Empantanados en Afganistán

Redacción

Por Redacción

Antes de ser elegido presidente de Estados Unidos, el entonces senador Barack Obama criticó con mordacidad el manejo por parte de George W. Bush de la guerra en Irak por suponerla perdida, pero a fin de no brindar la impresión de ser un derrotista insistió una y otra vez en que el “cowboy” debió haberse concentrado en Afganistán donde, creía, las fuerzas norteamericanas estaban por triunfar. Para Obama, pues, la invasión de Irak fue un error sin atenuantes, pero se justificó plenamente la invasión de Afganistán. Sin embargo, mientras que ya antes de iniciarse su gestión la situación en Irak había mejorado hasta tal punto que, andando el tiempo, el vicepresidente Joe Biden afirmaría que la eventual democratización de dicho país sería recordada como uno de los éxitos más notables de la política exterior del gobierno de Obama, pronto se haría evidente que lograr algo similar en Afganistán, donde las condiciones son muy diferentes, sería mucho más difícil. Aunque Obama, fiel a sus promesas electorales, envió –luego de una demora prolongada– 30.000 soldados más a Afganistán, también se comprometió a empezar a retirarlos a mediados del 2011. Por lo demás, en Estados Unidos se ha difundido la convicción de que el presidente afgano, Hamid Karzai, es un intrigante corrupto. Puede entenderse, pues, la frustración que sienten los militares estadounidenses que, además de tener que acatar reglas de combate que a su juicio aumentan los peligros que enfrentan los soldados bajo su mando, creen que el gobierno de Obama está más interesado en salir de Afganistán cuanto antes que en dejarlo transformado en una democracia presuntamente viable. Parecería que tanto ellos como sus equivalentes británicos, polacos, canadienses y holandeses ya dan por descontado que es inútil seguir luchando, pero también saben que una retirada desordenada de las tropas occidentales sería festejada por los islamistas como una victoria histórica. En un esfuerzo por impedir que su autoridad se debilitara todavía más, Obama acaba de remover, por haberse burlado ante un periodista de la revista contestataria “Rolling Stone” de los responsables de la conducta política de la guerra, al jefe de las tropas en Afganistán, el general Stanley McChrystal, nombrando en su lugar al militar más prestigioso de Estados Unidos, el general David Petraeus. Dadas las circunstancias, Obama no tenía más alternativa que la de echar a McChrystal, y hasta los críticos más acerbos de su gestión concuerdan en que actuó con astucia al reemplazarlo por alguien tan respetado como Petraeus, pero así y todo es muy escasa la posibilidad de que, merced al cambio, la OTAN consiga derrotar a los islamistas talibanes, convencer a los líderes tribales de que les convendría apoyar a quienes tarde o temprano podrían abandonarlos a su suerte, entrenar debidamente al ejército y la policía locales y mejorar la imagen internacional del gobierno de Karzai. En Afganistán, como en Irak, los norteamericanos subestimaron groseramente la magnitud de los problemas que tendrían que resolver para alcanzar el objetivo declarado de convertirlos en países democráticos. De haberse conformado con dejarlos en manos de gente dispuesta a actuar como aliados sin preocuparse por nada más, amenazando con volver a atacarlos si colaboraran con sus enemigos, la situación en que actualmente se encuentran sería menos angustiante. También lo sería si, desde el vamos, hubieran comprendido que la tarea que les esperaba les costaría muchas vidas, muchísimo dinero y décadas de trabajo sumamente arduo. Sin embargo, desgraciadamente para los norteamericanos, sus aliados europeos y decenas de millones de iraquíes y afganos, parecería que si bien las democracias modernas quisieran exportar las instituciones y las modalidades culturales que les han permitido prosperar en paz, no están dispuestas a tolerar por mucho tiempo los costos necesarios. Aún es factible que en Irak, un país con una clase media significante y relativamente sofisticada, la democracia embrionaria que se ha instalado termine consolidándose. Lograrlo en Afganistán, empero, ya parece casi imposible, razón por la que militares como McCrystal, los que por cierto no han olvidado el impacto que tuvo sobre las fuerzas armadas de la superpotencia la derrota que experimentaron en Vietnam, están hablando pestes de la administración de Obama.


