Falacias para justificar una guerra
Se estima que la guerra de Irak, según la encuesta Lancet publicada en el 2006, dejó un saldo de 650.000 muertos. El cálculo toma las personas abatidas en los combates y las defunciones por enfrentamientos civiles debido al aumento de la anarquía. Los soldados norteamericanos caídos en combate fueron 4.500 y los mutilados, 32.000. La infraestructura de Irak quedó destruida, mientras que el costo económico para Estados Unidos ha sido estimado en tres billones de dólares. Las cifras son contundentes pero no ayudan a saber si el resultado de este conflicto armado ha servido para algo.
Los argumentos que se utilizaron en aquella oportunidad para justificar la invasión de Estados Unidos y sus aliados integran el repertorio habitual que invoca la razón instrumental puesta al servicio de las causas bélicas. Son falacias que vuelven a aparecer cada vez que estalla una guerra, de modo que no debe sorprender que en estos aciagos días en que recrudece la violencia en la franja de Gaza se reiteren con impúdica estolidez. Las consideraciones que se desgranan a continuación no pretenden tomar posición en un conflicto muy enrevesado que viene siendo liderado por los fundamentalismos religiosos de un bando y otro. Nuestra exposición, limitada y puntual, pretende simplemente argumentar que la violencia no resuelve ningún conflicto político complejo.
Los Estados que se sienten amenazados por sus vecinos -o que asumen un rol hegemónico- dedican ingentes esfuerzos al aprovisionamiento bélico. Enormes recursos presupuestarios son destinados a ese fin. Luego, invariablemente, se cumple la predicción que contiene la conocida frase de Kaplan: “Para el que tiene un martillo, todos los problemas adoptan la forma de un clavo”. La tentación por hacer uso del poder acumulado es fuerte y el paso siguiente consiste en tomar la iniciativa y atribuir al enemigo la responsabilidad de desatar el conflicto. En el caso de Irak el pretexto fue la falsa afirmación de que Saddam estaba desarrollando armas de destrucción masiva.
El segundo error conceptual, en los casos de conflictos que involucran a algún actor occidental, es reducirlos al esquema binario del sempiterno enfrentamiento entre la modernidad (o la democracia) acosada por las más variadas formas de autoritarismo y fanatismo. Las aberraciones diarias que ofrece el fundamentalismo islámico alimentan este reduccionismo. Pero se debería tener cuidado en hacer comparaciones abusivas entre las formas democráticas de un Estado (teocrático) y las organizaciones terroristas que deambulan en territorios sin Estado.
En la ofensiva militar que Israel ha lanzado sobre Gaza, el gobierno de Netanyahu ha invocado el derecho a la legítima defensa frente a una organización armada que lanza cohetes desde el territorio vecino. Muchos encuentran convincente este argumento porque el terrorismo de Hamas es inequívocamente repudiable. Pero si bien el derecho internacional (Convención de Ginebra) autoriza el uso de la fuerza frente a un ataque militar lanzado desde otro Estado -situación que no se reproduce necesariamente en un conflicto asimétrico-, el artículo 22 del Convenio de La Haya de 1907 señala que “los beligerantes no tienen un derecho ilimitado en cuanto a la elección de medios para dañar al enemigo”.
En este sentido, el Protocolo I, de 8 de junio de 1977, adicional a los convenios de Ginebra de 1949, prohíbe los ataques indiscriminados que puedan afectar a la población civil. Se consideran ataques indiscriminados: “4. a) Los que no están dirigidos contra un objetivo militar concreto, b) los que emplean métodos o medios de combate que no pueden dirigirse contra un objetivo militar concreto o c) los que emplean métodos o medios de combate cuyos efectos no sea posible limitar conforme a lo exigido por el presente protocolo y que en consecuencia, en cualquiera de tales casos, puedan alcanzar indistintamente objetivos militares y a personas civiles o bienes de carácter civil. 5. Se considerarán indiscriminados, entre otros, los siguientes tipos de ataque:… b) los ataques, cuando sea de prever que causarán incidentalmente muertos y heridos entre la población civil o daños a bienes de carácter civil, o ambas cosas, que serían excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directa prevista”.
Si nos atenemos a la crónica del corresponsal del diario “El País” desde el lugar de los hechos, esos límites que marca el derecho internacional no han sido respetados: “Las exiguas infraestructuras públicas y privadas de Gaza quedaron arruinadas por los bombardeos y por las cadenas de los tanques. Quemaron los comercios, hundieron los tendidos eléctricos y destruyeron el suministro de agua y las vías de transporte. Según calcula la ONU, Israel ha destruido más de 3.700 casas. Otras 4.200 están dañadas. Las bombas golpearon al menos 133 colegios y 22 centros de salud. En los lugares más devastados, donde huele a podrido bajo las ruinas, cuesta convencerse de que semejante destrucción fue una tarea humana”.
Frente a estos hechos se suele invocar la razón de Estado. Las guerras son horrorosas, se afirma, pero los Estados tienen razones poderosas que escapan al discernimiento de la gente común. No obstante, cabe recordar aquí que esa razón de Estado es la que llevó a los militares argentinos a desatar una violencia inaudita contra los grupos armados que con soberbia y fatuidad desafiaron su poder. Para estos centuriones se libraba una “guerra antisubversiva”, una suerte de Tercera Guerra Mundial que colocaba las fuerzas patrias en el ineludible deber de librar el combate. Entonces también las víctimas inocentes pasaron a ser indeseados “daños colaterales” de una guerra no buscada.
En palabras de Letourneau, el salvaje instinto del asesinato guerrero tiene muy profundas raíces en el cerebro humano, porque ha sido cuidadosamente cultivado y fomentado durante miles de años. Se proclama el elevado refinamiento de nuestra civilización occidental, pero todavía se acude al uso de la violencia con total desaprensión cuando los pueblos vecinos tienen algo de lo que carecemos o desean algo que tenemos. En el caso de Palestina, la disputa es por un territorio que algunos se adjudican con argumentos ancestrales y otros defienden porque es el del que han sido despojados, como si no fuera posible organizar la convivencia de dos pueblos en un mismo espacio geográfico.
Las guerras territoriales no resuelven las diferencias, sólo las entierran junto a sus víctimas. Generaciones posteriores vuelven a soplar sobre las brasas y reaniman el fuego dormido. No obstante, siempre aparecen hombres ilustrados que, sin exponerse a los peligros de la guerra, salen a proclamar su necesidad y su justicia. Invocan evanescentes ideales o pragmáticas razones. Pero, como señalaba Tolstoi, “matar, sea cual fuere la forma de que se revista y el pretexto que lo encubra, es execrable. La guerra es una vergüenza monstruosa, una aberración sanguinaria, y todo el que justifica la guerra es digno de reprobación y condena”.
ALEARDO F. LARÍA
OPINIÓN
Se estima que la guerra de Irak, según la encuesta Lancet publicada en el 2006, dejó un saldo de 650.000 muertos. El cálculo toma las personas abatidas en los combates y las defunciones por enfrentamientos civiles debido al aumento de la anarquía. Los soldados norteamericanos caídos en combate fueron 4.500 y los mutilados, 32.000. La infraestructura de Irak quedó destruida, mientras que el costo económico para Estados Unidos ha sido estimado en tres billones de dólares. Las cifras son contundentes pero no ayudan a saber si el resultado de este conflicto armado ha servido para algo.
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