El sueño bipartidista
Tiene razón el exgobernador bonaerense y excandidato presidencial Daniel Scioli cuando dice que el presidente Mauricio Macri no podrá “sacar un DNU para elegir” al jefe del peronismo, pero acusarlo de “intromisión a la vida interna del Partido Justicialista” es francamente absurdo. En una sociedad democrática, todos tienen derecho a opinar sobre “la vida interna” de cualquier partido político y, si están en condiciones de hacerlo, pueden procurar influir en su evolución. Es lo que hicieron, con bastante éxito, los dos presidentes Kirchner al incorporar a su “proyecto” fragmentos de la UCR y otros movimientos. Aunque es de suponer que a Macri le gustaría sumar a Cambiemos algunas “patas” peronistas importantes, su voluntad evidente de ayudar a Sergio Massa, presentándolo a sus interlocutores internacionales como el líder de la oposición a su propio gobierno, podría considerarse parte de una estrategia aún más ambiciosa que la ensayada por el presidente Néstor Kirchner en su fase “transversal”. Según parece, quiere reformar el sistema político nacional para que lo dominen dos coaliciones centristas moderadas, la que se ha aglutinado en torno al Pro y otra, de origen mayormente peronista, liderada por Massa. De tener éxito, en el futuro las transiciones se parecerían a las que, en la actualidad, son habituales en las democracias maduras de Europa occidental. Será por tal motivo que no brinda la impresión de sentirse alarmado por las advertencias de quienes le dicen que Massa podría erigirse en un rival peligroso capaz de triunfar en las elecciones presidenciales del 2019. Desde su punto de vista, sería una lástima que tuviera que conformarse con un período de cuatro años, pero siempre y cuando su sucesor resultara ser un dirigente “normal”, no sería el fin del mundo. En nuestro país, la cultura democrática se ha visto debilitada por la propensión de casi todos los gobiernos a aspirar a la hegemonía permanente. Incluso ciertos simpatizantes del presidente Raúl Alfonsín se creían destinados a fundar un “tercer movimiento histórico”, mientras que los kirchneristas nunca ocultaron su voluntad de “ir por todo”, protagonizando una revolución generalizada en nombre de “la Cristina eterna”. Como no pudo ser de otro modo, tales excesos incidieron no sólo en el estado de ánimo de los oficialistas, cuya soberbia resultaría contraproducente, sino también en aquel de los opositores. Al aferrarse el gobierno de turno a la idea de que el electorado tuviera que elegir entre el statu quo y “el caos”, se eliminó la posibilidad de que se celebraran diálogos constructivos entre los comprometidos con propuestas distintas. Antes de invitar a Massa a acompañarlo al Foro Económico Mundial de Davos, Macri había pensado en incluir a Scioli en la comitiva oficial, pero cambió de actitud porque a su juicio no ejercía “una oposición responsable”, lo que no debería haberlo sorprendido puesto que, según la actual gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, dejó la provincia en un estado financiero catastrófico y, para más señas, en la etapa final de la larguísima campaña electoral había insistido en que, de triunfar su contrincante, el país sufriría una serie de calamidades terribles. Es por lo tanto comprensible que Macri prefiera que alguien como Massa, o tal vez el salteño Juan Manuel Urtubey, se convirtiera en el líder del peronismo. Por razones presuntamente personales, Scioli está actuando como un soldado de “la resistencia” liderada por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner a un gobierno supuestamente “neoliberal”. Pues bien, una cosa es oponerse a un gobierno democrático, pero otra muy distinta es tratarlo como si fuera una dictadura contra la cual es legítimo luchar, frustrando todas sus iniciativas con el propósito indisimulado de expulsarlo cuanto antes del poder. Asimismo, aunque Macri y la coalición que encabeza podrían verse beneficiados si la mayoría de los peronistas se sumara a “la resistencia”, de tal modo alejándose de los amplios sectores ciudadanos que están hartos de la prepotencia y violencia verbal, serían enormes los costos para el país de una recaída en el autoritarismo por parte del movimiento que, a pesar de todo lo ocurrido en el país desde mediados del siglo pasado, sigue desempeñando un papel muy importante en la política nacional.
