Entre la balada y la vanguardia cinematográfica

Una mezcla de Leo Dan y Federico Fellini.

Por la misma época en que la crítica y el público lo aclamaban como el más grande director argentino vivo, a propósito de “Gatica, el Mono”, Leonardo Favio llenaba con su nombre los carteles bailanteros que anunciaban sus actuaciones en el barrio de Pompeya. Se trataba del mismo tipo de aviso publicitario que utilizaban Ricky Maravilla o el Negro Alcides: enormes planchas de fondo amarillo con letras en tipo “catástrofe”. Éste era el sedimento de Favio. Su mar de fondo. Visto desde muy lejos, como observado a partir de una realidad ajena, París, Nueva York, Barcelona, Favio podría haber pasado por un director obsesionado con la realidad profunda de la cultura argentina, un investigador visceral, un antropólogo armado de una cámara, listo para expresarse sin pelos en la lengua. Pero el director de “Soñar, soñar”, “Nazareno Cruz y el lobo” y “Juan Moreira”, entre tantas buenas películas, actuaba con total desprendimiento respecto de la materia intelectual. Favio no cantaba en las bailantas que burbujean de alcohol y testosterona en la frontera de Parque Patricios y Pompeya para saldar algún tipo de deuda de clase o para repasar las viejas heridas de los estratos obreros. Él, por cierto, pertenecía a ese mundillo chispeante que hubiera hecho fruncir la nariz de sus más acaudalados analistas. Después, fracciones de aquel mundo novelesco aparecían y desaparecían en el tejido apretado de sus obras. Esta vida incrustada en lo popular pero de exquisita vertiente cinematográfica lo convirtió en un realizador único que uno se animaría a comparar con Federico Fellini por la coloración y el desenfado de su iconografía y con Emir Kusturica por la deliciosa locura de sus protagonistas siempre hambrientos de desborde. Hoy, para la mayor parte de Latinoamérica su muerte significará la partida final de uno de sus mayores cantantes populares. En no pocos países de habla hispana desconocen casi por completo la filmografía de Favio. Es probable también que quienes lo lloren en los barrios periféricos de Buenos Aires, junto a o pasando Puente Alsina, lo hagan por canciones como “Hoy la vi” o “Ella ya me olvidó”. Favio podrá en el futuro integrar bibliotecas de carácter muy distinto. Algunas guardarán biografías suyas como “Pasen y vean”, la que escribió la periodista Adriana Schettini, y cajas con sus fantásticas películas, mientras que otras, más humildes, menos intelectuales acaso, conserven en vinilo los éxitos de este cantante de voz ronca y dolorida. Sólo para dejar un ejemplo: en los diarios principales de Chile (“El Mercurio”) y de Colombia (“El Tiempo”) Leonardo Favio ocupa el sector dedicado a las noticias más importantes del día. El diario colombiano –país en el que vivió su exilio– puso una vieja fotografía suya que lo muestra cantando. Esto ya conforma la leyenda, son anécdotas que uno como seguidor o cronista escucha por allí. Pero en los 90 Favio había vivido en una pensión de calle Paraguay. “Una señora” amable le alcanzaba “una sopita” cada mediodía. Tenía secretarios, ayudantes tan pintorescos como preocupantes. Ocupaba una humilde habitación donde conservaba la mayoría de sus escasos objetos personales. Al director no le gustaba acumular. Le parecía obsceno. Como hacer un trato con el tiempo. Esta ausencia de materia fue explicada alguna vez por Favio de un modo preciso. “No me gusta recordar. No me gustan las fotos ni nada que hable del ayer. Y como cada vez creo menos en la posteridad y más en la actualidad, trato de vivir el hoy. Antes tenía la fuerza de creer en lo perdurable. Pensaba que con cada obra iba a deslumbrar. Ahora no me interesa: me di cuenta de que uno es muchísimo menos que el milagro de una hormiga. Es más, cuando me puse a recopilar mis temas para el CD tuve que mandarlos a comprar. Nunca conservé un solo tema mío”, le dijo a “La Nación” hace unos años. Sin llevar una doble existencia, Leonardo Favio admitía, según quien depositara en él la mirada, percepciones de uno u otro orden. La gente que iba a repasar en vivo y en directo su cancionero romántico lo consideraría un cantante del pueblo, el artista sin pretensiones que con su guitarra podía recorrer de sur a norte Latinoamérica. Como Alberto Cortez, como Facundo Cabral, sí, pero también como José Luis Perales o Django. En lo musical Favio era heredero directo de una tradición mucho más vinculada con el romance conciliador que con el quiebre generacional representado por el rock. Favio se formó imitando a Leo Dan. Ahora bien, si en lo musical Favio encarnaba un tiempo pretérito y dorado, en lo cinematográfico su obra era pura vanguardia. Un disparo al aire que estalla en el cielo provisto de una energía misteriosa. Uno nunca podía estar muy seguro de cuáles eran sus auténticas bases documentales. De qué materia estaba hecha su formación en tanto cineasta. Aunque sus canciones endulzaban el ayer, su cine refería, por técnica y osadía, a un futuro inmediato. Hoy mismo Favio debe ser estudiado en las carreras de cine como un revolucionario en términos estéticos. Sí, ahí estaban la mano maestra y la influencia de Leopoldo Torre Nilson, pero ¿qué más? Parte de la respuesta se encuentra en los carteles de Pompeya. “Tengo fechas en…”, les decía a unos sorprendidos críticos, especialistas en su obra que, por regla, optaban por no incursionar en sus ámbitos bien populares. Sus raíces se anclaban en el recuerdo de una infancia entre reformatorios, en el apetito juvenil por sumarse a la troupe de la “linterna mágica”, por cantar y conmover el corazón de las chicas. Para Favio sus aventuras, propias de un buscador, funcionaban como un todo, eran las ramas florecientes de un mismo árbol. Poseía principios estéticos pero no prejuicios de clase. Favio fue capaz de comprender a un incomprendido como Carlos Monzón hasta convertirlo en actor de su película menos vista: “Soñar, soñar”. Monzón y Gian Franco Pagliaro recorriendo la ciudad con improbables aspiraciones de riqueza. Favio dobló a Monzón y puso en sus labios mudos diálogos de corto alcance pero dramáticamente efectivos. Llora Monzón o, mejor dicho, Favio hace llorar al grandote, al púgil esbelto de pelo negro, y en ese llanto se anuncia la profecía del boxeador. Una escena de “Gatica, el Mono” puede explicar a Favio. Una fotografía que vale por el resto de las palabras. Es cuando el “Mono” mantiene una lucha encarnizada con un contrincante al ritmo de un mambo. Una vez más los elementos invisibles coinciden bajo la presencia de la cámara: pasado, presente y futuro de un hombre, Leonardo Favio. Es la pulsión de una tarea dolorosa, el box, la oportunidad del pobre que no tiene un hogar más allá del cuadrilátero y que se enfrenta a su destino acompañado, entre el sudor y la sangre, por su música preferida. Historia y arte escrito por una pluma sabia. Gatica murió aplastado por un colectivo y en la miseria. Olvidado por muchos aunque no por Favio. Su cine lo recuperó para siempre.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

Leonardo favio (1938-2012)


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