El mundo al revés
Para los habituados a reivindicar el “capitalismo renano” que fue construido a través de los años por los socialdemócratas y conservadores europeos en desmedro de la versión “salvaje” tradicionalmente atribuida a Estados Unidos, las semanas últimas han sido un tanto desconcertantes. Mientras que los gobiernos de todos los países europeos se han comprometido a llevar a cabo ajustes brutales con el propósito de ahorrar centenares de miles de millones de euros por entender que no les convendría en absoluto aumentar todavía más sus respectivas deudas públicas, el norteamericano no parece tener intención alguna de emularlos. Por el contrario, el presidente Barack Obama acaba de pedirle al Congreso la friolera de 50.000 millones de dólares más para un nuevo “paquete de estímulo” que dice necesitar para conservar los empleos de “docentes, policías y bomberos” que de otro modo serían víctimas de “despidos masivos”. Así, pues, los europeos se han puesto a actuar como norteamericanos, y éstos han adoptado una estrategia que, hasta hace muy poco, se hubiera considerado típicamente europea. No tardaremos mucho en saber si tienen razón quienes insisten en que resultarán contraproducentes los ajustes feroces que han emprendido los griegos, españoles, italianos, británicos, franceses y alemanes, porque sólo servirán para que Europa se hunda nuevamente en una recesión aún más profunda que la del año pasado, o si los norteamericanos, al permitirse endeudarse todavía más, se han condenado a un futuro de inflación alta y crecimiento lento. A juicio de los muchos europeos que aún creen en las recetas tradicionales, es francamente absurdo pretender reducir drásticamente el gasto público, y por lo tanto la demanda, en un momento como el actual, pero parecería que todos los gobiernos de la Unión Europea han llegado a la conclusión de que a menos que lo hagan, “los mercados” los obligarán a pagar tasas de interés tan elevadas que los asfixiarían por completo. A juzgar por las encuestas de opinión, en Europa la mayoría cree que los ajustes son inevitables pero que deberían instrumentarse de tal manera que no perjudiquen a nadie salvo, claro está, los banqueros. En cambio, en Estados Unidos la mayoría es contraria por principio a los déficits abultados, de ahí las protestas airadas de los millones de personas que se sienten representadas por un movimiento popular, el del “partido de Té”, que, para perplejidad de Obama y sus simpatizantes, está reclamando más disciplina fiscal y menos ingerencia gubernamental, aunque es de suponer que muchos modificarían su opinión si, como advirtió el presidente, comenzaran a perder sus empleos miles de docentes, policías y bomberos. Según los asustados por lo que toman por el despilfarro irresponsable al que, dicen, se ha entregado el gobierno federal norteamericano, Obama está procurando transformar Estados Unidos en un país de características europeas, destino que por cierto no les parece nada atractivo. Por su parte, los europeos sienten que sus propios gobernantes, sean socialistas como en Grecia y España o conservadores como en los países del Norte, se han visto contagiados por el “capitalismo salvaje” al estilo norteamericano y que han dejado de preocuparse por las penurias de la gente común. Pues bien: a diferencia de los europeos, los que últimamente se han dado cuenta de su vulnerabilidad en un mundo que está haciéndose cada vez más competitivo y comprenden que si no reinventan su sistema de bienestar no les será dado enfrentar el desafío planteado por China y sus vecinos, los norteamericanos, sean conservadores fiscales o partidarios del activismo estatal, siguen confiando en la fortaleza de su país. Señalan que su perfil demográfico es menos alarmante que el europeo y que, merced a las dimensiones colosales y la flexibilidad de su economía, además del papel al parecer irremplazable del dólar como moneda de reserva planetaria, pueden darse lujos financieros que están negados a los europeos. Es de esperar que resulten estar en lo cierto, ya que de estarlo los escépticos Estados Unidos no tardará en caer en una crisis aún más peligrosa que la que tantos estragos está produciendo en la Unión Europea, lo que sería un desastre para el resto del mundo porque tendría repercusiones muy fuertes en China, la India y, desde luego, América Latina.