El poder de la mentira

Por Redacción

Todos los gobiernos democráticos procuran subrayar lo positivo de su gestión y minimizar la importancia de lo negativo, pero, aunque sólo fuera por miedo a ser castigados por el electorado, muy pocos se arriesgan falseando la realidad. Entre éstos se encuentra el encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Aunque el responsable de hacer del Indec una usina propagandística, de tal modo institucionalizando la mentira, fue su antecesor y marido Néstor Kirchner, la presidenta no pudo o no quiso reconstruirlo para que el país contara con estadísticas confiables. Al contrario, optó por persistir en el error, acaso por suponer que los costos políticos de corregirlo, de tal modo desviándose del “relato” triunfalista que había inventado, serían aún mayores que los ya supuestos por el desprestigio internacional y por la incredulidad patente de hasta aquellos sindicalistas que juran sentirse comprometidos con el “modelo”. Por lo demás, el que, a juzgar por los resultados electorales, durante mucho tiempo la mayoría se haya manifestado indiferente ante lo que en otras latitudes hubiera motivado un escándalo mayúsculo, le habrá convencido de que se trataba de un asunto menor. Pues bien: de acuerdo común, el discurso lapidario que pronunció el sábado pasado el titular de la Sociedad Rural Argentina, Luis Miguel Etchevehere, en el que, además de acusar a Cristina de mentir sistemáticamente, afirmó que el gobierno kirchnerista “malgastó en subsidios, politiquería barata, prácticas populistas, corrupción y propaganda la enorme cantidad de divisas que el campo produjo en estos años” era inusitadamente “duro” pero, así y todo, se ajustaba a la verdad. En efecto, parecería que incluso los simpatizantes más lúcidos del gobierno de Cristina son plenamente conscientes de que los números confeccionados por el Indec intervenido no guardan relación alguna con la realidad económica y social y que, para más señas, sí se ha gastado muchísimo dinero no sólo en subsidios repartidos según criterios políticos sino también en “corrupción y propaganda”. Así y todo, siguen respaldando el “proyecto” gubernamental por suponerlo mejor que las eventuales alternativas. Tal actitud no se limita a un puñado de personas que, por sus propias razones, se identifican emotivamente con el kirchnerismo y son reacias a abandonarlo, ya que, según las encuestas de opinión, el 30% o más del electorado aprueba la gestión del gobierno de Cristina. Que éste sea el caso es preocupante. No lo sería si fuera posible mostrar que las “mentiras” mencionadas por Etchevehere eran a lo sumo exageraciones un tanto burdas u omisiones, pero a esta altura virtualmente nadie puede ignorar que la tasa oficial de inflación es una ficción, que el gobierno invierte muchos millones de pesos en propaganda, entregándolos a medios amigos y boicoteando a los demás, o que pocos días transcurran sin que se difunda información verosímil sobre más episodios de corrupción que involucran al fallecido expresidente Néstor Kirchner o integrantes de su entorno. Sin embargo, parecería que la verdad es lo de menos en la Argentina actual, que muchos, en especial aquellos que temen que, de verse reemplazado el gobierno kirchnerista por otro de ideas distintas, perderían los subsidios exiguos que les permiten subsistir, anteponen la lealtad hacia lo conocido al eventual disgusto que sentirían por la “politiquería barata” y ostentosamente mendaz que es tan característica del populismo tradicional. De ser así, las perspectivas frente al país distan de ser promisorias. Una sociedad en la que muchos están más que dispuestos a conformarse con un “relato” tan precario y tan engañoso como el confeccionado por Cristina y sus compañeros sencillamente no estará en condiciones de superar los obstáculos que le aguardan en el camino hacia el desarrollo. Antes bien, a menos que mucho cambie en los meses próximos, la Argentina se resignará a un futuro de mediocridad generalizada en que sólo una pequeña minoría de individuos logre destacarse, mientras que la mayoría abrumadora se vea condenada a vivir al borde de la indigencia, privada de oportunidades para aprovechar sus talentos naturales, destino éste que no puede atraer a nadie pero que parece inevitable en un país en que tantos toman la mentira por una versión superior de la verdad.


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