Antes de ser elegido presidente de Estados Unidos, el entonces senador Barack Obama criticó con mordacidad el manejo por parte de George W. Bush de la guerra en Irak por suponerla perdida, pero a fin de no brindar la impresión de ser un derrotista insistió una y otra vez en que el “cowboy” debió haberse concentrado en Afganistán donde, creía, las fuerzas norteamericanas estaban por triunfar. Para Obama, pues, la invasión de Irak fue un error sin atenuantes, pero se justificó plenamente la invasión de Afganistán. Sin embargo, mientras que ya antes de iniciarse su gestión la situación en Irak había mejorado hasta tal punto que, andando el tiempo, el vicepresidente Joe Biden afirmaría que la eventual democratización de dicho país sería recordada como uno de los éxitos más notables de la política exterior del gobierno de Obama, pronto se haría evidente que lograr algo similar en Afganistán, donde las condiciones son muy diferentes, sería mucho más difícil. Aunque Obama, fiel a sus promesas electorales, envió –luego de una demora prolongada– 30.000 soldados más a Afganistán, también se comprometió a empezar a retirarlos a mediados del 2011. Por lo demás, en Estados Unidos se ha difundido la convicción de que el presidente afgano, Hamid Karzai, es un intrigante corrupto. Puede entenderse, pues, la frustración que sienten los militares estadounidenses que, además de tener que acatar reglas de combate que a su juicio aumentan los peligros que enfrentan los soldados bajo su mando, creen que el gobierno de Obama está más interesado en salir de Afganistán cuanto antes que en dejarlo transformado en una democracia presuntamente viable. Parecería que tanto ellos como sus equivalentes británicos, polacos, canadienses y holandeses ya dan por descontado que es inútil seguir luchando, pero también saben que una retirada desordenada de las tropas occidentales sería festejada por los islamistas como una victoria histórica. En un esfuerzo por impedir que su autoridad se debilitara todavía más, Obama acaba de remover, por haberse burlado ante un periodista de la revista contestataria “Rolling Stone” de los responsables de la conducta política de la guerra, al jefe de las tropas en Afganistán, el general Stanley McChrystal, nombrando en su lugar al militar más prestigioso de Estados Unidos, el general David Petraeus. Dadas las circunstancias, Obama no tenía más alternativa que la de echar a McChrystal, y hasta los críticos más acerbos de su gestión concuerdan en que actuó con astucia al reemplazarlo por alguien tan respetado como Petraeus, pero así y todo es muy escasa la posibilidad de que, merced al cambio, la OTAN consiga derrotar a los islamistas talibanes, convencer a los líderes tribales de que les convendría apoyar a quienes tarde o temprano podrían abandonarlos a su suerte, entrenar debidamente al ejército y la policía locales y mejorar la imagen internacional del gobierno de Karzai. En Afganistán, como en Irak, los norteamericanos subestimaron groseramente la magnitud de los problemas que tendrían que resolver para alcanzar el objetivo declarado de convertirlos en países democráticos. De haberse conformado con dejarlos en manos de gente dispuesta a actuar como aliados sin preocuparse por nada más, amenazando con volver a atacarlos si colaboraran con sus enemigos, la situación en que actualmente se encuentran sería menos angustiante. También lo sería si, desde el vamos, hubieran comprendido que la tarea que les esperaba les costaría muchas vidas, muchísimo dinero y décadas de trabajo sumamente arduo. Sin embargo, desgraciadamente para los norteamericanos, sus aliados europeos y decenas de millones de iraquíes y afganos, parecería que si bien las democracias modernas quisieran exportar las instituciones y las modalidades culturales que les han permitido prosperar en paz, no están dispuestas a tolerar por mucho tiempo los costos necesarios. Aún es factible que en Irak, un país con una clase media significante y relativamente sofisticada, la democracia embrionaria que se ha instalado termine consolidándose. Lograrlo en Afganistán, empero, ya parece casi imposible, razón por la que militares como McCrystal, los que por cierto no han olvidado el impacto que tuvo sobre las fuerzas armadas de la superpotencia la derrota que experimentaron en Vietnam, están hablando pestes de la administración de Obama.

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