Empresarios cuidados

Redacción

Por Redacción

A ningún gobierno le gustan las corridas bancarias, burbujas bursátiles y otros síntomas de inestabilidad financiera que inciden negativamente en la evolución de la “economía real”, pero los más realistas entienden que es mejor procurar remediar el mal subyacente de lo que sería atribuirlos al accionar de bandas de especuladores politizados para entonces intentar intimidarlos movilizando a la gente de los servicios de inteligencia locales. Si bien siempre habrá personas dispuestas a aprovechar una oportunidad para conseguir más dinero apostando a una eventual fluctuación monetaria –como hizo el expresidente Néstor Kirchner al comprar dos millones de dólares en octubre del 2008, justo cuando arreciaba la crisis financiera internacional–, las así tentadas suelen contar con la colaboración, voluntaria o no, de las autoridades económicas. De tomarse en serio la actitud asumida por el gobierno, pues, sería lógico acusar al ministro de Economía Axel Kicillof de colaborar con el “terrorismo económico” que tanto preocupa a los kirchneristas, ya que, al aumentar exponencialmente el gasto público, emitir cada vez dinero sin respaldo genuino y castigar ferozmente a las economías regionales, el funcionario se las ha ingeniado para crear una situación que con toda seguridad brindará a los especuladores oportunidades de sobra para enriquecerse. Aquí es tradicional que, toda vez que la economía se descontrola, el gobierno de turno se ponga a culpar por sus propios fracasos a financistas desalmados, vinculados con “buitres” que viven en el exterior. Lo hacían los peronistas, los militares y también los radicales; según éstos, el estallido hiperinflacionario que obligó al presidente Raúl Alfonsín a abandonar su cargo meses antes del día fijado por la Constitución se debió a “un golpe de mercado” organizado por los capos de la “patria financiera”, una entelequia siniestra que, desde luego, siempre ha ocupado un lugar muy importante en la imaginación de nuestros dirigentes políticos. En una ocasión, un sindicalista pidió que el gobierno enviara tanques a la City porteña para aplastar a los especuladores. Todavía no ha ido tan lejos el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero entre sus partidarios hay muchos que piensan del mismo modo. Es sin duda una suerte para sus compatriotas que, hasta ahora, los líderes chinos se hayan mostrado reacios a politizar lo que está sucediendo en las bolsas de su país, en que las pérdidas registradas en las semanas últimas superan cinco veces nuestro producto bruto anual; caso contrario, se sentirían frente a una rebelión golpista peligrosísima protagonizada por decenas de millones de pequeños inversores ante la cual tendrían que reaccionar con la máxima severidad. Asimismo, aunque el gobierno griego es tan proclive como el que más a afirmarse víctima de infames maniobras conspirativas urdidas por banqueros vengativos, se ha sentido constreñido a reconocer que sus muchos problemas son fruto de años de ineptitud populista. Es innegable que el equipo de Cristina tiene buenos motivos para temer que, antes de irse, tenga que enfrentar algunos “golpes de mercado”, corridas bancarias y, tal vez, cierto desabastecimiento que, además de bienes “de lujo” importados, afecte a los de consumo popular, aunque parece escaso el riesgo de que los almacenes se vacíen como ha sucedido en la Venezuela chavista en que conseguir bienes de primera necesidad es toda una hazaña. De todos modos, en el caso de que se concretaran los males que prevé el gobierno, no sería consecuencia de un plan confeccionado por “grupos concentrados” interesados en desestabilizarlo en vísperas de las elecciones, lo que no tendría mucho sentido, sino de las distorsiones que son propias del “modelo” improvisado por Cristina y sus subordinados. Para minimizar los costos políticos de una crisis prematura, es decir preelectoral, ya que parece inevitable que tarde o temprano ocurra una que podría adquirir dimensiones alarmantes, el gobierno ha optado preventivamente por hacer de los empresarios y financistas los chivos expiatorios, una decisión que de por sí es desestabilizadora, por depender tanto la marcha de la economía del clima de negocios que, es innecesario decirlo, no se verá mejorado si los empresarios se sienten vigilados desde cerca por espías militantes.


