El rap del 25 viene asomando
Por Carlos Schulmaister (*)
La reciente difusión del caso del «rap piquetero» para el 25 de mayo en una escuela de Río Cuarto y las reacciones que originó, me mueven a formular las siguientes consideraciones:
• La maestra cuestionada no cometió un pecado ni un delito con su iniciativa, pues no mancilló nada que no deba mancillarse. Simplemente, el intento no es útil para sus propósitos de hacer niños pensantes, pues ellos no pueden entender el asunto debido a su corta edad, a su estadio de desarrollo intelectual y a la complejidad que para ellos revisten las cosas de los adultos, es decir, no es instructivo ni formativo.
• No es algo que, aun con alumnos que lo comprendan como resultado de haberlo estudiado antes, hubieran hecho una opción libre por implementarlo. Siempre es posible que en un colegio, grado o año (secundario) existan chicos supermotivados por las cosas de la actualidad y quieran hacer algo similar, si bien no es lo más frecuente, en tanto otros no lo efectúen o ni siquiera estén de acuerdo con los piqueteros o con lo que sea el objeto de una discusión. En este caso, se trata de algo motorizado y organizado por la maestra, es decir, una opción de adultos, que no juzgo y que respeto, pero canalizada a través de los alumnos.
• Tampoco creo que sea el pecado de «orientar políticamente a los alumnos». Esa imputación es la clásica de la derecha, de los de siempre, de doña Rosa, etc. y de los melindrosos, como si ellos no transmitieran mensajes políticos e ideológicos.
• Creo que no es cierto lo que afirma la maestra acerca de que a los alumnos no les dice que los piqueteros están bien ni mal. Es evidente que su sola inclusión en un espacio público institucional implica un juicio de valor implícito acerca de su aceptabilidad o legitimidad desde otros parámetros que los consagrados formalmente por el sistema de mediación política. Que la maestra los acepte y valore, me parece muy bien tan solo porque durante más de cien años la escuela tuvo maestros y maestras del tipo de «la hija de doña Rosa», que jamás dan una opinión personal ni se juegan por sus convicciones. Por otra parte, cuando la hija de doña Rosa pontifica en contra, no suele hacerlo por convicciones propias, por haber estudiado al respecto o por formar parte de un partido que sustenta las ideas que ella reproduce: lo hace por reflejo servil, por falta de conciencia política, por su política personal de andar siempre por el centro de la vereda, equidistante del cerco y del cordón, por las dudas. Por lo mismo, aunque fallido, su iniciativa me parece saludable.
• Cuando la maestra explica que intentaba mostrar el hecho de la participación popular el 25 de mayo de 1810, hay dos cosas que merecen ser recordadas. Primero, que esa jornada fue de escasa participación popular, como lo han demostrado prestigiosos historiadores, y que la retroversión de la soberanía al pueblo no fue para hacer una revolución ni una ruptura con España, sino para conservar la identidad existente y la nacionalidad española, es decir, para no ser franceses. Más tarde se convirtió en una revolución. Segundo: la formación de la Primera Junta no fue una ruptura, sino un acto popular basado en el absoluto respeto al derecho existente en el virreinato en la gloriosa jornada del 22 de mayo de 1810. La institucionalidad política derivada de ese hecho reviste caracteres jurídico políticos perfectamente legales desde el inicio.
• El ejemplo de los piqueteros del presente no puede ser transferido al 25 de mayo de 1810 para fundar su legitimación actual. No es la misma situación hoy. Tenemos en la actualidad, un Estado organizado y un sistema formal de ejercicio de la ciudadanía que es muy amplio y un sistema de mediación política imperfecto, con leyes clientelísticas entre otras objetables y con prácticas elusivas del espíritu republicano de las que sí son propositivas. Pero es lo que tenemos sobre la base del acuerdo universal de la asociación política que hemos constituido, y que siempre podremos mejorar.
• Las imperfecciones del sistema político tienen consecuencias negativas en lo económico, social y cultural, pero a su vez las condiciones estructurales de lo económico, social y cultural no pueden menos que producir el sistema político que tenemos. Cambiar lo que hay que cambiar es el objetivo y el camino más lógico para mejorar el sistema. Pero como históricamente no nos ponemos de acuerdo para hacerlo, ni sobre cómo hacerlo, el hambre no puede esperar. Y entonces aparecen los piqueteros que se legitiman por la sola gravedad del desastre al que fuimos llevados como nación, y por la recuperación parcial de la soberanía delegada en manos de representantes que han traicionado los principios del bien común. Que simultáneamente el mismo fenómeno se multiplique en América Latina es prueba de que no obedece a «patologías» exclusivas de la Argentina.
• Por esa razón hay que respetar el fenómeno piquetero, pero el que es auténtico y autónomo, no el fogoneado por algunos mañeros para continuar colocándose en la cresta de la ola.
• Hoy hay hambre, y mucha. En 1810 no había hambre. La miseria empezó casi inmediatamente después como resultado de la ruina de las economías regionales del interior del país, cuando se aplicó la política librecambista de Buenos Aires. Por eso, ya en 1815 tuvimos en nuestra historia los nuevos movimientos sociales de aquella época: los caudillos y las montoneras federales que tenían un proyecto, inorgánico por cierto, en lo político, económico, social y cultural distinto del de los unitarios. Ellos también fueron considerados y tratados como «piqueteros». Pero ellos ganaron las luchas por la independencia y sus ideas son las que debió recoger la Constitución Nacional para poder organizarnos de una buena vez.
• Por eso, por lo que la historia nos ha enseñado, creo que lo grave no es el intento seguramente bienintencionado de aquella maestra inquieta de Córdoba, que sólo se equivocó en la etapa en que intentó aplicarlo (más propio de los últimos años del nivel medio), sino la demonización de la participación popular cuando rompe los moldes y transgrede los andariveles de la formalidad, por parte de quienes se hallan bien abrigados debajo de ésta.
• Finalmente, algunos de los padres de sus alumnos expresaron su disconformidad, convencidos de que la educación primaria tiene que estar despojada de cualquier atisbo ideológico. Acerca de ello, se ha escrito mucho ya y es fácil comprender que eso resulta un imposible. No fue esta maestra quien introdujo la ideología en la escuela, sino que ya está presente, desde siempre, en la selección y en la omisión de contenidos y de los fastos escolares, en lo denostado y en lo connotado de los escasos textos que hoy se usan en la primaria, pero también en los clichés tradicionales y novedosos de uso escolar.
(*) Profesor de Historia.
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