Fracasan los esfuerzos por atrapar a Joseph Kony
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Desde hace dos décadas, el sanguinario “señor de la guerra” africano conocido como Joseph Kony es buscado para apresarlo y tratar de impedir que siga cometiendo crímenes aberrantes y pueda ser juzgado por los muchos ya cometidos. Kony opera en el norte de Uganda y de la República del Congo. También en la caótica República Centroafricana y en Sudán del Sur. Impunemente. En un territorio que conoce bien, como la palma de su mano y es impenetrable desde que está cubierto por una densa vegetación selvática que permite a Kony y los suyos (la llamada “Armada de Resistencia de Dios”) eludir las persecuciones de las que son objeto. Kony, recordemos, ha asesinado o secuestrado violentamente a más de 100.000 personas africanas. Y lamentablemente secuestrado a más de 20.000 niños a los que ha iniciado en el mundo del crimen, forzándolos a tener que consumir drogas y realizar asesinatos y mutilaciones. Pero no ha sido aún atrapado, pese a que los Estados Unidos ofrecen cinco millones de dólares por cualquier información que lleve a capturarlo. Y han enviado a sus especialistas en auxilio de los gobiernos locales de aquellos territorios que Kony asuela. La jungla impenetrable y su movilidad lo han hecho, hasta ahora, inalcanzable. Para desconcertar a sus perseguidores, Kony ha dividido sus fuerzas en pequeños grupos que se mueven con mucha autonomía. Y ha hecho de la jungla su hábitat. Desafiando con éxito a los aviones, a la tecnología, a las informaciones de inteligencia y hasta a los más modernos sistemas electrónicos, que no han servido de nada, en modo alguno, para determinar donde puede estar Kony. Pero, con esta estrategia basada en tener que correr constantemente, Kony ha sido obligado a dejar toda acción ofensiva y concentrarse sólo en sobrevivir, sin ser alcanzado. Razón por la cual, ya no es todo lo peligroso que era antes. Pero sigue siendo un símbolo del desafío a la ley y al orden. Pese a que los 3.000 milicianos que alguna vez Joseph Kony comandó se hayan reducido a apenas unos 300 forajidos que, por el momento, siguen estando a sus órdenes. Sólo Uganda y Estados Unidos se mantienen en su persecución con niveles de eficiencia normales. Los problemas internos de Sudán de Sur y de la República Centroafricana han derivado en que la búsqueda de Kony no sea, para estos dos últimos países, una empresa prioritaria, como lo fue en el pasado. Para Kony la lucha continúa. Va en ello la vida o la libertad. Pero me temo que, tarde o temprano, será apresado. Nadie puede eludir por espacio de muchos años el tipo de persecución constante al que está sometido. Veremos si esta profecía se cumple y la horrenda amenaza que supone siempre Kony deja en algún momento de tener vigencia. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas