El otro yo de Cristina

Redacción

Por Redacción

Dice la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que “nadie de otro poder me puede callar”. Aludía de tal forma al enojo que le había motivado el pedido de funcionarios judiciales representativos de que permitiera trabajar en paz a quienes están investigando la muerte del fiscal Alberto Nisman, ya que, desde que se enteró de lo sucedido, la presidenta los ha estado abrumando a través de los medios sociales con sugerencias, hipótesis detectivescas y comentarios a veces contradictorios, de tal modo interfiriendo en una tarea que, por lo de la separación de poderes, debería serle ajena. No es que, si bien nadie entiende mejor que Cristina la importancia de la investidura presidencial, a veces quisiera volver a ser una ciudadana cualquiera, libre para opinar sobre todo cuanto sucede en el mundo sin que sus palabras pesaran más que las de quienes no desempeñan ningún cargo gubernamental. En tal caso, sería cuestión de un deseo que, con toda seguridad, comparten muchos otros mandatarios que se sienten fastidiados por la necesidad de guardar siempre las apariencias, pero sucede que sólo los autócratas pueden darse el lujo de olvidar que, en cierto modo, son prisioneros de su rol institucional. El que Cristina se crea con pleno derecho a encabezar la investigación de lo que ella misma ha calificado de “un crimen” no puede considerarse una sorpresa. Con el apoyo de una multitud de militantes obedientes, desde hace años está tratando de subordinar virtualmente todo al Poder Ejecutivo, o sea, a su propia persona. A juicio de los kirchneristas más fanatizados, oponerse a la presidenta es de por sí subversivo o, como ellos dicen, “golpista”, de suerte que les parece legítimo que Cristina se haya puesto a presionar descaradamente a los jueces, fiscales y otros que están procurando averiguar si Nisman se suicidó, como dieron a entender inicialmente los voceros oficiales, o si fue asesinado, como desde el primer momento sospecha la mayoría, para que lleguen a una conclusión que le favorezca. A los kirchneristas no se les ha ocurrido que es inevitable que los esfuerzos en tal sentido de la presidenta resulten contraproducentes. Al interferir de manera tan pública en la investigación de la muerte del fiscal que la había acusado de pactar con terroristas, Cristina se las ha arreglado para echar dudas sobre la veracidad de toda la información que se difunde, asegurando así que continúen propagándose teorías conspirativas en las que ella y sus militantes cumplirán papeles decididamente malignos. Así las cosas, le convendría hablar y tuitear menos no porque algunos juristas lo han aconsejado sino porque sería de su propio interés, y el del movimiento político que se ha aglutinado en torno a su figura, que dejara de brindar la impresión de estar intentando manipular a los investigadores. Cristina afirma que, puesto que “todos somos iguales”, ella también puede aprovechar la “libertad de expresión y de prensa” que es “para todos los argentinos, incluida la presidenta”. Es una verdad a medias. Aunque en teoría por lo menos “todos somos iguales” ante la ley, los hay que, por sus responsabilidades institucionales, tienen que opinar con más cautela que los demás. A Cristina le encantaría poder desdoblarse, ser por un rato la ciudadana Cristina con sus propias ideas sobre un tema que mantiene en vilo al país para entonces, en cuanto le parezca oportuno, ser nuevamente la presidenta de la República, pero la esquizofrenia así supuesta sólo ha servido para sembrar confusión. ¿Cuál de las dos hablaba ante la Asamblea General de las Naciones Unidas –por fortuna, el recinto estaba casi vacío– para insinuar que las atrocidades filmadas por los asesinos del Estado Islámico eran productos publicitarios fraudulentos? Los asistentes creían estar escuchando las palabras no de Cristina la detective amateur sino las de la presidenta de la República, es decir, de la voz oficial de la Argentina. Algo parecido ha sucedido últimamente en el país a raíz de la reacción de Cristina frente a la muerte de Nisman. Según las encuestas de opinión, la presidenta sólo ha logrado desprestigiarse, lo que es lógico puesto que, durante semanas, pareció anímicamente tan ausente que era como si ya hubiera abandonado el poder y por lo tanto no tuviera ninguna responsabilidad por lo que ocurría en el país.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 3 de febrero de 2015