Tiene razón el exgobernador bonaerense y excandidato presidencial Daniel Scioli cuando dice que el presidente Mauricio Macri no podrá “sacar un DNU para elegir” al jefe del peronismo, pero acusarlo de “intromisión a la vida interna del Partido Justicialista” es francamente absurdo. En una sociedad democrática, todos tienen derecho a opinar sobre “la vida interna” de cualquier partido político y, si están en condiciones de hacerlo, pueden procurar influir en su evolución. Es lo que hicieron, con bastante éxito, los dos presidentes Kirchner al incorporar a su “proyecto” fragmentos de la UCR y otros movimientos. Aunque es de suponer que a Macri le gustaría sumar a Cambiemos algunas “patas” peronistas importantes, su voluntad evidente de ayudar a Sergio Massa, presentándolo a sus interlocutores internacionales como el líder de la oposición a su propio gobierno, podría considerarse parte de una estrategia aún más ambiciosa que la ensayada por el presidente Néstor Kirchner en su fase “transversal”. Según parece, quiere reformar el sistema político nacional para que lo dominen dos coaliciones centristas moderadas, la que se ha aglutinado en torno al Pro y otra, de origen mayormente peronista, liderada por Massa. De tener éxito, en el futuro las transiciones se parecerían a las que, en la actualidad, son habituales en las democracias maduras de Europa occidental. Será por tal motivo que no brinda la impresión de sentirse alarmado por las advertencias de quienes le dicen que Massa podría erigirse en un rival peligroso capaz de triunfar en las elecciones presidenciales del 2019. Desde su punto de vista, sería una lástima que tuviera que conformarse con un período de cuatro años, pero siempre y cuando su sucesor resultara ser un dirigente “normal”, no sería el fin del mundo. En nuestro país, la cultura democrática se ha visto debilitada por la propensión de casi todos los gobiernos a aspirar a la hegemonía permanente. Incluso ciertos simpatizantes del presidente Raúl Alfonsín se creían destinados a fundar un “tercer movimiento histórico”, mientras que los kirchneristas nunca ocultaron su voluntad de “ir por todo”, protagonizando una revolución generalizada en nombre de “la Cristina eterna”. Como no pudo ser de otro modo, tales excesos incidieron no sólo en el estado de ánimo de los oficialistas, cuya soberbia resultaría contraproducente, sino también en aquel de los opositores. Al aferrarse el gobierno de turno a la idea de que el electorado tuviera que elegir entre el statu quo y “el caos”, se eliminó la posibilidad de que se celebraran diálogos constructivos entre los comprometidos con propuestas distintas. Antes de invitar a Massa a acompañarlo al Foro Económico Mundial de Davos, Macri había pensado en incluir a Scioli en la comitiva oficial, pero cambió de actitud porque a su juicio no ejercía “una oposición responsable”, lo que no debería haberlo sorprendido puesto que, según la actual gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, dejó la provincia en un estado financiero catastrófico y, para más señas, en la etapa final de la larguísima campaña electoral había insistido en que, de triunfar su contrincante, el país sufriría una serie de calamidades terribles. Es por lo tanto comprensible que Macri prefiera que alguien como Massa, o tal vez el salteño Juan Manuel Urtubey, se convirtiera en el líder del peronismo. Por razones presuntamente personales, Scioli está actuando como un soldado de “la resistencia” liderada por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner a un gobierno supuestamente “neoliberal”. Pues bien, una cosa es oponerse a un gobierno democrático, pero otra muy distinta es tratarlo como si fuera una dictadura contra la cual es legítimo luchar, frustrando todas sus iniciativas con el propósito indisimulado de expulsarlo cuanto antes del poder. Asimismo, aunque Macri y la coalición que encabeza podrían verse beneficiados si la mayoría de los peronistas se sumara a “la resistencia”, de tal modo alejándose de los amplios sectores ciudadanos que están hartos de la prepotencia y violencia verbal, serían enormes los costos para el país de una recaída en el autoritarismo por parte del movimiento que, a pesar de todo lo ocurrido en el país desde mediados del siglo pasado, sigue desempeñando un papel muy importante en la política nacional.
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