cosas. Pero además debe ser una historia atractiva porque cuando no tienen un condimento interesante no las incluyo.

P: ¿De dónde surgen los términos o las expresiones que luego investiga?
R:
Trabajo con diccionarios de todas las épocas de varios idiomas y eso también me permite mejorar la puntería en la búsqueda de los orígenes de palabras. Y a eso le tenemos que agregar la lectura de documentos, de diarios de distintas épocas, de papeles oficiales, de correspondencia de todos los tiempos que me ayudan a comprender no solo la época de utilización de determinadas palabras, sino también el sentido que se le daba y que a veces ha cambiado.


P: También recibe aportes a través de las redes sociales, donde le hacen consultas sobre expresiones cotidianas.
R:
A veces me preguntan cosas repetidas pero otras, ciertas consultas en las redes me disparan el deseo de conocer. Entonces, me quedo con el interrogante que llega por Instagram, Twitter o Facebook para tratar de dar una respuesta que ya comienza a ser para mí mismo ya que me sumo a la curiosidad de quién me la formuló Entre las últimas que me hicieron y me resultaron interesantes “Estar de levante” (N.R. según el libro proviene de la costumbre de buscar que la dama sentada se incorporara para ir a la pista a bailar) y “dar manija” (N.R. viene de la manija que se les daba a los primeros autos para que arrancaran).

P: ¿Cómo se define? ¿Es historiador, lingüista o filólogo?
R:
Soy historiador más que lingüista o filólogo. Me considero más historiador que filólogo aunque reconozco que la investigación y el área de la filología me fascinan y le dedico mucho tiempo a recorrer el mundo de las palabras, sus orígenes y el recorrido de sus sentidos.

P: En el libro da cuenta de términos extranjeros, muchos venidos del área de la tecnología, que se usan en el habla cotidiana de los argentinos.
R:
Este libro incorporó algunos términos que son habituales en nuestro lenguaje pero que no pertenecen a nuestro idioma y eso es algo no cae bien en las áreas más académicas de nuestro lenguaje pero mi intención no es definir o marcar la senda por la que debería crecer la lengua española sino trabajar alrededor de los términos que usamos habitualmente.

P: Son útiles en el habla cotidiana…
R:
Claro. Un ejemplo sería “marketing”. Nadie dice “mercadeo”. Nadie que trabaje en marketing, para ser más específico, lo llama “mercadeo”. Y nuestra lengua española tiene ese término para definir esa actividad. Entonces en muchos casos hay vocablos extranjeros que se acomodan mejor a la conversación y al intercambio porque expresan de una manera muy concreta y entendible lo que pretenden expresar. Es como pretender que no se diga K.O cuando un boxeador derriba a otro que no vuelve a levantarse. Es K.O. y todo el mundo del boxeo y del deporte entiende perfectamente el concepto a partir de esa palabra. Eso es mi libro, quise que el vocabulario habitual, el de la calle, estuviera representado por más que no fuera español.


P: ¿Estas incorporaciones que ingresan como barbarismos podrían enriquecer nuestra lengua?
R:
La propia Real Academia de la Lengua ha tomado nota e incorporado términos que vienen de la tecnología o la comunicación y las redes sociales. No estoy seguro de que eso termine de enriquecer o sea una parte fundamental del crecimiento de la lengua. Más bien el crecimiento se da por rehabilitación de palabras que habían estado en desuso, reasignación de términos con nuevos sentidos y la lenta incorporación de palabras. Hoy por ejemplo usamos mucho “presencialidad”. Yo no digo que termine siendo un vocablo fundamental de la lengua española pero sin duda que resulta importante. Es un término que es comprendido por todos y hace un año nadie lo utilizaba.

P: ¿Cuál es la palabra o expresión cuyo origen lo sorprendió más?
R:
Todas me sorprenden o todas me han sorprendido la primera vez que descubrí su origen. Pero si tuviera que elegir una en este momento quizás sería “borrar”. Viene de la costumbre de la antigüedad cuando había que corregir un texto se hacía un manchón de tinta para dar a entender que esa palabra quedaba eliminada de la lectura, quedaba escondida o tapada y ese manchón era una borra de tinta, igual que la borra del vino. Desde entonces comenzó a usarse “borrar” con el sentido de eliminar o tachar.


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