Espacios de negociación en Medio Oriente
JAVIER SOLANA (*) Project Syndicate
El reciente avance del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL o ISIS por sus siglas en inglés) constata que más de diez años después de la guerra de Irak la región mantiene su inestabilidad crónica. Oriente Medio es uno de los principales focos geopolíticos de conflicto del mundo y es necesario cambiar el marco de actuación para responder adecuadamente a los retos. Éstos se presentan de manera simultánea e interrelacionados. La propia naturaleza del EIIL lo demuestra: su ámbito de actuación es transnacional, su “patria” –un califato regido por la “sharia”– abarca un vasto territorio que hoy ocupan Estados como Siria e Irak. El EIIL –organización yihadista sunnita que tiene su origen en el grupo iraquí de Al Qaeda, nacido de las cenizas de la invasión norteamericana a Irak– adoptó su nombre actual en el 2012. En febrero del 2014 fue expulsado de Al Qaeda y ahora ha encontrado un terreno abonado para su expansión en la guerra civil siria y el descontento iraquí con su gobierno. Irak es la gran línea de fractura entre sunnitas y chiitas, las dos vertientes del islam que definen el enfrentamiento regional de fondo. El país arrastra graves problemas de inestabilidad desde hace muchos años. Tras la caída del régimen de Saddam Hussein la situación no ha mejorado, exceptuando Kurdistán, al norte del país. Lo que ocurre ahora en Irak es producto del contagio de las consecuencias de la guerra en su vecina Siria, sufriendo en carne propia la acción yihadista del EIIL. Este escenario tendrá repercusiones más allá de las fronteras iraquíes, pues la competencia entre el EIIL –organización terrorista sunnita– y Al Qaeda por la hegemonía del yihadismo provocará que ambos intenten dar muestras de su radicalidad antioccidental para atraer a la población más extremista. La guerra civil siria, origen de la expansión del EIIL y punta de lanza del conflicto latente en la región, necesita nuevos parámetros de negociación que desbloqueen el drama dentro del país y la espeluznante situación de los refugiados en los países de alrededor. El reciente triunfo electoral de Al Assad sólo ha servido para ahondar más en la herida. Pero los nuevos parámetros son necesarios también para resolver el conflicto iraquí, el proceso de paz en Israel y Palestina y, en último término, el equilibrio de poder regional –definido por el enfrentamiento entre Arabia Saudita, sunnita, e Irán, chiita–. Estados Unidos se encuentra en una nueva fase de su política exterior, menos dispuesto a utilizar la diplomacia “coercitiva”, y la percepción de los actores regionales respecto de su comportamiento ha cambiado. El país del Norte ha sufrido una pérdida de confianza de aliados tradicionales como Arabia Saudita, por dos motivos principales: el primero es la falta de intervención más directa en Siria, acentuada tras la crisis de las armas químicas, y el segundo, que Arabia Saudita es reticente a la negociación con Irán y teme la normalización de las relaciones con el que considera su competidor regional. Washington tampoco tiene ya la capacidad de liderar en solitario el proceso de paz entre Israel y Palestina. El estancamiento de las negociaciones, pese a los grandes esfuerzos del secretario de Estado John Kerry, así lo demuestra. La superpotencia americana necesita, por lo tanto, comprometer a una amplia gama de actores para estabilizar la región. Shlomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores, ha esbozado recientemente lo que llama “un nuevo paradigma de paz” para las negociaciones entre Israel y Palestina. Implicaría mayores espacios de negociación y una mayor participación de actores como la Unión Europea y Rusia, además de otros países árabes clave. Dicho paradigma debiera ser extensivo a las negociaciones de Ginebra respecto de la guerra civil siria, donde se podría generar un espacio de negociación amplio que incluyera a Arabia Saudita, Irán, Turquía o Egipto. Agrandar dicho espacio de negociación sería necesario para encontrar actores que sean aceptados por las partes, de manera que todo proceso de negociación incluya el componente de equilibrio regional. De lo contrario, cualquier futuro conflicto que se desarrolle en Oriente Medio podría ser potencialmente extensivo al resto de la región o podría reproducir las dinámicas de confrontación entre potencias regionales pero a pequeña escala –como ocurrió al inicio de la guerra en Siria–. Si no se introduce el componente del equilibrio regional en las negociaciones, cualquier conflicto –por pequeño que sea– puede trastocar la estabilidad de Oriente Medio. En el caso concreto de Siria, la consecuencia más evidente de un marco inclusivo de resolución del conflicto sería sentar el precedente de cooperación entre las potencias regionales, especialmente Irán y Arabia Saudita. Hay motivos para el optimismo en la negociación con Irán, pero no hay ninguno, por ahora, respecto de Siria o del proceso de paz entre Israel y Palestina. La negociación iraní podría desbloquear la situación en Siria y eventualmente en Irak, pero para ello es necesario asentar un nuevo escenario de compromiso con los actores regionales clave. La inestabilidad crónica amenaza a la Unión Europea, por cercanía geográfica, y a países como China e India, por dependencia energética. La interdependencia nos hace a todos vecinos y ante problemas globales es necesario encontrar soluciones comunes. La UE, con los ojos puestos en Ucrania y en la nueva política exterior de Rusia; China, involucrada en disputas territoriales en el Mar de China Meridional, y Estados Unidos, embarcado en un viaje hacia el Pacífico, no deben olvidar que la inestabilidad de Oriente Medio genera graves amenazas para la seguridad global. (*) Exrepresentante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, exsecretario general de la OTAN y exministro de Asuntos Exteriores de España