El trompo naranja
La peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
El tenía tanta habilidad que una vez que tiraba de la soga, el trompo bailaba un buen rato, tanto que casi a coro, los espectadores –todos de pocos años– empezábamos a admirar su tiro, porque el trompo bailaba y se dormía. Eran términos de la jerga de los trompos, de madera de algarrobo, bien pesados. Y el que tiraba era mi primo Gualo, Eduardito para su mamá. Eduardito era de los que solían hacer macanas bastante seguido, pero era querible, hábil para muchas cosas, entre ellas para tirar los trompos de madera de los que generaciones más nuevas casi ni conocen. También era un destacado tirador de bolitas. A veces en el juego y a veces cuando se le terminaba la paciencia. El tema era que todos teníamos nuestro trompo a mano, se ponía de moda y lo usábamos, pasaba de moda e iba a parar a la repisa. En el pueblo había un especialista en fabricarlos. Una madera cuadrada de algarrobo, un clavo fuerte como eje y a partir de ahí pasaba al torno de madera hasta darle la forma deseada. Más largo, más corto, altos, bajos, gordos, flacos, todos tenían su secreto y sus virtudes y defectos. Pero la ciencia estaba en saber lanzarlo, desde poca altura se tiraba trompo y soga envuelta alrededor, pero había que ser rápido para quedarse con la soga, de manera que esta hiciera como una especie de lanzadora. Había varios maestros para el trompo, aunque ninguno de esos era yo. No había caso, hacía todo el procedimiento pero nunca lograba que saliera disparado con la velocidad que sí conseguían los demás amigos y primos. Un día apareció un vecino con más billetes que todos nosotros juntos y planteó el desafío. Quiero competir dijo y rápido de reflejos Gualo le aceptó el desafío. El vecino sacó de una bolsa un hermoso trompo de plástico duro, gordo, pero de poca altura, made in vaya uno a saber, blanco abajo, naranja fuerte arriba. Gualo, en cambio, tenía en sus manos el trompo de algarrobo flaco y largo. Gualo tiró primero y durmió su trompo, tanto como para que soñáramos con que su trompo podía más que el vistoso y colorido. Después tiró el vecino e hizo una buena trayectoria. Fue empate para el improvisado jurado. Y vino la final, había que tirar los dos trompos al mismo tiempo. Y así lo hicieron, sólo que al primer choque en plena competencia, el de algarrobo chocó con fuerza al de plástico y lo partió. Escándalo mayúsculo se armó. Pero como en toda discusión de chicos, después de un largo rato nos dimos cuenta que los dos planteaban cosas diferentes. Para Gualo, el haber partido el trompo de plástico era un triunfo, era que había logrado imponer su trompo sobre el otro, significaba que tenía más poder y era más contundente. Al vecino no le importaba la derrota, le importaba que el trompo se había partido en la mitad y eso era casi una ofensa. Y ahí nomás reclamó que le devolviera uno nuevo, a lo que Gualo respondió con unas cuantas palabras que no podría reproducir. Ese día Gualo se consagró como el mejor lanzador de trompos. Estaba agrandado, tiraba el trompo con una mano y se ponía la otra en un bolsillo, como para que el espectáculo fuera completo. Pasaron varios meses hasta que apareció un competidor serio para el trompo. Pasaron algunas décadas de esta historia y el tiempo se llevó por delante también a los trompos, porque cualquier chico que quisiera jugar con uno tendrá que andar bastante para conseguirlos. Y si los encuentra, lo más probable es que sean de plástico, porque los años también pasaron para los carpinteros que eran artesanos de verdad y hacían con la madera todo lo que su mente les permitiera imaginar. Ojalá, aunque sea por un instante, los trompos volvieran a andar por el piso.
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