El tanque se vacía

Redacción

Por Redacción

Algunos países, como Estados Unidos, pueden permitirse el lujo de registrar déficits comerciales colosales sin que a nadie se le ocurra preocuparse demasiado, ya que su economía es tan robusta que son más que capaces de soportarlos por varios años. Otros, entre ellos la Argentina, tienen forzosamente que exportar más de lo que importan por tratarse de su única fuente de ingresos. Puesto que a partir del default de diciembre del 2001 el país no está en condiciones de conseguir préstamos a tasas de interés razonables, la merma del superávit comercial, el que según el Indec cayó el 67% en la primera mitad del año para alcanzar 1.232 millones de dólares, un monto decididamente magro, ha tenido un impacto muy fuerte en el mercado cambiario local al comenzar a agitarse nuevamente el dólar blue y difundirse rumores de que, una vez celebradas las PASO del 9 de agosto, el gobierno devaluará el peso. Para hacer aún peor la situación, algunos economistas desconfiados sospechan que el Indec, como es su costumbre, ha manipulado las estadísticas: dicen que, en verdad, el saldo comercial del primer semestre del año fue deficitario. De ser así, estamos en problemas. Los motivos de la caída de las ventas a virtualmente todos nuestros socios comerciales no constituyen un misterio. No cabe duda de que ha sido desfavorable la evolución de la economía mundial que, como nos recuerdan con cierta frecuencia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios, ya no colabora con el “modelo” con el entusiasmo que manifestaba cuando el país crecía “a tasas chinas”. Si bien el boom de los commodities no se ha desinflado por completo –por suerte, los precios internacionales de productos como la soja se han mantenido más altos de lo que eran antes de la llegada al poder del matrimonio Kirchner–, los beneficios que nos proporciona se han reducido bastante en los años últimos. También nos ha perjudicado la grave crisis brasileña que parece estar por profundizarse en los meses próximos. Sin embargo, sería un error culpar al “mundo” por lo que ha ocurrido. Los esfuerzos oficiales por obstaculizar la importación de insumos han resultado contraproducentes; además de causar muchos problemas a los fabricantes que dependen de ellos, han provocado reacciones en algunos países que, como es natural, prefieren intercambiar bienes y servicios con los dispuestos a comprar sus propios productos. Asimismo, de resultas del atraso cambiario, muchas exportaciones nuestras han dejado de ser competitivas. En vista de que a la economía nacional le sería casi imposible funcionar sin el oxígeno aportado por el resto del mundo, el sucesor de Cristina se verá obligado a hacer las paces con los holdouts y el implacable juez neoyorquino Thomas Griesa, a modificar la tasa de cambio que en la actualidad es tan poco competitiva como era en la fase final de la convertibilidad, a atenuar la presión impositiva y a adoptar una política comercial más racional para que los fabricantes locales puedan conseguir los insumos que les son imprescindibles. Huelga decir que nada de eso será fácil. Pactar con los “buitres” conllevaría costos políticos onerosos. Una devaluación fuerte tendría consecuencias inflacionarias. Sin la cantidad enorme de dinero que recauda la AFIP, al Estado no le sería dado continuar repartiendo subsidios o creando empleos públicos con la generosidad a la que muchos se han habituado. Para que las perspectivas sean aún más ominosas, ningún gobierno, por vigoroso, eficaz y confiable que fuera, podría modificar significativamente el panorama internacional que, a juzgar por lo que está sucediendo en Brasil, China y Europa, parece estar por hacerse mucho más inhóspito de lo que fue en los años iniciales de la “década ganada”. De haber entendido los kirchneristas que era riesgoso apostar a que se perpetuara una coyuntura acaso irrepetible que nos resultaba insólitamente favorable, el país estaría mejor preparado de lo que está para enfrentar los desafíos que le aguardan pero, como los asesores económicos del candidato presidencial oficialista Daniel Scioli ya se habrán dado cuenta, ni siquiera intentaron aprovechar la oportunidad que les fue brindada, razón por la que dejarán a sus sucesores en el poder una herencia sumamente complicada.


