“El rito”, una de exorcistas donde gana el bien y sin mucho miedo

Por Redacción

Lo extraño del filme “El rito”, superproducción protagonizada por Anthony Hopkins que se estrenó en Village Cines Neuquén, es que parece desafiar los principios del género al que pertenece. Aunque es una película sobre exorcismos no trata sobre el mal sino sobre el bien, no es un tributo o concesión (aun ficcional) al poder del Diablo, Belcebú o Lucifer (como quiera llamárselo) sino un canto a la inmensa bondad y sabiduría de Dios. La tesis central descansa en que la comprobada existencia del Diablo explica, a su vez, el inmenso poder de Dios. Se sabe que, según las Sagradas Escrituras, el Diablo no es otra cosa que un ángel descarriado que desafió al Señor y se condenó eternamente en ese acto. Planteada como una historia basada en casos reales, la película del sueco Mikael Hafstrom, a esta altura un especialista en el tema, sigue los pasos de un seminarista joven en el que todos descubren talentos eclesiásticos pero que él no sólo se niega a admitir sino que, con cierta arrogancia, también desafía. Ante su manifiesta intención de abandonar la carrera que lo convertirá en sacerdote en el momento de tomar los hábitos, el joven es obligado a partir hacia el Vaticano para acudir a un curso para formar curas exorcistas que se dicta en la Santa Sede. Allí comienza, en realidad, la verdadera historia de la película, que protagonizan el joven seminarista (Colin O’Donoghue), una periodista que comparte el curso (Alice Braga) y un viejo sacerdote galés que vive en una desvencijada casa antigua y que interpretada un hosco, algo oscuro y bondadoso Anthony Hopkins. Tan supuestamente basada en casos reales está la película que el propio Hopkins admitió en las entrevistas de promoción del filme haber conocido al famoso padre Lucas que compone y que es uno de los máximos exorcistas de la Iglesia Católica. El actor señaló que el papel que interpreta fue uno de los más intensos de su carrera y que “El rito” habla, en definitiva, “de la eterna disputa entre el bien y el mal”. El problema de la película, probablemente, es que no llega a desplegar todo el terror o temor que promete porque el Diablo es corporizado como un agente causante de dolor pero carente de erotismo, lujuria o ambición. No existe la capacidad de hacerlo obrar en uno para cerrar venganzas ocultas o calladas, liquidar o saldar pequeños rencores de un modo extemporáneo o promover un despiadado ascenso a algún tipo de cúspide, ya sea política o económica, ni hay, tampoco, planes maestros para su llegada al mundo, reproducción y perpetuidad. El Diablo sólo está allí y se manifiesta, ya sea en sueños o visiones, generando dolor y sufrimiento en los poseídos y dejando sus marcas; y los sacerdotes deben, en una lucha cuerpo a cuerpo, obligarlo a que se dé a conocer, exorcizarlo, desalojarlo de su humanidad transitoria, batalla en la que a veces triunfan y otras fracasan. Quizás lo mejor de la película corra por el maquillaje y los efectos especiales, la manera de materializar el modo en que Lucifer deja sus marcas en los mortales, el modo descarnado y sencillo, ligeramente tenebroso, de actuar del mal sobre el cuerpo de los posesos. (Télam)


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