El Padrino
Un 19 de marzo de 1972 se estrenó “El Padrino” de Francis Ford Coppola, el célebre y premiado filme basado en la novela de Mario Puzo. La película, considerada en distintas ocasiones como la mejor de la historia del cine, convirtió a su director en una celebridad e hizo aún más famoso y millonario a Puzo quien la escribió sólo para hacer algo de dinero. Nunca imaginó que haría tanto. Ficción y realidad en una obra cinematográfica que es dueña de su propia épica.
La más celebrada de las novelas de Mario Puzo, “El Padrino”, da comienzo con una advertencia de Balzac: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. Y al tiempo que Puzo trazaba las líneas iniciales de su primer best seller, traicionaba años y años de hurgar en las capas subterráneas de su cerebro detrás de la llamada “gran literatura”, de la literatura en serio que, en su ideario de juventud, lo habrían de convertir en uno de los nombres ineludibles de la novelística contemporánea. No ocurrió exactamente así. Puzo tenía el estómago vacío. A los 45 años era un autor respetado pero en quiebra. “El Padrino” fue su último intento por lograr ganarse la vida escribiendo. Por debajo de aquel enorme éxito, obtenido como el autor de una obra que atravesó el tiempo de un modo vigoroso y legendario, había también una suerte de crimen: el suyo, el homicidio perpetrado contra el escritor en el que alguna vez quiso convertirse. Irónicamente para Francis Ford Coppola, el joven director italomericano a quien la Paramount, no sin reservas, le había encomendado la versión cinematográfica de la novela, rumbeaba por caminos de similar tenor. El también estaba sin un peso en el bolsillo. “Hice ‘El Padrino’, porque estaba arruinado y lleno de deudas”, relató alguna vez Coppola. Es que aunque ahora conocemos el final de la historia (no sólo la de “El Padrino” sino la de cómo le fue al proyecto que comenzó a fines de los 60), el filme siempre estuvo bajo la mirada fría y hasta cierto punto prejuiciosa de los productores y los diversos grupos sociales que se fueron enterando de su estructuración a partir del libro. En general se aseguraba que libro y película sólo contribuían a glorificar el crimen organizado, dotándolo de una elegancia y un romanticismo nocivos para la sociedad estadounidense. Ni qué hablar de cómo su difusión iba a afectar la imagen de la comunidad de origen italiano concentrada en la parte de baja de Manhattan. El mismo Coppola fue cuestionado como director y en plena producción el estudio decidió despedirlo por inexperto, por joven, por caprichoso y porque comprendieron que el perfil de director que buscaban era totalmente otro. Coppola, sabiendo como venían las cosas desde las oficinas de la Paramount, se preparó para lo peor. Con espíritu gremial y una inteligencia digna de un senador romano del siglo I, se puso de acuerdo con la mayor parte de su equipo de producción para que, si lo echaban, cada uno de ellos renunciara al instante. Coppola se encargó de hacer trascender la decisión y esto amedrentó al estudio, que le permitió continuar su trabajo. Ésta es apenas una de las tantas anécdotas que rodean al filme. En la edición definitiva que salió editada en DVD hace unos años, es el director en primera persona quien cuenta parte de ellas. La de los algodones en los cachetes de Marlon Brando, quien además acudió a la prueba de cámara con el pelo salpicado de talco, a esta altura es innecesario recordarla. Pero ocurrió y, cuando nadie quería al conflictivo Brando en el set, el actor se ganó su trozo de cielo. La verdad es que la filmación de “El Padrino” refleja una épica social, la llegada al poder de una familia mafiosa de origen italiano en el Nueva York de los 40, en el marco de una épica artística, la del propio Francis Ford Coppola que comenzó haciendo un filme por dinero pero lo terminó absolutamente consciente de que, si las cosas salían bien, se ganaría la gloria eterna del cine para su nombre y el de los suyos. Pregúntele a la talentosa Sofia si no. Es célebre y clave la escena en que el funebrero asiste al casamiento de la hija de Vito Corleone en búsqueda de venganza, puesto que dos muchachones han golpeado e intentado violar a la suya. La secuencia viene de un contexto más amplio que no refleja el filme pero se detalla en el libro. Escribe Puzo: “Durante todos sus años de estancia en América, Amerigo Bonasera había confiado en la ley. Y le había ido muy bien. Ahora, a pesar de que en su cerebro hervía el odio, a pesar de sus inmensos deseos de comprar un arma y matar a los dos jóvenes, Bonasera se volvió hacia su mujer, que todavía no se había dado cuenta de la farsa que se había desarrollado ante sus ojos, y le dijo: –Nos han puesto en ridículo. Calló unos instantes. Luego, con voz firme, sin temor alguno al precio que le pudiera ser