Estúpidas, no comunistas

Por Redacción

Por fortuna, exageraba mucho el CEO mundial de la corporación AGCO, el alemán Martin Richenhagen, al calificar de “comunista” la política agrícola del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ya que no se ha propuesto exterminar a los productores rurales como hizo la dictadura soviética en los años treinta del siglo pasado, cuando por motivos ideológicos provocó una hambruna en la que murieron aproximadamente ocho millones de personas. En cambio, en opinión de los que están protestando en las rutas contra la estrategia oficial, Richenhagen acertó cuando dijo que las medidas que ha tomado el gobierno a fin de sacar el máximo provecho de la producción agropecuaria del país mientras aún esté en el poder han sido “estúpidas en el fondo”. A juzgar por la evolución del sector, sólo han servido para debilitar el único ámbito internacionalmente competitivo del país. En vez de intentar estimular la producción, el gobierno parece resuelto a desalentarla, acaso porque a juicio de Cristina los ruralistas son, como diría, “malas personas”, y por lo tanto merecen ser castigados. Hay una diferencia enorme entre el comunismo y el populismo kirchnerista, pero las corrientes así designadas comparten la misma propensión a subordinar todo a sus prejuicios ideológicos. Sin embargo, mientras que los comunistas aspiraban a colectivizar a los agricultores por los medios que fueran sin preocuparse en absoluto por las atrocidades que perpetraban, los kirchneristas, como sus precursores peronistas, se han conformado con abrumarlos con retenciones, impuestos a la exportación y trabas burocráticas, con el presunto fin de obligarlos a subvencionar los programas sociales y ayudar a la precaria industria local. En términos políticos, tal actitud tiene cierta lógica, ya que, a pesar de sus insólitas dimensiones geográficas, la Argentina es un país muy urbanizado, pero al debilitar sistemáticamente el sector agropecuario los gobiernos populistas la han privado en efecto de su principal fuente de riqueza. Es como si los alemanes optaran por reprimir a los industriales de su país, impidiéndoles exportar por suponer que deberían limitarse a producir bienes para sus propios compatriotas. Por desgracia, la hostilidad que sienten Cristina y muchos otros hacia el campo ha incidido en el pensamiento de buena parte de la clase política nacional que se ha acostumbrado a atribuir la decadencia del país a los estancieros y latifundistas de otros tiempos. Fue por tal motivo que, frente a la rebelión del campo contra las retenciones móviles en 2008, a la presidenta no se le ocurrió nada mejor que tratarlos de “golpistas”, vinculados con siniestros intereses foráneos y antipopulares. Aquella ofensiva anacrónica no le sirvió para mucho, ya que, para sorpresa de los convencidos de que el grueso de la población se opondría automáticamente a los productores rurales, en los grandes centros urbanos la mayoría simpatizó con ellos por entender perfectamente bien que era absurdo acusar de golpismo derechista a chacareros que estaban al borde de la bancarrota. Con todo, los kirchneristas siguieron resistiéndose a reconocer que el campo constituye una parte fundamental de la economía nacional y que al país le convendría muchísimo más que aumentara su producción y que los exportadores se consolidaran en mercados importantes del exterior aun cuando sus eventuales éxitos hicieran subir el costo de “la mesa argentina”. Las consecuencias de la actitud punitiva del gobierno frente al campo están a la vista: las economías regionales están postradas y el superávit comercial está a punto de ser sólo un recuerdo, si ya no lo es, como afirman algunos analistas. Lo que es peor, el gasto público ha aumentado tanto en el transcurso de los años últimos que al próximo gobierno no le será nada fácil darle al campo el alivio que tan desesperadamente necesita para que por fin logre levantar cabeza. Aunque parecería que tanto el candidato presidencial oficialista como sus dos rivales más importantes saben muy bien que los anticuados prejuicios de los kirchneristas sólo contribuyen al atraso del país. Debido a la falta de recursos no tendrán más alternativa que intentar conservar por cierto tiempo el modelo ruinoso que fue improvisado por Cristina y sus asesores.


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