Embajador del pasado
Aún más que los demás mortales, los diplomáticos tienen que cuidar mucho sus palabras, razón por la que en público por lo menos los más avezados suelen limitarse a vaguedades simpáticas. El ahora ex embajador chileno en nuestro país, Miguel Otero Lathrop, quiso reemplazar el principio sencillo así supuesto por otro en teoría superior según el cual le correspondería hablar con absoluta franqueza, lo que hizo dando a entender que la dictadura del general Augusto Pinochet pudo justificarse porque de no haber existido “Chile hoy sería Cuba” y que, de todos modos, la mayor parte de Chile no la sintió, “al contrario, se sintió aliviada”. En cambio, Otero no intentó reivindicar las violaciones de los derechos humanos, afirmando que nunca las ha condonado, “pero con igual fuerza condeno el terrorismo”. Aunque tales opiniones y otras similares pueden considerarse realistas, ya que en Chile la dictadura de Pinochet siempre contó con el apoyo de amplios sectores y abundan los ex pinochetistas en los partidos actualmente oficialistas, no ayudaron del todo al gobierno del presidente Sebastián Piñera. Por motivos comprensibles, al mandatario chileno no le gusta para nada verse vinculado con un régimen que para muchos simboliza la brutalidad derechista, de suerte que se vio constreñido a echar a Otero. En Chile, si bien en menor medida que en la Argentina, la mayoría de quienes fueron partidarios de la dictadura militar por suponer que en las circunstancias imperantes en los años setenta constituía la única barrera en el camino de una revolución totalitaria, prefiere el silencio, cuando no la amnesia, a los intentos de explicar los motivos de su adhesión a un régimen que andando el tiempo se vería desacreditado a causa no sólo de los crímenes de lesa humanidad que fueron cometidos en su nombre sino también de la corrupción de sus dirigentes. En ambos países millones de personas quisieran olvidar que no se opusieron jamás a la dictadura y que por lo tanto es falsa la idea de que en aquellos tiempos casi todos hayan añorado la democracia. La verdad es que aquí la dictadura fue aceptada como algo acaso molesto pero así y todo inevitable por muchos políticos, incluyendo a los Kirchner, además de la mayoría de los sindicalistas, y que la oposición democrática no comenzó a hacerse sentir hasta resultar evidente que la economía se precipitaba en una de sus debacles periódicas y la derrota sufrida en la guerra de las Malvinas había desprestigiado por completo al régimen. Por desgracia, antes de 1982 pocos manifestaban mucha preocupación por los derechos humanos. En Chile la situación fue diferente porque la dictadura pinochetista, luego de experimentar fracasos parecidos a los del Proceso, finalmente logró poner en marcha un “modelo” económico que merecería la aprobación de los gobiernos democráticos que la sucederían. Por lo tanto, en el país trasandino no ha sido tan fácil reescribir la historia, sustituyendo lo que efectivamente ocurrió por un “relato” anacrónico que reflejaría las actitudes de treinta años más tarde. Con todo, el episodio desafortunado protagonizado por el ex embajador Otero hace pensar que en Chile también la izquierda se ha apropiado del pasado, con el resultado de que no se toleran opiniones que una generación atrás muchos hubieran compartido. Aunque puede considerarse hipócrita la voluntad ya generalizada de minimizar la complicidad, activa o pasiva, del grueso de la ciudadanía y de muchos prohombres políticos actuales con las dictaduras militares que durante largos años dominaron América Latina, equivale a su manera a una mentira patriótica. Al consolidarse la convicción de que con muy escasas excepciones los habitantes de la región son demócratas natos y que por lo tanto las dictaduras militares fueron obra de una minoría minúscula de autoritarios, se ha hecho más fácil defender el sistema contra los tentados a subvertirlo. Al fin y al cabo, quienes habían colaborado con las dictaduras no son los únicos que insisten en que nunca se les ocurriría oponerse a la democracia; también hablan así los que en los años setenta del siglo pasado fantasearon con una revolución destinada a culminar con la creación de una dictadura aún más férrea, y más cruel, que las encabezadas por los militares que, con la ayuda involuntaria de aquellos revolucionarios, terminaron alzándose con el poder.
