El penoso caso de la «preceptora hot»

Redacción

Por Redacción

por SERAFIN SANTOS

La difusión de fotografías íntimas y la denuncia en sede judicial por la presunta comisión del delito de violación de secretos o infracciones al Código de Comercio hizo que se ventilara en forma pública cuestiones privadas de una joven preceptora de una escuela de Bariloche, lo que aprovecharon no pocos medios de comunicación para explotar el costado «bizarro» del hecho.

La damnificada -asesorada por su abogado- ha visto la oportunidad de pasar a la ofensiva mediática con el objetivo de encontrar una salida laboral y revertir la situación dramática que debió experimentar meses atrás, porque no hay duda de que ha sido menoscabado su derecho a la honra y al reconocimiento de su dignidad y reputación.

Los constituyentes de 1853, y los que reformaron la Carta Magna en los 150 años posteriores, reservaron uno de los primeros artículos para consagrar la privacidad del individuo. El artículo 18 garantiza que «las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados».

La difusión o publicación de fotografías íntimas y privadas sin una autorización expresa implica, cuanto menos, una actitud poco ética, sin perjuicio de las acciones civiles y penales que puedan derivarse.

Sin embargo, hay profesiones o actividades, como las que se desempeñan en un laboratorio fotográfico, que no están reguladas por una ley, pese a que deberían realizarse mediante un contrato o convenio de confidencialidad.

El fiscal Eduardo Fernández todavía no se refirió al hecho investigado, ni siquiera en forma hipotética, y tampoco se sabe en qué supuestos estaría encuadrado el delito, en caso de que existiera. Si por el contrario, no hay ley ni convenio que obligue a la confidencialidad a los laboratorios fotográficos, se plantearía una importante laguna en el derecho que debería ser remediada en forma urgente por los legisladores.

La preceptora, de 26 años, que en un primer momento ocultó su rostro y lloró ante un noticiero de televisión, logró ser rápidamente seducida por el poder de otros medios de comunicación. Ante ellos, Liliana Gómez ya no se ocultó y soñó con posar para una sesión de fotos -que serían publicadas por conocidas revistas de chimentos-. Hoy es invitada a exhibir poses de «profe-sex» (pizarrón mediante) y hasta Tinelli creyó necesaria su brevísima inclusión en «ShowMatch» en el convencimiento de que le reportaría algún punto más de los tantos que ya obtiene de rating.

La preceptora pasó de la ignominia al espectáculo, en busca de un «futuro mejor», que tal vez resulte efímero y hasta contraproducente para ella misma (ya es objeto de escarnio, en un medio por lo general impiadoso). Hoy, sabemos, algunos canales de tevé no dudan en invertir lo que sea necesario por «la nota» que más se ajuste al «gusto» del televidente, haciendo un penoso servicio a la cultura.

El nuevo rumbo de la «preceptora hot» transitará a la par de lo que decida hacer la justicia, seguramente más lenta que la voracidad de algunos medios de comunicación y su público.


por SERAFIN SANTOS

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