Entró Fangio al patio de mi casa y les dije a mis amigos “ese es mi tío”

ABELARDO ZILVESTEIN

Recorrido

En 1908 mi abuelo, don Pedro Zílvestein, dejó a su familia en Wegrow, Polonia, y se embarcó hacia América en busca de nuevos surcos para abrir. El azar lo trajo a Roca, construyó una vivienda de adobe en Mitre y Buenos Aires e instaló un almacén. En 1914 logró reunir el dinero necesario para traer a su esposa y sus cuatro hijos, pero la guerra, desatada en ese momento, retrasó la llegada hasta el año 1918. Mi padre, Herman, tenía 14 años. Mi madre, descendiente de rumanos, era de Médanos, provincia de Buenos Aires. Se casaron en 1933 y yo nací en 1935. Nuestra casa estaba en Tucumán 445, detrás de la estación de servicio, lavado, engrase de automotores y venta de combustible. Mis primeras imágenes, muy borrosas, refieren al trabajo de mis padres. Yo sentado en una sillita alta mirando desde la ventana de la cocina como, en pleno invierno, mi madre trataba de secar el automóvil que recién había lavado mi padre. La tarea no era fácil, las calles de tierra embarraban los vehículos, veo aún el agua congelada, sus manos ateridas… Entonces las viviendas del pueblo eran de ladrillo sin revoque exterior, con techos, puertas y ventanas altas. Patios con cantos de sol y con fríos desolados adormeciendo la tierra. Patios de huertas y gallineros. Aunque ya se había inventado el reloj despertador eran los gallos los que los nos desvelaban cada amanecer. En el patio de mi casa había un galpón donde funcionaba el taller oficial de la Chevrolet. En ocasión en que en Roca concluía una de las etapas de las carreras de Turismo de Carretera, entró el ganador, Juan Manuel Fangio. Por supuesto yo estaba muy orgulloso y decía a mis amiguitos: ¡es mi tío! Pero ellos no aceptaban mi mentira. Por instancias de mi mamá, Fangio me levantó en brazos y dijo: ¡Venga mi sobrino! Yo no tenía más de 6 años pero esa circunstancia me dio mucho prestigio. Cuántos recuerdos que el tiempo ha empolvado… horas de albores y cosechas, de bardas y de río. Los domingos al atardecer íbamos a la estación de Ferrocarril. Mi mamá me vestía especialmente, peinado a la gomina, para caminar por el andén durante el tiempo en que el tren se detenía. Ese era el paseo de los vecinos. Allí los hombres se saludaban tocando el ala de su sombrero y las mujeres cuchicheaban por lo bajo. Las jovencitas sonreían a los jovencitos que permanecían inmóviles, como estandartes. Recuerdo a nuestro vecino sastre, Eduardo Cardín, cantando óperas; el cariño que me demostraban Jesús Fernández y su esposa Juliana, cuando iba a su verdulería; la talabartería de Estrada; la bicicletería y armería de Hamburg; la carnicería de Muiña; el taller de bicicletas de Notari; la ferretería de Kaspin, en la esquina de Tucumán y Belgrano; la tienda “Diente de Oro” de don Chanine Teiblum; el bar de Mannarino; la zapatería de Scopp, donde me recibían con festejos para enseñarme la profesión: yo aspiraba a ser zapatero. Más hacia “el centro”, la tienda de don Alberto Zerahia; la librería de los hermanos Carbajal; la peluquería de Zangari y sobre Belgrano mi querido Genaro Aloisio, también peluquero; el negocio de don Sañe Ulman; y, más al este, el comercio de Capuzzi; la panadería de Locev y la herrería de Feldman, un galpón de chapa acanalada ubicado en la esquina de Tucumán y La Pampa, donde concurrían los chacareros para herrar a sus caballos. Asistí a la escuela primaria N° 32, ubicada donde actualmente se encuentra el nuevo edificio. Evoco con gratitud a su director Edmundo Gelonch y los maestros Diaz de Irigoyen, Carmen Isla, Arenaza, Zavala, Piccitelli y el entrañable José Manuel García. Íbamos a la escuela caminando. Sobre avenida Roca y a pocos metros al sur de Tucumán, adyacente a la farmacia Líbenson había un viejo edificio que amenazaba derrumbase. Yo imaginaba que era parte del antiguo Fuerte. La orden de mi madre era caminar por la acera de enfrente. Muy pocos automóviles y muchos sulkys circulaban por las calles en el suspiro de las tardes. Las noches estaban siempre abiertas al silencio. Mis compañeros de vivencias fueron Víctor Teiblum y Norberto Ulman, aunque mayores; y más alejados porque eran de “la otra cuadra” los hermanos Paniceres, Horacio Apestegui, el vasquito Arabarco, Chinín Entrena, Tago Hernández. …Y cómo no recordar al pintoresco Benito Z. vendiendo billetes de lotería. En plena guerra de 1939, mi papá recibía el diario Crítica, editado 48 horas antes en Buenos Aires y leía muy atentamente los movimientos de las tropas. Yo miraba su cara y sólo con ello, conociendo vagamente la masacre hitleriana, me atormentaba mi condición de judío. Cuando tenía 10 año, una mañana muy temprano Don Venancio Carrera, por entonces encargado de la farmacia “La Feria Franca” en Tucumán e Italia y amigo de la familia, entró en el dormitorio de mis padres, que en ese momento dormían, gritando con llanto “¡Terminó la guerra!”. Hace muchos años leí “Momentos estelares de la humanidad”, de Stefan Sweig. El recuerdo de aquel día es para mí uno de ellos. Llegué, sin casi notarlo, a la escuela secundaria. Pocos años antes se había nacionalizado el Instituto Incorporado del Alto Valle, cuyo director fue Justo Epifanio. Cuando ingresé, su director era Federico León Lhomm, su esposa era profesora de Geografía; la señora Salgado de matemática; el ingeniero Rosa de física; la señorita Remougnan de francés; la señora de Medhi de inglés y tantos otros que han dejado tantos recuerdos. Ya finalizando el secundario, en esas horas de presagios, teníamos avidez por conocer los avatares de la política. De noche, en el invierno taciturno, caminábamos con varios compañeros por la solitaria calle Tucumán, desde Mendoza hasta San Juan: las fronteras del pueblo, más allá los álamos y las chacras. La calle Tucumán estaba pobremente iluminada, sólo en las esquinas unas lámparas se mecían con el viento. Nosotros andábamos y al andar bebíamos ansiosos las charlas de Pablo Fermín Oreja o las de Buby Rajneri. Los estudios universitarios me llevaron lejos. Regresé unos años después con un diploma y una familia. Tuve dos matrimonios, cinco hijos, siete nietos, planté una hilera de paraísos y no escribí ningún libro pero leí muchos. Y aquí estoy, donde nací y crecí. Donde reí y lloré. Aquí están mis queridos vivos y mis queridos muertos. Aquí están los años que nunca acaban de irse, los que, como el eterno retorno, regresan una vez y otra: los años de la infancia. Y aquí estoy hoy, tratando de cruzar a nado la nostalgia, en mi bella y entrañable ciudad que es la misma y tan distinta. Nosotros tampoco somos los mismos. ranicaz@gmail.com


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