El pesimismo norteamericano
Los norteamericanos ya están acostumbrados a las malas noticias económicas, pero los tomó por sorpresa el aumento de la tasa de desempleo que se registró en junio, mes en que se crearon sólo 18.000 nuevos puestos de trabajo cuando casi todos los especialistas esperaban por lo menos 80.000 o, tal vez, muchos más. Aunque parecería que la gigantesca economía de la superpotencia sigue creciendo, si bien a un ritmo pausado, y muchas grandes empresas están nadando en dinero, el que el 9,2% de la población activa no pueda encontrar trabajo ha contribuido a difundir un clima de pesimismo parecido al imperante tres décadas atrás. En aquel entonces Estados Unidos logró recuperarse merced en buena medida a la revolución tecnológica que tendría consecuencias profundas no sólo económicas sino también culturales, pero en esta oportunidad pocos creen que la historia esté por repetirse. Puede que se hayan equivocado. Al fin y al cabo nadie previó que el bajón anímico que coincidió con la gestión del presidente Jimmy Carter se vería seguido por un boom prolongado en Estados Unidos, el colapso de un rival, la Unión Soviética, y el estancamiento de otro, Japón. Así y todo, aun cuando la economía norteamericana recupere una parte de su dinamismo perdido y China ingrese en una zona de turbulencia que le impida erigirse en la próxima superpotencia, sería poco probable que se repartieran los beneficios de tal modo que se consolidara nuevamente la sensación de prosperidad generalizada que se dio antes de la crisis financiera que irrumpió en la segunda mitad del 2008. Los problemas actuales de Estados Unidos y otros países avanzados pueden atribuirse a sus éxitos pasados. Los avances tecnológicos, sobre todo los experimentados en informática, posibilitaron un par de decenios de progreso macroeconómico impresionante pero también sirvieron para cambiar tanto las formas de producir que una proporción creciente de los empleados se vería perjudicada. En el Primer Mundo y en las partes más desarrolladas del Tercero los ingresos de una minoría bien preparada o ya rica han aumentado mucho, pero los de la mayoría dejaron de subir hace mucho y parecen destinados a bajar, sobre todo en el caso de los millones que tal y como están las cosas nunca conseguirán un empleo seguro bien remunerado. Por desgracia, no será nada fácil modificar la tendencia así supuesta. Conscientes de esta realidad, abundan los norteamericanos y europeos que dan por descontado que con escasas excepciones los miembros de las próximas generaciones tendrán que resignarse a un nivel de vida inferior al considerado normal por sus padres, de ahí el surgimiento de “los indignados” en España y otros países europeos y el desánimo que sienten tantos estadounidenses. Para el presidente norteamericano Barack Obama, la persistencia del desempleo masivo constituye un desafío muy grande. En Estados Unidos se supone que, a menos que la tasa de desocupación se reduzca drásticamente antes de noviembre del año que viene, no será reelegido. Por ser cuestión de un problema que parece ser más estructural que coyuntural, es claramente injusto culpar a Obama del nivel muy alto de desocupación y de endeudamiento, pero mal que bien la política es así en todos los países democráticos donde es habitual felicitar, o denunciar, al gobierno de turno por el estado de la economía. En un intento de reactivar una economía que según las pautas locales es letárgico, la administración de Obama ha inyectado en ella cantidades colosales de dólares “frescos”, pero los resultados han sido tan decepcionantes que la oposición republicana, además de sentirse alarmada por el endeudamiento creciente, ha logrado convencerse de que un programa de austeridad draconiana sería mucho más eficaz porque suministraría un choque de confianza. Huelga decir que la diferencia insalvable de enfoque entre el oficialismo y la oposición que, para más señas, cuenta con el poder legislativo suficiente como para frustrar las iniciativas gubernamentales, ha agravado el clima de malestar al hacer pensar que demasiados integrantes de la clase política están más interesados en aprovechar por motivos electoralistas las dificultades económicas y sociales que en formular una estrategia que, andando el tiempo, podría restaurar la fe de la mayoría en el famoso “sueño norteamericano”.