A ningún gobierno le gustan las corridas bancarias, burbujas bursátiles y otros síntomas de inestabilidad financiera que inciden negativamente en la evolución de la “economía real”, pero los más realistas entienden que es mejor procurar remediar el mal subyacente de lo que sería atribuirlos al accionar de bandas de especuladores politizados para entonces intentar intimidarlos movilizando a la gente de los servicios de inteligencia locales. Si bien siempre habrá personas dispuestas a aprovechar una oportunidad para conseguir más dinero apostando a una eventual fluctuación monetaria –como hizo el expresidente Néstor Kirchner al comprar dos millones de dólares en octubre del 2008, justo cuando arreciaba la crisis financiera internacional–, las así tentadas suelen contar con la colaboración, voluntaria o no, de las autoridades económicas. De tomarse en serio la actitud asumida por el gobierno, pues, sería lógico acusar al ministro de Economía Axel Kicillof de colaborar con el “terrorismo económico” que tanto preocupa a los kirchneristas, ya que, al aumentar exponencialmente el gasto público, emitir cada vez dinero sin respaldo genuino y castigar ferozmente a las economías regionales, el funcionario se las ha ingeniado para crear una situación que con toda seguridad brindará a los especuladores oportunidades de sobra para enriquecerse. Aquí es tradicional que, toda vez que la economía se descontrola, el gobierno de turno se ponga a culpar por sus propios fracasos a financistas desalmados, vinculados con “buitres” que viven en el exterior. Lo hacían los peronistas, los militares y también los radicales; según éstos, el estallido hiperinflacionario que obligó al presidente Raúl Alfonsín a abandonar su cargo meses antes del día fijado por la Constitución se debió a “un golpe de mercado” organizado por los capos de la “patria financiera”, una entelequia siniestra que, desde luego, siempre ha ocupado un lugar muy importante en la imaginación de nuestros dirigentes políticos. En una ocasión, un sindicalista pidió que el gobierno enviara tanques a la City porteña para aplastar a los especuladores. Todavía no ha ido tan lejos el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero entre sus partidarios hay muchos que piensan del mismo modo. Es sin duda una suerte para sus compatriotas que, hasta ahora, los líderes chinos se hayan mostrado reacios a politizar lo que está sucediendo en las bolsas de su país, en que las pérdidas registradas en las semanas últimas superan cinco veces nuestro producto bruto anual; caso contrario, se sentirían frente a una rebelión golpista peligrosísima protagonizada por decenas de millones de pequeños inversores ante la cual tendrían que reaccionar con la máxima severidad. Asimismo, aunque el gobierno griego es tan proclive como el que más a afirmarse víctima de infames maniobras conspirativas urdidas por banqueros vengativos, se ha sentido constreñido a reconocer que sus muchos problemas son fruto de años de ineptitud populista. Es innegable que el equipo de Cristina tiene buenos motivos para temer que, antes de irse, tenga que enfrentar algunos “golpes de mercado”, corridas bancarias y, tal vez, cierto desabastecimiento que, además de bienes “de lujo” importados, afecte a los de consumo popular, aunque parece escaso el riesgo de que los almacenes se vacíen como ha sucedido en la Venezuela chavista en que conseguir bienes de primera necesidad es toda una hazaña. De todos modos, en el caso de que se concretaran los males que prevé el gobierno, no sería consecuencia de un plan confeccionado por “grupos concentrados” interesados en desestabilizarlo en vísperas de las elecciones, lo que no tendría mucho sentido, sino de las distorsiones que son propias del “modelo” improvisado por Cristina y sus subordinados. Para minimizar los costos políticos de una crisis prematura, es decir preelectoral, ya que parece inevitable que tarde o temprano ocurra una que podría adquirir dimensiones alarmantes, el gobierno ha optado preventivamente por hacer de los empresarios y financistas los chivos expiatorios, una decisión que de por sí es desestabilizadora, por depender tanto la marcha de la economía del clima de negocios que, es innecesario decirlo, no se verá mejorado si los empresarios se sienten vigilados desde cerca por espías militantes.

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