Algunos países, como Estados Unidos, pueden permitirse el lujo de registrar déficits comerciales colosales sin que a nadie se le ocurra preocuparse demasiado, ya que su economía es tan robusta que son más que capaces de soportarlos por varios años. Otros, entre ellos la Argentina, tienen forzosamente que exportar más de lo que importan por tratarse de su única fuente de ingresos. Puesto que a partir del default de diciembre del 2001 el país no está en condiciones de conseguir préstamos a tasas de interés razonables, la merma del superávit comercial, el que según el Indec cayó el 67% en la primera mitad del año para alcanzar 1.232 millones de dólares, un monto decididamente magro, ha tenido un impacto muy fuerte en el mercado cambiario local al comenzar a agitarse nuevamente el dólar blue y difundirse rumores de que, una vez celebradas las PASO del 9 de agosto, el gobierno devaluará el peso. Para hacer aún peor la situación, algunos economistas desconfiados sospechan que el Indec, como es su costumbre, ha manipulado las estadísticas: dicen que, en verdad, el saldo comercial del primer semestre del año fue deficitario. De ser así, estamos en problemas. Los motivos de la caída de las ventas a virtualmente todos nuestros socios comerciales no constituyen un misterio. No cabe duda de que ha sido desfavorable la evolución de la economía mundial que, como nos recuerdan con cierta frecuencia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios, ya no colabora con el “modelo” con el entusiasmo que manifestaba cuando el país crecía “a tasas chinas”. Si bien el boom de los commodities no se ha desinflado por completo –por suerte, los precios internacionales de productos como la soja se han mantenido más altos de lo que eran antes de la llegada al poder del matrimonio Kirchner–, los beneficios que nos proporciona se han reducido bastante en los años últimos. También nos ha perjudicado la grave crisis brasileña que parece estar por profundizarse en los meses próximos. Sin embargo, sería un error culpar al “mundo” por lo que ha ocurrido. Los esfuerzos oficiales por obstaculizar la importación de insumos han resultado contraproducentes; además de causar muchos problemas a los fabricantes que dependen de ellos, han provocado reacciones en algunos países que, como es natural, prefieren intercambiar bienes y servicios con los dispuestos a comprar sus propios productos. Asimismo, de resultas del atraso cambiario, muchas exportaciones nuestras han dejado de ser competitivas. En vista de que a la economía nacional le sería casi imposible funcionar sin el oxígeno aportado por el resto del mundo, el sucesor de Cristina se verá obligado a hacer las paces con los holdouts y el implacable juez neoyorquino Thomas Griesa, a modificar la tasa de cambio que en la actualidad es tan poco competitiva como era en la fase final de la convertibilidad, a atenuar la presión impositiva y a adoptar una política comercial más racional para que los fabricantes locales puedan conseguir los insumos que les son imprescindibles. Huelga decir que nada de eso será fácil. Pactar con los “buitres” conllevaría costos políticos onerosos. Una devaluación fuerte tendría consecuencias inflacionarias. Sin la cantidad enorme de dinero que recauda la AFIP, al Estado no le sería dado continuar repartiendo subsidios o creando empleos públicos con la generosidad a la que muchos se han habituado. Para que las perspectivas sean aún más ominosas, ningún gobierno, por vigoroso, eficaz y confiable que fuera, podría modificar significativamente el panorama internacional que, a juzgar por lo que está sucediendo en Brasil, China y Europa, parece estar por hacerse mucho más inhóspito de lo que fue en los años iniciales de la “década ganada”. De haber entendido los kirchneristas que era riesgoso apostar a que se perpetuara una coyuntura acaso irrepetible que nos resultaba insólitamente favorable, el país estaría mejor preparado de lo que está para enfrentar los desafíos que le aguardan pero, como los asesores económicos del candidato presidencial oficialista Daniel Scioli ya se habrán dado cuenta, ni siquiera intentaron aprovechar la oportunidad que les fue brindada, razón por la que dejarán a sus sucesores en el poder una herencia sumamente complicada.

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