El secuestro de tres jóvenes en Israel

Por Redacción

EMILIO J. CÁRDENAS (*)

El secuestro y posterior cobarde asesinato de tres adolescentes conmueve y conmociona profundamente a Israel. Se trata de Naftali Frankel, Gilad Shaar y Eyal Yifrach. Para el gobierno de Israel, la responsabilidad pertenece al movimiento palestino Hamas, el que controla la llamada Franja de Gaza. Sus militantes, sostiene, habrían concretado este horror. Además de la enorme y justificada angustia de los jóvenes que terminaron asesinados y sus familiares, el impacto político del secuestro parece bien grande. Ocurre que para Hamas –una organización de visión extremista y radical– el conflicto entre Israel y Palestina es fundamentalmente una guerra de sesgo religioso. Por esto Hamas no endosa la solución de los “dos Estados”, considerando a Israel apenas un ocupante ilegítimo de una parte del territorio palestino. Para Hamas el debate no pasa por las palabras, esto es por las conversaciones o las negociaciones, sino por la fuerza, razón por la cual recurre sistemáticamente a los misiles, a los atentados suicidas y a los secuestros. Al terror, entonces. El reciente acuerdo político entre Fatah y Hamas, calificado de “acto de reconciliación” entre ambas facciones, parece (a la luz de la dura realidad) no haber atemperado para nada la agenda política de Hamas. Ni, peor, modificado los ejes de su proceder terrorista. En rigor, el acuerdo con Fatah luce apenas como una búsqueda impropia –por parte de Hamas– de alguna legitimidad para su accionar terrorista. Si esto es efectivamente así, el pacto aludido entre los dos bandos palestinos, el secular (Fatah) y el fundamentalmente religioso (Hamas), no posibilitará que avance el proceso de paz de Medio Oriente, hoy en serias dificultades, porque no se habría unificado a los palestinos para la democracia ni para alcanzar consensos con Israel sino para volver, desde el autoritarismo, a transitar –de mil distintas maneras– la vía de la violencia, lo que es bien diferente a procurar sinceramente acuerdos que permitan alcanzar y mantener la paz. Si miramos hacia atrás, recordaremos que en el 2006 se permitió a Hamas participar en las elecciones, lo que derivó en una sorpresiva y clara victoria de ese movimiento en la Franja de Gaza. Fatah (que terminó siendo expulsada de Gaza) se impuso, en cambio, en la llamada Margen Occidental de Palestina. Desde Gaza, Hamas continuó con su actitud extremista sin renunciar un instante al terrorismo, conduciéndose constantemente de la mano de Irán con una ideología belicosa que dio notoriamente la espalda al proceso de paz en el que Fatah, en cambio, participara. Si Hamas, pese a su reciente acuerdo con Fatah, mantiene activas sus milicias y –peor– sus grupos terroristas, lo que supone consolidar sus valores antidemocráticos, la paz en Medio Oriente difícilmente se alcance. Y la coexistencia pacífica en el marco de un respeto recíproco se hará cada vez más difícil, con Israel y hasta entre los mismos palestinos. La legitimidad del gobierno palestino que surja de las elecciones que ahora se están organizando quedará también amenazada porque lo cierto es que no todos los contendores juegan con las mismas cartas, desde que Hamas no ha abandonado su estrategia de uso criminal de la fuerza, que es todo lo contrario a sentarse a una mesa para diseñar –con apertura y buena fe– soluciones duraderas en el marco de la democracia y sus valores esenciales. Todo un tema, entonces, que se agrega al gigantesco incendio –de corte fundamentalista– que parece haberse extendido velozmente a través de Siria, Irak y el Líbano y que amenaza con contagiar con su fuego intemperante a la región toda. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas