Fotos que movilizan desde la historia del terror
SAN CARLOS DE BARILOCHE (AB).- «Mi papá figura como muerto por neumonía en la cárcel, pero mi mamá vio su cadáver degollado. En el entierro contó lo que había visto y esa misma noche se la llevaron a ella también. Nunca más apareció».
El relato estremecedor está firmado por Martín Suter, uno de las jóvenes tucumanos retratados por Julio Pantoja en el ensayo fotográfico que estará expuesto hasta el próximo 31 en la sala de prensa del Centro Cívico.
La muestra propone un recorrido potente y revelador sobre las imágenes de muchos hijos de quienes desaparecieron durante la última dictadura en una de las provincias donde la represión alcanzó mayor ferocidad.
Pantoja (42) es fotoperiodista y actualmente trabaja como editor de la agencia Infoto y forma parte también de la cooperativa Sudaca Photos, especializada en temas de Latinoamérica.
«Desde el operativo Indenpencia en adelante, Tucumán fue un lugar paradigmático por muchas cosas -explica el artista-. La idea de este trabajo surgió cuando se cumplieron 20 años del golpe y la provincia venía de elegir gobernador a (el ex general y represor, Antonio) Bussi».
Pantoja se propuso entonces «decir algo» sobre esos emergentes contradictorios desde la experiencia personal de los hijos, que por ese entonces comenzaban a organizarse y a generar hechos políticos a fuerza de marchas y escraches.
Pero las fotos no colocan la acción en primer plano sino que profundizan en las miradas, que en su serena firmeza se imponen como símbolo nuevo de lo que quisieron matar y no murió.
«El rescate de la memoria se había despersonalizado un poco y por eso empecé a buscar el costado humano y familiar a través de los hijos, que por esos años tenían la misma edad que sus viejos cuando desaparecieron -cuenta Pantoja-. Por eso son retratos cuadrados, íntimos, que en muchos casos surgieron luego de largas charlas donde no faltaron el llanto y el dolor».
Desde un blanco y negro despojado y documental, las imágenes hablan, denuncian, interpelan. Muchos de los jóvenes esgrimen para la lente las antiguas fotos de sus propios padres. Para ellos resultan ser mucho más que un recuerdo, son una bandera y un luz que parece nacida para apagarse nunca. Como dice Pantoja, «los hijos tienen un enganche muy particular y personal con la imagen, porque las fotos en muchos casos son lo más fuerte que les quedó de sus padres. Incluso es llamativo cuántos de ellos se dedicaron a la fotografía, al video y al cine».
No faltan en la muestra los detalles de infinita delicadeza como las máscaras y siluetas difusas que se mezclan entre los retratos y que -al decir del artista- están representando «a los pibes que también desaparecieron», porque fueron asesinados o siguen apropiados.
Así lo viven también algunos de los sobrevivientes del infierno, como Lucía Coronel: «Yo pude no haber aparecido nunca, como tantos otros chicos. Pero los secuestradores de mi mamá me abandonaron en la sala Cuna, de donde me recuperó mi abuela cuando estaba a punto de llevarme una pareja de policías».
Las frases certeras y lacerantes se intercalan entre las fotos y completan la tarea minuciosa de no dejar a nadie indiferente. «Mi papá era muy alegre, le gustaba bailar y cantar. Eso lo salvó la primera vez que vinieron a secuestrarlo. Estaba en un baile de Carnaval. Después tuvo menos suerte», cuenta Laura Coronel.
La muestra ya recorrió otros puntos del país y también fue montada en Estados Unidos, México y Chile. Según Pantoja, la intención no fue poner el acento en el tratamiento estético de las imágenes sino buscar «una repercusión desde la dimensión humana» del terror vivido, salir de la foto preciosista que se agota en sí misma y proponer «una herramienta de reflexión y debate».
Basta con sumergirse en su galería de rostros sabios y militantes para entender que el dolor no paraliza. Efecto logrado.
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