Entre Alemania y África
Tiene razón el exdirector de la Cepal Argentina, Bernardo Kosacoff, cuando dice que “es difícil tener salarios alemanes cuando tenemos una productividad africana”. Si bien el economista exagera, ya que aquí los trabajadores ganan mucho menos que sus equivalentes teutones, no cabe duda de que la productividad de la industria local se asemeja más a la alcanzada en los países africanos más prósperos que a la habitual en Europa occidental, América del Norte o Asia oriental. Aunque el gobierno kirchnerista insiste en que gracias a sus esfuerzos la Argentina se ha reindustrializado, sólo se trata de una expresión de deseos. Lo mismo que tantos gobiernos peronistas, radicales e incluso militares, el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quiere que el país cuente con un sector industrial pujante pero, mientras que es fácil pronunciar declaraciones pomposas en tal sentido, no lo es crear las condiciones necesarias para que las empresas nacionales puedan ponerse a la altura de las del mundo desarrollado. Tal y como sucede cuando los voceros gubernamentales hablan de la importancia del Estado y por lo tanto optan por llenarlo de empleados que aportan muy poco, las alusiones a los beneficios que nos supondría la reindustrialización sólo sirven de pretextos para justificar medidas contraproducentes. Si bien los intentos de ayudar a los industriales obstaculizando las importaciones se han visto aprovechados por los menos eficaces que, sin un mercado cautivo, pronto caerían en bancarrota, han perjudicado a los más competitivos al privarlos de insumos y de oportunidades para abrirse camino en un mundo cada vez más globalizado. Hasta hace apenas un año los empresarios que asisten a coloquios sectoriales se negaban a criticar la política económica kirchnerista por temor a represalias, pero al prolongarse la recesión y agravarse las consecuencias de una tasa de inflación que está entre las más altas del planeta, además de un atraso cambiario que hace recordar los que el país soportó en la fase final de la convertibilidad y los años de la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz, han recuperado la voz. La angustia que muchos sienten puede entenderse. Conforme al Indec, ya se registran 23 meses consecutivos de caída del producto industrial, con el cierre de aproximadamente mil empresas, sin que haya motivos para prever que la tendencia así supuesta se revierta en el futuro inmediato. Por el contrario, el fin del boom de los commodities que hizo posible “el modelo” kirchnerista, la emisión frenética, el endeudamiento a tasas usureras y el aumento preelectoral del gasto público hacen temer que la etapa próxima sea peor aún que la actual tanto para los empresarios como para los muchos que dependen de su desempeño. Desde inicios del siglo pasado los partidarios de la industrialización han ganado todos los debates, ya que, con la eventual excepción de los ecólogos más entusiastas, a pocos se les ocurriría argüir que al país le convendría prescindir de fábricas internacionalmente competitivas, pero puesto que la mayoría de los polemistas siempre ha estado más interesada en atacar al campo que en proponer medidas destinadas a fomentar una auténtica cultura industrial, dicho lobby sólo ha producido una biblioteca atiborrada de escritos ideológicos o literarios, es decir, un “relato” que, por desgracia, tiene muy poco que ver con la realidad. Aunque los voceros del empresariado son reacios a entregarse al pesimismo –Kosacoff nos asegura que “no estamos al borde del precipicio”–, no tienen muchos motivos para confiar en que el futuro gobierno resulte lo bastante fuerte como para modificar un panorama que propende a hacerse más sombrío debido a la voluntad del gobierno brasileño de devaluar una y otra vez el real, la desaceleración de la voraz economía china y la probabilidad de que la Reserva Federal de Estados Unidos pronto aumente la tasa de interés. Por lo demás, no sólo China sino también otros países asiáticos de cultura similar están haciéndose más competitivos por momentos, de suerte que en adelante será todavía más difícil para nuestros empresarios conquistar mercados en el exterior de lo que hubiera sido el caso hace apenas un par de décadas. Parecería, pues, que por mucho tiempo más el sueño de una Argentina industrializada seguirá siendo, a lo sumo, una aspiración.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Sábado 1 de agosto de 2015
