España y la gobernabilidad

Redacción

Por Redacción

Al abandonar el bipartidismo, que a pesar de sus muchos defectos suele ser mejor que las alternativas ya que por lo menos sirve para garantizar cierta estabilidad, España se ha internado en un laberinto político peligroso. Ni el Partido Popular (PP) del presidente Mariano Rajoy y sus eventuales aliados de Ciudadanos, que comparten la convicción de que sería desastroso intentar llevar a cabo una revolución anticapitalista, ni el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Pedro Sánchez, con la hipotética ayuda de los izquierdistas contestatarios de Podemos que lo desprecian, están en condiciones de formar un gobierno viable. No sorprendería, pues, que para salir del pantano en que España se ha internado se convocara a nuevas elecciones, pero en tal caso podrían repetirse, con algunas variantes menores, los resultados del domingo pasado en que el PP logró 123 escaños, el PSOE 90, Podemos 69 y Ciudadanos 40, mientras que para alcanzar una mayoría absoluta se precisarían 176. Una solución lógica al embrollo que se ha creado sería una gran coalición de los partidos tradicionales al estilo alemán, pero son tantas las diferencias personales entre Rajoy y Sánchez que ambos tendrían que dar un paso al costado para que una resultara posible. Aunque el PP obtuvo más votos que cualquier agrupación rival y por lo tanto ha podido declararse el ganador de la competencia electoral, la verdad es que sufrió un revés muy doloroso, si bien uno menos cruel que el experimentado por el PSOE que nunca antes había recibido un porcentaje tan reducido como el 22 que finalmente consiguió. De acuerdo común, el retroceso del PP se debió no sólo a los rigores ingratos de la política de austeridad con la que está comprometido sino también a la corrupción que es endémica en sus filas. El que el PSOE también haya aportado su cuota de escándalos no le ha servido de consuelo. Sea como fuere, en términos macroeconómicos las medidas tomadas por el gobierno de Rajoy pueden considerarse exitosas, puesto que en la actualidad España está creciendo con mayor rapidez que otros países de la Eurozona, pero los costos sociales de los esfuerzos por sanear las cuentas han sido enormes y se teme que, al hacerse más oscuro el panorama mundial, en adelante los desafíos sean mayores que los enfrentados hasta ahora. Para más señas, la venalidad de muchos dirigentes del PP ha sido más que suficiente como para opacar los logros económicos que, de todos modos, distan de ser espectaculares. Oponerse a la austeridad, el tema principal de la campaña electoral de Podemos, es muy fácil: a nadie le gusta que millones de españoles hayan tenido que depender de subsidios magros o la ayuda de familiares, mientras que otros, los más talentosos y vigorosos, se han ido a Francia, el Reino Unido o Alemania en busca de las oportunidades laborales que les han sido negadas en su propio país. Pero a menos que haya dinero, tratar de imaginar alternativas prácticas a la austeridad es una pérdida de tiempo. La actitud frente a la economía de Podemos es casi idéntica a la de la Syriza griega que, luego de ganar una elección diciendo que se negaría a seguir reduciendo el gasto público o tomar otras medidas descalificadas como “ortodoxas”, tuvo que batirse en retirada. Lo mismo que la mayoría de los griegos, los españoles quieren permanecer en la Eurozona sin respetar las reglas fijadas por los alemanes que llevan la voz cantante en Bruselas, lo que, por desgracia, parece imposible. España no puede darse el lujo de resignarse a meses, tal vez años, de parálisis política. Necesita contar con un gobierno que sea capaz de manejar la economía con realismo, pero sucede que en la España actual abundan los contrarios a la clase de medidas que podrían servir para que su país generara los recursos que le permitirían mitigar el impacto social de una crisis atribuible al optimismo excesivo de los socialistas que no supieron reaccionar frente al cataclismo financiero internacional del 2008. De los dos partidos nuevos cuya irrupción fue facilitada por las deficiencias manifiestas del PP y el PSOE, el más prometedor es Ciudadanos, que se dice resuelto a luchar contra la corrupción pero que, a diferencia de Podemos, no ha intentado brindar la impresión de tener a mano una solución económica milagrosa que haría innecesaria la austeridad.