Los norteamericanos ya están acostumbrados a las malas noticias económicas, pero los tomó por sorpresa el aumento de la tasa de desempleo que se registró en junio, mes en que se crearon sólo 18.000 nuevos puestos de trabajo cuando casi todos los especialistas esperaban por lo menos 80.000 o, tal vez, muchos más. Aunque parecería que la gigantesca economía de la superpotencia sigue creciendo, si bien a un ritmo pausado, y muchas grandes empresas están nadando en dinero, el que el 9,2% de la población activa no pueda encontrar trabajo ha contribuido a difundir un clima de pesimismo parecido al imperante tres décadas atrás. En aquel entonces Estados Unidos logró recuperarse merced en buena medida a la revolución tecnológica que tendría consecuencias profundas no sólo económicas sino también culturales, pero en esta oportunidad pocos creen que la historia esté por repetirse. Puede que se hayan equivocado. Al fin y al cabo nadie previó que el bajón anímico que coincidió con la gestión del presidente Jimmy Carter se vería seguido por un boom prolongado en Estados Unidos, el colapso de un rival, la Unión Soviética, y el estancamiento de otro, Japón. Así y todo, aun cuando la economía norteamericana recupere una parte de su dinamismo perdido y China ingrese en una zona de turbulencia que le impida erigirse en la próxima superpotencia, sería poco probable que se repartieran los beneficios de tal modo que se consolidara nuevamente la sensación de prosperidad generalizada que se dio antes de la crisis financiera que irrumpió en la segunda mitad del 2008. Los problemas actuales de Estados Unidos y otros países avanzados pueden atribuirse a sus éxitos pasados. Los avances tecnológicos, sobre todo los experimentados en informática, posibilitaron un par de decenios de progreso macroeconómico impresionante pero también sirvieron para cambiar tanto las formas de producir que una proporción creciente de los empleados se vería perjudicada. En el Primer Mundo y en las partes más desarrolladas del Tercero los ingresos de una minoría bien preparada o ya rica han aumentado mucho, pero los de la mayoría dejaron de subir hace mucho y parecen destinados a bajar, sobre todo en el caso de los millones que tal y como están las cosas nunca conseguirán un empleo seguro bien remunerado. Por desgracia, no será nada fácil modificar la tendencia así supuesta. Conscientes de esta realidad, abundan los norteamericanos y europeos que dan por descontado que con escasas excepciones los miembros de las próximas generaciones tendrán que resignarse a un nivel de vida inferior al considerado normal por sus padres, de ahí el surgimiento de “los indignados” en España y otros países europeos y el desánimo que sienten tantos estadounidenses. Para el presidente norteamericano Barack Obama, la persistencia del desempleo masivo constituye un desafío muy grande. En Estados Unidos se supone que, a menos que la tasa de desocupación se reduzca drásticamente antes de noviembre del año que viene, no será reelegido. Por ser cuestión de un problema que parece ser más estructural que coyuntural, es claramente injusto culpar a Obama del nivel muy alto de desocupación y de endeudamiento, pero mal que bien la política es así en todos los países democráticos donde es habitual felicitar, o denunciar, al gobierno de turno por el estado de la economía. En un intento de reactivar una economía que según las pautas locales es letárgico, la administración de Obama ha inyectado en ella cantidades colosales de dólares “frescos”, pero los resultados han sido tan decepcionantes que la oposición republicana, además de sentirse alarmada por el endeudamiento creciente, ha logrado convencerse de que un programa de austeridad draconiana sería mucho más eficaz porque suministraría un choque de confianza. Huelga decir que la diferencia insalvable de enfoque entre el oficialismo y la oposición que, para más señas, cuenta con el poder legislativo suficiente como para frustrar las iniciativas gubernamentales, ha agravado el clima de malestar al hacer pensar que demasiados integrantes de la clase política están más interesados en aprovechar por motivos electoralistas las dificultades económicas y sociales que en formular una estrategia que, andando el tiempo, podría restaurar la fe de la mayoría en el famoso “sueño norteamericano”.
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