Tiene razón el exdirector de la Cepal Argentina, Bernardo Kosacoff, cuando dice que “es difícil tener salarios alemanes cuando tenemos una productividad africana”. Si bien el economista exagera, ya que aquí los trabajadores ganan mucho menos que sus equivalentes teutones, no cabe duda de que la productividad de la industria local se asemeja más a la alcanzada en los países africanos más prósperos que a la habitual en Europa occidental, América del Norte o Asia oriental. Aunque el gobierno kirchnerista insiste en que gracias a sus esfuerzos la Argentina se ha reindustrializado, sólo se trata de una expresión de deseos. Lo mismo que tantos gobiernos peronistas, radicales e incluso militares, el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quiere que el país cuente con un sector industrial pujante pero, mientras que es fácil pronunciar declaraciones pomposas en tal sentido, no lo es crear las condiciones necesarias para que las empresas nacionales puedan ponerse a la altura de las del mundo desarrollado. Tal y como sucede cuando los voceros gubernamentales hablan de la importancia del Estado y por lo tanto optan por llenarlo de empleados que aportan muy poco, las alusiones a los beneficios que nos supondría la reindustrialización sólo sirven de pretextos para justificar medidas contraproducentes. Si bien los intentos de ayudar a los industriales obstaculizando las importaciones se han visto aprovechados por los menos eficaces que, sin un mercado cautivo, pronto caerían en bancarrota, han perjudicado a los más competitivos al privarlos de insumos y de oportunidades para abrirse camino en un mundo cada vez más globalizado. Hasta hace apenas un año los empresarios que asisten a coloquios sectoriales se negaban a criticar la política económica kirchnerista por temor a represalias, pero al prolongarse la recesión y agravarse las consecuencias de una tasa de inflación que está entre las más altas del planeta, además de un atraso cambiario que hace recordar los que el país soportó en la fase final de la convertibilidad y los años de la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz, han recuperado la voz. La angustia que muchos sienten puede entenderse. Conforme al Indec, ya se registran 23 meses consecutivos de caída del producto industrial, con el cierre de aproximadamente mil empresas, sin que haya motivos para prever que la tendencia así supuesta se revierta en el futuro inmediato. Por el contrario, el fin del boom de los commodities que hizo posible “el modelo” kirchnerista, la emisión frenética, el endeudamiento a tasas usureras y el aumento preelectoral del gasto público hacen temer que la etapa próxima sea peor aún que la actual tanto para los empresarios como para los muchos que dependen de su desempeño. Desde inicios del siglo pasado los partidarios de la industrialización han ganado todos los debates, ya que, con la eventual excepción de los ecólogos más entusiastas, a pocos se les ocurriría argüir que al país le convendría prescindir de fábricas internacionalmente competitivas, pero puesto que la mayoría de los polemistas siempre ha estado más interesada en atacar al campo que en proponer medidas destinadas a fomentar una auténtica cultura industrial, dicho lobby sólo ha producido una biblioteca atiborrada de escritos ideológicos o literarios, es decir, un “relato” que, por desgracia, tiene muy poco que ver con la realidad. Aunque los voceros del empresariado son reacios a entregarse al pesimismo –Kosacoff nos asegura que “no estamos al borde del precipicio”–, no tienen muchos motivos para confiar en que el futuro gobierno resulte lo bastante fuerte como para modificar un panorama que propende a hacerse más sombrío debido a la voluntad del gobierno brasileño de devaluar una y otra vez el real, la desaceleración de la voraz economía china y la probabilidad de que la Reserva Federal de Estados Unidos pronto aumente la tasa de interés. Por lo demás, no sólo China sino también otros países asiáticos de cultura similar están haciéndose más competitivos por momentos, de suerte que en adelante será todavía más difícil para nuestros empresarios conquistar mercados en el exterior de lo que hubiera sido el caso hace apenas un par de décadas. Parecería, pues, que por mucho tiempo más el sueño de una Argentina industrializada seguirá siendo, a lo sumo, una aspiración.
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