El aborto en Estados Unidos, en primera persona

El viernes, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló la sentencia “Roe vs. Wade”, que durante casi 50 años ha protegido el derecho al aborto. Con este panorama, la interrupción voluntaria del embarazo dejó de ser constitucional y cada estado definirá si mantiene el derecho.

Redacción

Por Redacción





Tuve mala suerte. Se supone que el dispositivo intrauterino tiene una tasa de efectividad de 99.9%. Es decir, la mejor protección posible contra el embarazo, salvo una histerectomía o la abstinencia. Se supone que una prueba de embarazo casera tienen una precisión de 97%.


En teoría, solo en 0.003% de las personas el cobre en el DIU podría decidir en el momento menos conveniente no matar al esperma ni evitar la implantación de la forma en que se supone debe hacerlo, para que, semanas después, no aparezca una segunda línea horizontal en el palito que señala si hay un embarazo.

Pero eso fue lo que me pasó a mí, cuando apenas me faltaba un mes para cumplir 22 años, me faltaba cursar un año en la universidad y tenía un novio provida. Primero vomité en el metro, luego en la fila de un puesto ambulante de shawarma de pollo unos días después, y después en un partido de béisbol durante el día más caluroso del verano, cuando terminé en la estación de primeros auxilios con una bolsa de hielo en la cabeza mientras Zack Greinke le ganaba el duelo de pitcheo a Max Scherzer para blanquear a los Nacionales 5-0.

Fui a la ginecóloga para verificar que no estuviera pasando algo. “Creo que todavía tengo amigdalitis”, le dije, mientras ella me quitaba el bajalenguas de la boca y comenzaba a hurgar y tocar mi abdomen, y dentro de mí.

“Yo creo que estás embarazada”, respondió. Cuando llamé a mi novio para darle la noticia -e informarle lo que pensaba hacer al respecto- me dijo que él iba a vomitar. Eso lo haría “cargar una cruz” por siempre. Nuestra relación terminó después de eso. Así que, en muchos sentidos, sí tuve mala suerte. Pero en muchos otros, fui lo más afortunada posible.


Tuve la suerte de vivir en Washington, donde el Planned Parenthood estaba siendo construido, pero otros en los dos estados vecinos estaban a 20 minutos en auto. Tuve suerte de tener una tarjeta Visa con una línea de crédito suficiente como para cubrir el procedimiento de 500 dólares.

Tuve suerte de tener amigos que me preguntaron cómo podían ayudarme en lugar de decirme: “Esto debe ser muy difícil para ti”; tuve suerte de tener un cirujano que me dijo: “¿Quedaste embarazada teniendo un DIU? Qué mal”. Tuve suerte de tener a mi madre, la cual, cuando le dije que necesitaba realizarme un aborto, me respondió con estas palabras: “Tuve dos de esos”.

“¿Quién apoya tu decisión?”, me preguntó un consejero minutos previos al procedimiento médico. Empecé a enumerar personas, hasta que me interrumpieron. “OK, todos”. Todo el asunto duró cinco minutos. Al salir, mi mamá y yo fuimos por un sándwich.

Cuando las personas hablan sobre el aborto, suelen referirse principalmente a quienes tienen una historia de fondo terrible. La decisión es inevitable, ya sea porque el bienestar de la madre está en juego o su capacidad para costear la crianza de un hijo es inexistente. La decisión es difícil porque hay un vínculo emocional hacia lo que pueder ser, incluso, el potencial de una vida. La decisión es desgarradora o, mínimo, tensa. Pero hay muchos más casos, como el mío, donde una decisión es solo una decisión y nada más. Quizás en ese sentido también fui afortunada.


Tuve suerte, porque no fui la niña de 15 años en la sala de espera escondida bajo una sudadera enorme; o la mujer que no tuvo quién la llevara a su casa tras haber recibido anestesia; o la pareja que permaneció nerviosamente en la zona de pago, preguntando por el seguro. Tuve suerte porque más gente quiso apoyarme que detenerme y porque, sobre todo, la ley permitía esto, no solo en el lugar en que el estaba, sino en todas partes.

Esa última parte, la de la ley, no se sentía como suerte en aquel momento. El fallo Roe vs. Wade parecía ser parte del país: para la mujer común, una garantía en la tierra de los libres, y para el académico de derecho, un llamado “superprecedente”. Por supuesto que importaba, mientras las legislaturas conservadoras mellaban la ley, el lugar donde vivías. Por supuesto que importaba cuánto dinero tenías o si tu pareja quiso evitar que pudieras tomar una decisión. Al menos siempre tenías a la mano el baluarte de un caso de medio siglo de antigüedad para hacer que la suerte fuera un poco menos importante.

Si bien un embarazo no deseado siempre seguirá siendo hasta cierto punto una cuestión de suerte, la capacidad de obtener un aborto nunca debería haberlo sido y nunca debería serlo. Los ricos y los pobres, los habitantes de ciudades y zonas rurales, los empleados y desempleados, los educados y los que no tienen educación formal, y así sucesivamente, no deberían tener que preocuparse por cuál es el lugar al que deben ir, cuánto pagar o saber si es que acaso existe alguna solución posible.

A partir de hoy, gracias a un puñado de jueces de la Corte Suprema, el futuro de las mujeres en Estados Unidos dependerá de la suerte. Seremos afortunadas, o no lo seremos. Conozco un poco ambos escenarios.

Por Molly Roberts (The Washington Post).-


El temor de los datos personales en línea



Hablar con una amiga embarazada en Facebook o buscar datos sobre en línea el ciclo menstrual podrían volverse actividades riesgosas en Estados Unidos, luego de que la Suprema Corte decidiera revocar el derecho federal al aborto.

Ante el temor de que esas huellas digitales sean usadas en contra de las mujeres que abortan y sus potenciales “cómplices”, representantes demócratas y organizaciones en defensa de los derechos humanos piden a las plataformas tecnológicas garantizar la defensa de los datos personales.

“La diferencia entre ayer y la última vez que el aborto era ilegal en Estados Unidos es que vivimos en una era de vigilancia en línea sin precedentes”, escribió en Twitter Eva Galperin, directora de la ciberseguridad de la ONG Electronic Frontier Foundation. “Si las empresas tecnológicas no quieren que los datos se transformen en ratoneras (…), deben dejar de recolectar esos datos ahora. No deben venderlos ni tenerlos cuando lleguen los requerimientos judiciales”.


Google y Meta (Facebook, Instagram, Messenger) rastrean a los usuarios para vender a los anunciantes espacios publicitarios ultrapersonalizados. Aunque esa información se “anonimiza”, sigue siendo accesible para las autoridades con una orden judicial.

Algunas leyes adoptadas incluso antes de la decisión de la Corte Suprema, como la de Texas en septiembre, animaban a los ciudadanos a demandar a las mujeres sospechosas de haber abortado o a personas que las hayan ayudado. Incluso al chofer de Uber que las haya llevado a la clínica, por ejemplo. De modo que Google podría convertirse en una “herramienta para extremistas de derecha que quieran reprimir las personas que buscan atención médica reproductiva”, indicaron 42 representantes demócratas en una carta abierta dirigida al jefe de Google, Sundar Pichai, a fines de mayo.

Desde la ONG EFF reconocen que aunque las empresas hicieran esfuerzos, eso no dispensaría a las personas afectadas de tomar medidas por sí mismas, reconocen. En este sentido, se aconseja usar motores de búsqueda que exijan menos datos, mensajerías encriptadas como Signal o ProtonMail, e incluso redes privadas virtuales (VPN).


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