exigido, añadió: –Si queremos justicia, deberemos arrodillarnos ante Don Corleone. Como también es sabido, Bonasera finalmente consigue el favor de Vito Corleone no sin antes ser recriminado y advertido: “Algún día, y puede que ese día nunca llegue, te llamaré para pedirte que me hagas un pequeño servicio. Hasta ese día, considera esta justicia como un regalo de mi esposa, la madrina de tu hija”, escribió Puzo. Los mitos en torno a “El Padrino” no son pocos ni menores. Por años se mencionó, como si se tratara de un pecado capital, que algunos mafiosos se hicieron habitués en el set en carácter de asesores de Coppola y sus actores. Es más, al actor Lenny Montana, quien encarna al asesino Luca Brassi, se lo vinculó con la familia mafiosa Columbo. El propio Marlon Brando se habría entrevistado con capos y mafiosos de Nueva York con el propósito de encontrar el tono justo de su papel. Sin embargo, la información más fidedigna salió de la propia cabeza de Puzo, quien tenía ideas bastante claras acerca de cuáles eran las conductas de la Cosa Nostra. Hasta qué punto el libro, que vendió más de 100 millones de ejemplares, y la película, que recaudó más de 250 millones de dólares partiendo de un presupuesto de apenas 6 millones de dólares, influyeron sobre la conducta real de los mafiosos es tema de un debate posterior que acaso nunca logre ser salvado por completo. ¿Son los mafiosos un reflejo de la película o es la película quien proyecta su vida cotidiana, aunque con la espectacularidad que exige y permite el cine? Como muchos años después ocurrió con la premiada serie de HBO “Los Sopranos”, los mafiosos comenzaron a alimentar una especial predilección por los personajes de “El Padrino”. Es decir: lejos de resultar ofendidos por la caracterización del dúo Coppola- Puzo se sintieron halagados e incluso homenajeados. En el libro, Puzo llega a convertir a Vito Corleone en un hombre de feroz pero finalmente de nobles intenciones, preocupado por la salud de sus paisanos, desde el más rico al más pobre de ellos. Casi como si se tratara de un político en ascenso. En el casamiento mafioso, un panadero es ayudado a obtener la visa de residencia para el novio de su hija. Un sepulturero encuentra justicia. Un artista en baja consigue el papel cinematográfico que le hará resurgir de entre las cenizas. Todo por intermedio de don Vito. Hay una cuota de ficción al interior de estas pequeñas historias ciudadanas que Puzo narra de un modo didáctico (no hay que olvidarse de que “El Padrino” fue pensando como un best seller y no como un oscuro libro de culto) y que tan fantásticamente filmó Coppola, pero también otra cuota de verdad. Ese actor y cantante caído en desgracia por el descalabro de su propio estilo de vida, engreído y despreocupado, no debería ser otro que Frank Sinatra quien, en verdad, siempre se mantuvo muy cerca del letal Sam Giancana. Por otra parte, muchos de los actores que aparecen en distintas escenas son familiares del director. De modo que aquel ambiente entrañable y con aroma a salsa de tomate para fideos hechos en casa tenía una irreductible autenticidad. “El Padrino” es la interpretación cinematográfica de una percepción generacional. El ensayo fotográfico de un imaginario popular. El sueño americano de miles de humildes trabajadores quienes, como Vito Corleone, llegaron en un barco a las costas de “¡la América!” (tal y como gritaban los italianos cuando veían por primera vez la estatua de la Libertad) también se hallaba trastocado por una cultura delictiva proveniente de las organizaciones mafiosas que también atravesaron el Atlántico y se perfeccionaron con los estilos criminales típicos de la gran ciudad. Ayer como hoy, la mafia continúa funcionando como el Estado dentro del Estado. Como la fuerza operativa que trasciende los órdenes institucionales. Puzo le otorgó a esa valiente historia de inmigración, que conocía de primera mano, un hálito romántico que se explicaba, a los fines de su libro, con el nacimiento y desarrollo de una familia mafiosa. Esa mirada no se detuvo en los comerciantes, profesionales o industriales exitosos sino en las alternativas de la Cosa Nostra. Su enaltecimiento subraya y atesora el ímpetu de una tradición literaria, la misma que hizo de Sundance Kid y Butch Cassidy o de Bonnie y Clayde o Jesse James y Billy “The Kid” antes héroes de leyenda que criminales hechos y derechos (o torcidos, sería lo correcto decir). Nutridos de un glamour que quizás no existió –tal y como lo relataron Puzo y Coppola–, la mafia aprendió “de sí misma”. Cobró notoriedad. Se volvió famosa. Para bien pero, sin duda, para mal de la efectividad de su mecanismo interno. Hasta cierto punto, “El Padrino” fue para la Cosa Nostra la primera de muchas condenas públicas.
Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar