El ocaso de la OTAN
Cuando los líderes de la OTAN, avalados por las Naciones Unidas, decidieron intervenir desde el aire en Libia “para proteger a los civiles”, creían que el régimen del coronel Muammar Gaddafi estaba a punto de caer, pero a pesar de meses de bombardeos constantes el dictador sigue desafiándolos. En Afganistán, Estados Unidos y sus aliados han llegado a la conclusión de que no les será dado derrotar a los talibanes y por lo tanto tendrán que negociar con ellos para entonces salir lo antes posible. Dicho de otro modo, la alianza militar más poderosa de la historia, con la ayuda del gobierno y buena parte de la población local en el caso de Afganistán y grupos rebeldes en el de Libia, ha sido incapaz de imponer su voluntad en un par de países pobres y atrasados. Si bien la impotencia así manifestada de la OTAN puede atribuirse a la necesidad, por motivos políticos y humanitarios, de acatar reglas que impiden el empleo pleno de su inmenso poder de fuego, sería poco probable que los resueltos a oponerse a la influencia occidental se sintieran impresionados por tales detalles. Desde su punto de vista, la OTAN ha resultado ser un “tigre de papel”. No son los únicos que cuestionan el papel de la OTAN en el mundo. El secretario de Defensa saliente de Estados Unidos, Robert Gates, acaba de afirmar que la alianza “enfrenta un futuro sombrío, si no muy oscuro, por el escaso compromiso de algunos miembros europeos” que prefieren limitarse a cumplir tareas sociales o logísticas a combatir. Para los acostumbrados a culpar a Estados Unidos y sus aliados de todos los problemas del planeta, la eventual desaparición de la OTAN sería una buena noticia, pero se equivocan si creen que como resultado se inaugurará una era de paz y fraternidad universal. En muchas partes del mundo la sensación de que el Occidente desarrollado, es decir Estados Unidos y Europa, está batiéndose en retirada no sólo militar sino también económicamente ha estimulado a los interesados en aprovechar el vacío de poder que ven ampliándose. A sabiendas de que les sería arriesgado confiar demasiado en las promesas de apoyo procedentes de Washington y las capitales europeas, están preparándose para afrontar un porvenir incierto. De lograr Irán dotarse de un arsenal nuclear, países como Arabia Saudita y Egipto podrían procurar emularlo. Dictadores como el sirio Bashar al-Assad ya saben que pueden reprimir a sus adversarios con extrema brutalidad sin correr más riesgos que ser blanco de las amonestaciones verbales del presidente norteamericano Barack Obama y dirigentes europeos como Nicolas Sarkozy, Angela Merkel y David Cameron. Asimismo, sectores del gobierno paquistaní se sienten libres para continuar apoyando subrepticiamente a los talibanes en el vecino Afganistán mientras que otros juran estar colaborando con Estados Unidos en la “guerra contra el terror”. Hasta hace muy poco, las elites occidentales creían contar con el poder militar, económico y cultural suficiente como para mantener a raya a todos sus rivales y enemigos sin verse obligados a esforzarse, pero parecería que últimamente se han entregado al pesimismo, de ahí el repliegue que está en marcha en todos los frentes. A menos que se recuperen anímicamente, las perspectivas ante el mundo serán tan sombrías como las que, según Gates, enfrenta la OTAN. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, los países occidentales se comprometieron cada vez más con la democracia, la libertad y la justicia social. Las corrientes migratorias confirman que el “modelo” que construyeron ha conservado todo su atractivo, ya que se cuentan por millones las personas que están dispuestas a ir a virtualmente cualquier extremo para trasladarse a Estados Unidos, Canadá, Europa o Australia pero, por desgracia, la pérdida de confianza en sí mismas que hoy en día caracteriza a las sociedades más prósperas, más libres y más respetuosas de los derechos de sus habitantes que haya conocido la historia juega en contra de los esfuerzos de los muchos árabes y otros que quisieran que sus propios países se asemejaran más a los occidentales. Al fin y al cabo, ya se habrán enterado de que, aparte de algunas palabras de aliento y cierta asistencia financiera, no recibirán ayuda de quienes presuntamente comparten los valores por los que están luchando.