Aún más que los demás mortales, los diplomáticos tienen que cuidar mucho sus palabras, razón por la que en público por lo menos los más avezados suelen limitarse a vaguedades simpáticas. El ahora ex embajador chileno en nuestro país, Miguel Otero Lathrop, quiso reemplazar el principio sencillo así supuesto por otro en teoría superior según el cual le correspondería hablar con absoluta franqueza, lo que hizo dando a entender que la dictadura del general Augusto Pinochet pudo justificarse porque de no haber existido “Chile hoy sería Cuba” y que, de todos modos, la mayor parte de Chile no la sintió, “al contrario, se sintió aliviada”. En cambio, Otero no intentó reivindicar las violaciones de los derechos humanos, afirmando que nunca las ha condonado, “pero con igual fuerza condeno el terrorismo”. Aunque tales opiniones y otras similares pueden considerarse realistas, ya que en Chile la dictadura de Pinochet siempre contó con el apoyo de amplios sectores y abundan los ex pinochetistas en los partidos actualmente oficialistas, no ayudaron del todo al gobierno del presidente Sebastián Piñera. Por motivos comprensibles, al mandatario chileno no le gusta para nada verse vinculado con un régimen que para muchos simboliza la brutalidad derechista, de suerte que se vio constreñido a echar a Otero. En Chile, si bien en menor medida que en la Argentina, la mayoría de quienes fueron partidarios de la dictadura militar por suponer que en las circunstancias imperantes en los años setenta constituía la única barrera en el camino de una revolución totalitaria, prefiere el silencio, cuando no la amnesia, a los intentos de explicar los motivos de su adhesión a un régimen que andando el tiempo se vería desacreditado a causa no sólo de los crímenes de lesa humanidad que fueron cometidos en su nombre sino también de la corrupción de sus dirigentes. En ambos países millones de personas quisieran olvidar que no se opusieron jamás a la dictadura y que por lo tanto es falsa la idea de que en aquellos tiempos casi todos hayan añorado la democracia. La verdad es que aquí la dictadura fue aceptada como algo acaso molesto pero así y todo inevitable por muchos políticos, incluyendo a los Kirchner, además de la mayoría de los sindicalistas, y que la oposición democrática no comenzó a hacerse sentir hasta resultar evidente que la economía se precipitaba en una de sus debacles periódicas y la derrota sufrida en la guerra de las Malvinas había desprestigiado por completo al régimen. Por desgracia, antes de 1982 pocos manifestaban mucha preocupación por los derechos humanos. En Chile la situación fue diferente porque la dictadura pinochetista, luego de experimentar fracasos parecidos a los del Proceso, finalmente logró poner en marcha un “modelo” económico que merecería la aprobación de los gobiernos democráticos que la sucederían. Por lo tanto, en el país trasandino no ha sido tan fácil reescribir la historia, sustituyendo lo que efectivamente ocurrió por un “relato” anacrónico que reflejaría las actitudes de treinta años más tarde. Con todo, el episodio desafortunado protagonizado por el ex embajador Otero hace pensar que en Chile también la izquierda se ha apropiado del pasado, con el resultado de que no se toleran opiniones que una generación atrás muchos hubieran compartido. Aunque puede considerarse hipócrita la voluntad ya generalizada de minimizar la complicidad, activa o pasiva, del grueso de la ciudadanía y de muchos prohombres políticos actuales con las dictaduras militares que durante largos años dominaron América Latina, equivale a su manera a una mentira patriótica. Al consolidarse la convicción de que con muy escasas excepciones los habitantes de la región son demócratas natos y que por lo tanto las dictaduras militares fueron obra de una minoría minúscula de autoritarios, se ha hecho más fácil defender el sistema contra los tentados a subvertirlo. Al fin y al cabo, quienes habían colaborado con las dictaduras no son los únicos que insisten en que nunca se les ocurriría oponerse a la democracia; también hablan así los que en los años setenta del siglo pasado fantasearon con una revolución destinada a culminar con la creación de una dictadura aún más férrea, y más cruel, que las encabezadas por los militares que, con la ayuda involuntaria de aquellos revolucionarios, terminaron alzándose con el poder.
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