Al abandonar el bipartidismo, que a pesar de sus muchos defectos suele ser mejor que las alternativas ya que por lo menos sirve para garantizar cierta estabilidad, España se ha internado en un laberinto político peligroso. Ni el Partido Popular (PP) del presidente Mariano Rajoy y sus eventuales aliados de Ciudadanos, que comparten la convicción de que sería desastroso intentar llevar a cabo una revolución anticapitalista, ni el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Pedro Sánchez, con la hipotética ayuda de los izquierdistas contestatarios de Podemos que lo desprecian, están en condiciones de formar un gobierno viable. No sorprendería, pues, que para salir del pantano en que España se ha internado se convocara a nuevas elecciones, pero en tal caso podrían repetirse, con algunas variantes menores, los resultados del domingo pasado en que el PP logró 123 escaños, el PSOE 90, Podemos 69 y Ciudadanos 40, mientras que para alcanzar una mayoría absoluta se precisarían 176. Una solución lógica al embrollo que se ha creado sería una gran coalición de los partidos tradicionales al estilo alemán, pero son tantas las diferencias personales entre Rajoy y Sánchez que ambos tendrían que dar un paso al costado para que una resultara posible. Aunque el PP obtuvo más votos que cualquier agrupación rival y por lo tanto ha podido declararse el ganador de la competencia electoral, la verdad es que sufrió un revés muy doloroso, si bien uno menos cruel que el experimentado por el PSOE que nunca antes había recibido un porcentaje tan reducido como el 22 que finalmente consiguió. De acuerdo común, el retroceso del PP se debió no sólo a los rigores ingratos de la política de austeridad con la que está comprometido sino también a la corrupción que es endémica en sus filas. El que el PSOE también haya aportado su cuota de escándalos no le ha servido de consuelo. Sea como fuere, en términos macroeconómicos las medidas tomadas por el gobierno de Rajoy pueden considerarse exitosas, puesto que en la actualidad España está creciendo con mayor rapidez que otros países de la Eurozona, pero los costos sociales de los esfuerzos por sanear las cuentas han sido enormes y se teme que, al hacerse más oscuro el panorama mundial, en adelante los desafíos sean mayores que los enfrentados hasta ahora. Para más señas, la venalidad de muchos dirigentes del PP ha sido más que suficiente como para opacar los logros económicos que, de todos modos, distan de ser espectaculares. Oponerse a la austeridad, el tema principal de la campaña electoral de Podemos, es muy fácil: a nadie le gusta que millones de españoles hayan tenido que depender de subsidios magros o la ayuda de familiares, mientras que otros, los más talentosos y vigorosos, se han ido a Francia, el Reino Unido o Alemania en busca de las oportunidades laborales que les han sido negadas en su propio país. Pero a menos que haya dinero, tratar de imaginar alternativas prácticas a la austeridad es una pérdida de tiempo. La actitud frente a la economía de Podemos es casi idéntica a la de la Syriza griega que, luego de ganar una elección diciendo que se negaría a seguir reduciendo el gasto público o tomar otras medidas descalificadas como “ortodoxas”, tuvo que batirse en retirada. Lo mismo que la mayoría de los griegos, los españoles quieren permanecer en la Eurozona sin respetar las reglas fijadas por los alemanes que llevan la voz cantante en Bruselas, lo que, por desgracia, parece imposible. España no puede darse el lujo de resignarse a meses, tal vez años, de parálisis política. Necesita contar con un gobierno que sea capaz de manejar la economía con realismo, pero sucede que en la España actual abundan los contrarios a la clase de medidas que podrían servir para que su país generara los recursos que le permitirían mitigar el impacto social de una crisis atribuible al optimismo excesivo de los socialistas que no supieron reaccionar frente al cataclismo financiero internacional del 2008. De los dos partidos nuevos cuya irrupción fue facilitada por las deficiencias manifiestas del PP y el PSOE, el más prometedor es Ciudadanos, que se dice resuelto a luchar contra la corrupción pero que, a diferencia de Podemos, no ha intentado brindar la impresión de tener a mano una solución económica milagrosa que haría innecesaria la austeridad.

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