El milagro de los Andes en primera persona
“La vida hay que merecerla”
VILLA LA ANGOSTURA (AVLA).- El 25 de diciembre de 1972 se iba a dejar morir. Esa era la fecha que había decidido internamente José Luis “Coche” Inciarte para abandonar la lucha por sobrevivir. Tres días antes, él y sus 15 amigos fueron rescatados y la crónica de la época habló del “milagro de los Andes”. Invitado por vecinos de Cumelén, el sobreviviente de la tragedia de los Andes, ocurrida el 13 de octubre de 1972, brindó dos charlas La Angostura. Para los 16 sobrevivientes el accidente marcó un antes y un después en sus vidas. Hoy, ellos y algunos familiares de las víctimas fatales forman parte de la Fundación Viven, que además de brindar conferencias motivacionales a través del relato de la experiencia, hacen una intensa campaña por la donación de órganos. Cuando ocurrió el accidente Inciarte tenía 24 años y viajaba junto a compañeros de un equipo de rugby uruguayo. La historia es conocida por la película que recreó la odisea, aunque “Coche” asegura que fue mucho peor de lo que allí se cuenta. “El avión empezó a descender, vino un pozo de aire, otro más, ahí gritan y escuchamos ‘dame potencia’, ‘dame potencia’. Crujía por todos lados. En ese momento se sintió una explosión y el crujir del fuselaje. Te agarrás al asiento de adelante, pones la cabeza entre las piernas… pasan esos segundos esperando la muerte, hasta que de pronto el avión entierra la nariz en la nieve y se va para adelante y un silencio sepulcral, y ves un gran boquete atrás tuyo, y está nevando, y se ve la huella del avión al deslizarse. Luego empezás a tocar la nieve”, relató. En el avión viajaban 45 personas –5 de ellas eran la tripulación– desde Uruguay hacia Chile. Del total de pasajeros, 12 murieron en el impacto y con el correr de los días y vicisitudes mediante, finalmente sólo quedaron 16. Tras el impacto, lo primero que escucharon fueron los gritos. “No podés creer lo que esta pasando, sangre, gritos… Todos corrimos a socorrer a nuestros amigos, nadie se escapó tipo ‘sálvese quien pueda’”, dijo. Sobre la primera noche, recuerda que “respirabas y te dolía. No podés dormir. Nos abrazábamos para soportar el frío. Ahí aprendí el valor del calor humano”. La provisión de agua la solucionaron derritiendo nieve y el frío lo soportaban durmiendo muy juntos dentro del fuselaje. Faltaba resolver el tema de la comida, ya que pensando que los recataban a la brevedad, se comieron todo lo que habían encontrado adentro del avión. Ahí surgió la idea, como posibilidad, de alimentarse de los cuerpos de las personas fallecidas. “Empezamos a pensar que en nuestros amigos muertos, congelados y vacíos de alma estaba la proteína necesaria no para satisfacer el hambre sino para no dejarnos morir, uno lo empezó a decir a otro, hicimos una gran asamblea general. Decidimos honrar la vida… uno toma la decisión de hacerlo pero entre decidirlo y ejecutarlo hay una distancia muy grande. Cuando uno va con un pedazo de vidrio a cortar un pedazo del amigo muerto y la mano no te obedece…”, relató. Ahí, realizaron el pacto “más noble de mi vida”, cuando uno de los sobrevivientes le dijo: “Si me muero, tomame. Decile a mi familia el día que morí y que vivo en vos”. Tras ocho días los dejaron de buscar y poco tiempo después se dieron cuenta de que tendrían que rescatarse a sí mismos. Un día Roberto Canessa le dijo: “O nos morimos mirándonos las caras o nos morimos caminando”. Así fue que Canessa junto a Fernando Parrado partieron para buscar ayuda. Con poco abrigo y desnutridos, luego de siete días de caminata en medio de la cordillera llegaron a un pequeño poblado. Dos años después, Inciarte regresó al lugar junto a otros sobrevivientes y a los 25 años de la tragedia con su familia. En el 2006 formó la Fundación y hoy se dedica a llevar su testimonio y mensaje a quien quiera oírlo: “La vida, además de vivirla, hay que merecerla”.
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