El séptimo gigante
Por Héctor Ciapuscio
l suplemento literario del «Times» de Londres, la revista más prestigiosa en su género, inició con este año la publicación de una serie de ensayos «sobre pensadores del pasado que parecen ofrecer intuiciones frescas para el nuevo siglo». El título general de la colección -«Giants Refreshed»- indica la trascendencia de cada uno; se trata de grandes intelectuales de todos los tiempos cuya obra previsiblemente gravitará en el próximo futuro cultural del mundo.
Los ensayos publicados semana a semana entre el 7 de enero y el 11 de febrero -macizos, extensos y con autoría de especialistas- se refirieron a seis: John Ruskin, Friedrich von Hayek, Matthew Arnold, Charles Darwin, Blaise Pascal y John Stuart Mill. Esquematizando sus talentos, digamos que a un esteta, un economista, un moralista, un científico, un filósofo y un pensador político. Pero hete aquí que la última edición del semanario llegada a Buenos Aires, la del 18 de febrero, nos trae una sorpresa, una gratísima sorpresa. El séptimo gigante de la serie es Jorge Luis Borges. ¿Quién lo diría? Un argentino, alguien que hemos visto no hace mucho con su boina y su bastón andando en Buenos Aires, en una nómina semejante, al lado de portentos como Pascal, Darwin y Stuart Mill… Es seguro que entre nosotros -y a pesar de la fanfarria del centenario reciente- nadie se hubiese atrevido a imaginar una cosa así como posible. Pero lo cierto es que la genialidad literaria de Borges es algo universalmente reconocido en Europa y Estados Unidos desde hace varios decenios. En 1952, luego de publicados en francés «Ficciones» y «El Aleph», el crítico de «Le Temps Modernes» sostuvo que la lectura de Borges dejaba a los demás escritores con una o dos opciones: o revisar todo lo que entendían como el acto literario -olvidando las nociones recibidas desde el siglo XVIII sobre historia, género y teoría crítica- o abandonar definitivamente su oficio. George Steiner, el gran polígrafo, lo colocó en la cima y llenó páginas comentándolo en su «Después de Babel». Italo Calvino, quien consideró toda su obra como un milagro estilístico sin igual en la lengua española, reconoció en la narrativa, el cuento y la poesía de Borges una nueva idea de la literatura como mundo construido y gobernado por el intelecto. Cientos de libros se ocuparon de su originalidad. El término «borgeano» para definir un estilo se convirtió en moneda corriente en el mundo culto de Occidente. Ahora mismo, tenemos a cada rato debates hasta entre los traductores de sus obras. El año pasado, uno de ellos, Ilans Stavans, declaró que Borges había motivado una verdadera industria que le estaba relacionada: más biografías, álbumes fotográficos, bibliografías y estudios universitarios sobre él que sobre ninguna otra luminaria, pasada o presente, de la literatura hispana. Norman Thomas Di Giovanni, quien trabajó a su lado en Massachusetts y Buenos Aires entre 1967 y 1972, se refirió hace muy poco al absoluto dominio que tenía del idioma inglés y su sentido de la prosa inglesa, un hecho fuerte que seguramente influye en su reconocimiento por los anglosajones. En sus últimos años de vida las universidades mayores se disputaron las charlas de un hombre ciego, superinteligente y con una memoria pasmosa, que estaba cómodo hablando de Shakespeare o Ellery Queen, King-Kong y los cabalistas, Lady Murasati y Erico el Rojo, Buda o las quintillizas Dionne. Con las biografías cundieron las anécdotas de su inveterado ejercicio del humor y sus salidas filosas, como cuando un periodista le preguntó: «¿Qué opina usted sobre Guillermo Vilas como poeta?» (El tenista acababa de publicar un libro de poesías.) «Bueno, bueno -respondió- sólo imagino a alguien como yo, a los 80 años y del todo ciego, jugando un partido de tenis».
El ensayo al que me estoy refiriendo (en la serie figura como «Giants Refreshed VII») es de Alberto Manguel, se titula «Una infinita felicidad» y subtitula «Cómo Borges abre las puertas de la Biblioteca Universal». El autor -ensayista, crítico literario y políglota de reputación extensa- nació en nuestro país en 1948, está nacionalizado canadiense y recibió el Premio Médici en Francia por su libro «Una historia de la lectura». Aquí, en su ensayo sobre el séptimo gigante, habla sobre el legado de éste y su relación con el libro. Una de las cosas importantes que ha dejado Borges, opina, es su enfoque íntimo de la literatura. Dejando de lado su prosa erudita e inigualable, fue además de un escritor un lector, uno que no sólo contó historias sino que las transformó a través de su percepción. En una época cuando los medios electrónicos insisten en el valor de la rapidez sobre la profundidad, de la comunicación instantánea sobre la reflexión tranquila, Borges nos recuerda que el arte de leer es una lenta, quieta e infinita felicidad, una ocupación memorable más allá de las razones prácticas o la fidelidad a una teoría. La preocupación del autor de «Historia universal de la infamia» y «El jardín de los senderos que se bifurcan», se nos dice en este ensayo, fue la literatura, y ningún autor en este siglo vociferante ha sido tan influyente como él para cambiar nuestra relación con la literatura. «Hay escritores que tratan de poner el mundo en un libro, pero hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro que tratan de leer para ellos mismos y para los otros. Borges fue uno de esos escritores. Creyó en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y a través de su ejemplo nos brindó a nosotros, sus lectores, acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el universo».
Seguramente estos juicios son parte de las razones del «Times» para ubicar a nuestro compatriota en tan extraordinaria compañía de gigantes.
l suplemento literario del "Times" de Londres, la revista más prestigiosa en su género, inició con este año la publicación de una serie de ensayos "sobre pensadores del pasado que parecen ofrecer intuiciones frescas para el nuevo siglo". El título general de la colección -"Giants Refreshed"- indica la trascendencia de cada uno; se trata de grandes intelectuales de todos los tiempos cuya obra previsiblemente gravitará en el próximo futuro cultural del mundo.
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