En el camino
Irene Caselli / irenecaselli@gmail.com Montarse al vehículo. Tener poco claro qué nos espera, pero saber que ya empezó el viaje. Ahí, en la carretera. Desde el primer momento ya no sabés en realidad qué es lo que hay por delante, por más planificación que hayas hecho. Hasta si te vas a la casa donde veraneás todos los años, de repente puede explotar un neumático. Estas cosas las aprendí de chiquita. Tenía 11 años cuando me subí a un avión. Hasta entonces había recorrido medio Europa con mis padres y mi hermano en un cámper. Es decir, arriba de una furgoneta adaptada con cocina, camas, inodoro y ducha. Pasábamos horas en la ruta pero nunca se nos ocurrió preguntar: “¿Ya llegamos? ¿Cuánto falta?”. Mi hermano dice que era porque para ir al baño no teníamos que andar parando. La clave creo que fue estar siempre en camino. El trayecto se armaba y se desarmaba según lo que surgía. De repente el cámper se rompía y nos quedábamos días en un pueblito en el medio de Turquía, esperando un repuesto. O alguien se enfermaba y había que parar, descansar. Mis padres tenían una idea del área geográfica que querían visitar pero sin un destino preciso, único. ¡Y ese era el encanto! Era el viaje ‘per se’. Explorar lo que se nos iba apareciendo en la vía. Me fui dando cuenta de que a través de las calles también se puede inferir mucho, aunque me llevó un tiempo entenderlo. Por ejemplo, en la carretera empecé a descubrir si un país era rico, como Suiza, porque no había baches y solo autos nuevos, muchos de lujo. O si estaba en situación de conflicto. Como Yugoslavia cuando todavía era un país, en los años 90, porque se veían hombres con uniformes militares caminar al lado. No sabía nada de la historia, la política o la geografía, hasta que llegaba a esos lugares y empezaba a conocer, a preguntar. Más tarde leí a Kerouac, que entre otras cosas me confirmó que la calle era también símbolo de mucho más. El escritor estadounidense de la Generación Beat decía que “es mejor dormir en una cama incómoda libre que dormir sin libertad en una cama cómoda”. Y eso me hizo pensar en la litera del cámper, que no tenía nada de confortable pero ahí me echaba las mejores siestas. Esos recorridos de mi infancia me enseñaron algo más. Suena a lugar común pero fue un gran aprendizaje que intento poner en práctica cada día: cuando me monto a un vehículo nunca sé qué viene. Lo más importante, como en la vida, pasa a ser el camino mismo, porque al final lo único que tenemos es el presente. Periodista italiana / @irenecaselli
Irene Caselli / irenecaselli@gmail.com Montarse al vehículo. Tener poco claro qué nos espera, pero saber que ya empezó el viaje. Ahí, en la carretera. Desde el primer momento ya no sabés en realidad qué es lo que hay por delante, por más planificación que hayas hecho. Hasta si te vas a la casa donde veraneás todos los años, de repente puede explotar un neumático. Estas cosas las aprendí de chiquita. Tenía 11 años cuando me subí a un avión. Hasta entonces había recorrido medio Europa con mis padres y mi hermano en un cámper. Es decir, arriba de una furgoneta adaptada con cocina, camas, inodoro y ducha. Pasábamos horas en la ruta pero nunca se nos ocurrió preguntar: “¿Ya llegamos? ¿Cuánto falta?”. Mi hermano dice que era porque para ir al baño no teníamos que andar parando. La clave creo que fue estar siempre en camino. El trayecto se armaba y se desarmaba según lo que surgía. De repente el cámper se rompía y nos quedábamos días en un pueblito en el medio de Turquía, esperando un repuesto. O alguien se enfermaba y había que parar, descansar. Mis padres tenían una idea del área geográfica que querían visitar pero sin un destino preciso, único. ¡Y ese era el encanto! Era el viaje ‘per se’. Explorar lo que se nos iba apareciendo en la vía. Me fui dando cuenta de que a través de las calles también se puede inferir mucho, aunque me llevó un tiempo entenderlo. Por ejemplo, en la carretera empecé a descubrir si un país era rico, como Suiza, porque no había baches y solo autos nuevos, muchos de lujo. O si estaba en situación de conflicto. Como Yugoslavia cuando todavía era un país, en los años 90, porque se veían hombres con uniformes militares caminar al lado. No sabía nada de la historia, la política o la geografía, hasta que llegaba a esos lugares y empezaba a conocer, a preguntar. Más tarde leí a Kerouac, que entre otras cosas me confirmó que la calle era también símbolo de mucho más. El escritor estadounidense de la Generación Beat decía que “es mejor dormir en una cama incómoda libre que dormir sin libertad en una cama cómoda”. Y eso me hizo pensar en la litera del cámper, que no tenía nada de confortable pero ahí me echaba las mejores siestas. Esos recorridos de mi infancia me enseñaron algo más. Suena a lugar común pero fue un gran aprendizaje que intento poner en práctica cada día: cuando me monto a un vehículo nunca sé qué viene. Lo más importante, como en la vida, pasa a ser el camino mismo, porque al final lo único que tenemos es el presente. Periodista italiana / @irenecaselli
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