Dice la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que “nadie de otro poder me puede callar”. Aludía de tal forma al enojo que le había motivado el pedido de funcionarios judiciales representativos de que permitiera trabajar en paz a quienes están investigando la muerte del fiscal Alberto Nisman, ya que, desde que se enteró de lo sucedido, la presidenta los ha estado abrumando a través de los medios sociales con sugerencias, hipótesis detectivescas y comentarios a veces contradictorios, de tal modo interfiriendo en una tarea que, por lo de la separación de poderes, debería serle ajena. No es que, si bien nadie entiende mejor que Cristina la importancia de la investidura presidencial, a veces quisiera volver a ser una ciudadana cualquiera, libre para opinar sobre todo cuanto sucede en el mundo sin que sus palabras pesaran más que las de quienes no desempeñan ningún cargo gubernamental. En tal caso, sería cuestión de un deseo que, con toda seguridad, comparten muchos otros mandatarios que se sienten fastidiados por la necesidad de guardar siempre las apariencias, pero sucede que sólo los autócratas pueden darse el lujo de olvidar que, en cierto modo, son prisioneros de su rol institucional. El que Cristina se crea con pleno derecho a encabezar la investigación de lo que ella misma ha calificado de “un crimen” no puede considerarse una sorpresa. Con el apoyo de una multitud de militantes obedientes, desde hace años está tratando de subordinar virtualmente todo al Poder Ejecutivo, o sea, a su propia persona. A juicio de los kirchneristas más fanatizados, oponerse a la presidenta es de por sí subversivo o, como ellos dicen, “golpista”, de suerte que les parece legítimo que Cristina se haya puesto a presionar descaradamente a los jueces, fiscales y otros que están procurando averiguar si Nisman se suicidó, como dieron a entender inicialmente los voceros oficiales, o si fue asesinado, como desde el primer momento sospecha la mayoría, para que lleguen a una conclusión que le favorezca. A los kirchneristas no se les ha ocurrido que es inevitable que los esfuerzos en tal sentido de la presidenta resulten contraproducentes. Al interferir de manera tan pública en la investigación de la muerte del fiscal que la había acusado de pactar con terroristas, Cristina se las ha arreglado para echar dudas sobre la veracidad de toda la información que se difunde, asegurando así que continúen propagándose teorías conspirativas en las que ella y sus militantes cumplirán papeles decididamente malignos. Así las cosas, le convendría hablar y tuitear menos no porque algunos juristas lo han aconsejado sino porque sería de su propio interés, y el del movimiento político que se ha aglutinado en torno a su figura, que dejara de brindar la impresión de estar intentando manipular a los investigadores. Cristina afirma que, puesto que “todos somos iguales”, ella también puede aprovechar la “libertad de expresión y de prensa” que es “para todos los argentinos, incluida la presidenta”. Es una verdad a medias. Aunque en teoría por lo menos “todos somos iguales” ante la ley, los hay que, por sus responsabilidades institucionales, tienen que opinar con más cautela que los demás. A Cristina le encantaría poder desdoblarse, ser por un rato la ciudadana Cristina con sus propias ideas sobre un tema que mantiene en vilo al país para entonces, en cuanto le parezca oportuno, ser nuevamente la presidenta de la República, pero la esquizofrenia así supuesta sólo ha servido para sembrar confusión. ¿Cuál de las dos hablaba ante la Asamblea General de las Naciones Unidas –por fortuna, el recinto estaba casi vacío– para insinuar que las atrocidades filmadas por los asesinos del Estado Islámico eran productos publicitarios fraudulentos? Los asistentes creían estar escuchando las palabras no de Cristina la detective amateur sino las de la presidenta de la República, es decir, de la voz oficial de la Argentina. Algo parecido ha sucedido últimamente en el país a raíz de la reacción de Cristina frente a la muerte de Nisman. Según las encuestas de opinión, la presidenta sólo ha logrado desprestigiarse, lo que es lógico puesto que, durante semanas, pareció anímicamente tan ausente que era como si ya hubiera abandonado el poder y por lo tanto no tuviera ninguna responsabilidad por lo que ocurría en el país.

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