El Pro bajo fuego
Mal que les pese a los partidarios de los candidatos opositores, en la Argentina las reglas políticas distan de ser las mismas para todos. Mientras que algunos, como el jefe de Gabinete y candidato a gobernador de la provincia más poblada del país, Aníbal Fernández, pueden mofarse de acusaciones tremendas en su contra, otros serían incapaces de sobrevivir a denuncias decididamente menos graves. En principio, que éste sea el caso debería ser motivo de orgullo entre quienes se sienten obligados a respetar normas éticas muy exigentes, pero, por supuesto, no lo es en absoluto. Antes bien, a juzgar por las reacciones de ciertos simpatizantes del candidato presidencial de Cambiemos, Mauricio Macri, frente al drama protagonizado por Fernando Niembro, el que al abandonar su candidatura a primer diputado nacional por la provincia de Buenos Aires dijo sentirse “víctima de un ataque injusto e inmerecido”, les gustaría verse juzgados conforme a las mismas pautas que sus adversarios. ¿Es lo que cree Macri? Puede que no, pero su forma de manejar el problema que surgió luego de que los kirchneristas cuestionaran los contratos multimillonarios de la empresa de Niembro con las autoridades porteñas lo ha perjudicado mucho. Para que prosperara su propia candidatura, tendría que convencer a una franja sustancial del electorado de que encarna valores distintos de los representados por el oficialismo, pero a causa de su amistad personal con Niembro, o por suponer que los votantes tomarían una actitud más severa por una manifestación de deslealtad, se resistió a pedirle que se borrara. Si bien sus aliados de la UCR y otras agrupaciones se mantuvieron callados, entendían que, una vez más, Macri cometía un error importante. No fue el primero. Acaso el más costoso fue su negativa a pactar con otro opositor al kirchnerismo, Sergio Massa, antes de las PASO, por suponer que el grueso del electorado repudiaría cualquier variante del peronismo y por lo tanto respaldaría al Pro. Parecería que en aquel entonces Macri confiaba demasiado en su propio “olfato” y el de sus asesores más influyentes. Por razones similares, tardó en entender la gravedad de las denuncias contra Niembro. Aunque Macri desistió de intentar frenar una investigación judicial de los contratos, siguió apoyándolo hasta que Niembro mismo, consciente de que perjudicaba a su jefe y a la candidata a la gobernación bonaerense María Eugenia Vidal, finalmente decidió dar un paso al costado. Para justificar su actitud Macri argüía que la relación de la productora de Niembro, La Usina, con la Ciudad siempre fue perfectamente legal, mientras que otros protestaban contra la hipocresía de los kirchneristas que durante más de doce años habían avalado con entusiasmo el reparto, según criterios idénticos a los atribuidos al gobierno de la Capital Federal, entre magnates periodísticos de contratos mucho más jugosos que los conseguidos por Niembro. En términos políticos, la defensa así ensayada resultó peor que inútil. A pesar de que a juicio de sectores muy amplios de la población, para no hablar de instituciones extranjeras como Transparencia Internacional, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es “el más corrupto de la historia” del país, la reputación en tal sentido que la acompaña desde inicios de su gestión no le ha supuesto muchos costos políticos. Por el contrario, la voluntad de Cristina de pasar por alto casi todas las denuncias, como las dirigidas contra el procesado vicepresidente Amado Boudou, otros funcionarios de su gobierno y miembros de su propia familia, parece haber contribuido a fortalecerla al permitirle brindar la impresión de estar en condiciones de soportar presiones que serían más que suficientes para hundir a cualquier otro mandatario. Pero, claro está, se trata de un privilegio que se ve negado a la mayoría de sus adversarios. De haber sido Niembro un empresario kirchnerista deseoso de emprender una carrera política, las dudas planteadas por sus vínculos con una repartición estatal serían consideradas meramente anecdóticas. Al fin y al cabo, nadie ignora que sería una pérdida de tiempo afirmarse escandalizado por la candidatura a la intendencia de Tigre del empresario mediático kirchnerista Sergio Spolski, el que debe buena parte de su envidiable fortuna a su relación con el gobierno nacional.
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