Frenos al viraje de la civilización

Redacción

Por Redacción

Sabíamos visto en la tercera de esta serie de notas (1), que tanto por el calentamiento global como por el agotamiento de los hidrocarburos, las profundas y súbitas transformaciones que deben producirse en el mundo configurarán una ruptura histórica, un brusco e inédito viraje en el proceso civilizatorio.

La descomunal cuestión y el escaso margen de tiempo con que se cuenta para ir resolviéndola se ven agravados al menos por dos grandes limitaciones: a) los intereses económicos y de poder internacional que se ponen en juego; b) la inexistencia de plena claridad sobre las vías para salir del atolladero.

 

Los intereses económicos y de poder mundial

 

La renuencia de EE. UU. a suscribir el acuerdo internacional de Kyoto y el leve reconocimiento del problema del calentamiento global, sin comprometer nada para su solución, que suscribió en Bali (2), es la manifestación específica de lo problemático que resulta para las potencias industriales realizar los cambios que se requieren. Basta pensar que sólo para sustituir sus fuentes energéticas, sin sufrir retrocesos económicos, deberían invertir desmesuradas cantidades de dólares. Pero, además, la mayor parte de su enorme estructura industrial se ha vuelto, ante esta nueva realidad, objetivamente obsoleta y también deberá ser reemplazada. Para realizar esas inconmensurables transformaciones, además, se requieren costosas investigaciones científico-tecnológicas y organizativas.

Por otra parte es necesario que todo ese gigantesco, costosísimo y complejo proceso se realice con un grado de organización social que minimice las quiebras de grandes empresas y/o la generación de depresiones o desórdenes económicos severos. Y, claro, como dijimos, tampoco se dispone del tiempo para ir desplegando paulatinamente las inversiones, distribuyendo las amortizaciones de lo que debe ser removido, realizando los estudios necesarios y reduciendo los impactos sobre el presupuesto público y la economía nacional.

Ocurre también que EE. UU. es la primera potencia, pero no una potencia sólida. Año a año se agravan los déficits de su presupuesto público y de su balanza de pagos. «Estados Unidos tiene ahora un déficit comercial con todas las partes del mundo. En el 2006 (los últimos datos anuales), este déficit alcanzaba los 838.271 millones de dólares». «Los extranjeros aceptan los dólares americanos a cambio de sus bienes y servicios porque los dólares pueden ser usados para pagar las cuentas internacionales de cada país. Mediante la acumulación de déficit comercial, Estados Unidos se asegura la financiación de su déficit presupuestario gracias a que los dólares excedentes del resto del mundo son invertidos en bonos del Tesoro norteamericano y otros activos denominados en dólares». (3) O sea, es una economía en decadencia, una nación que está consumiendo más de lo que produce. Ello le ha sido posible porque su moneda interna es a la vez internacional, pero su debilitamiento creciente frente al euro y otras monedas, y el desorden financiero que está viviendo últimamente, con sus principales bancos objetivamente quebrados y salvados por un ingente apoyo financiero internacional, lo ha puesto en grave peligro de hacerle perder ese privilegio clave.

¿Y las potencias europeas no tienen iguales limitaciones? ¿Cómo es que en las conferencias internacionales impulsan propuestas de rápida reducción de la contaminación?

Entendemos que, en primer lugar, sus economías nacionales no tienen la envergadura de la de EE. UU., así como tampoco los graves problemas estructurales mencionados, sino que en general son relativamente sólidas. Por otra parte han comenzado hace años una serie de transformaciones, tanto en desarrollo de nuevas fuentes energéticas como en otro tipo de industrias y también en introducción de originales métodos de producción.

Estados Unidos en cambio jugó durante décadas -a partir de 1973, cuando se creó la OPEP- la estrategia central de dominar o directamente apoderarse de los yacimientos petrolíferos de Medio Oriente y la remató con la invasión a Irak (4). Estrategia costosa económica y políticamente que lo ha encerrado y lo obliga a tratar de maximizar la continuación en la utilización de los hidrocarburos, especulando con las ventajas de tenerlos asegurados a precios bajos en la etapa de encarecimiento y sustitución de esa fuente energética.

Esa potencia mayor en lo militar, con sus bases económicas debilitadas y un creciente desorden en su sector financiero, ante el afianzamiento económico de la Europa unificada y el avance acelerado de las potencias emergentes, especialmente China e India, ha entrado en una dinámica de retroceso en el tablero de fuerzas mundial.

En esa situación tratará de evitar o demorar al máximo el debilitamiento que le produciría implementar los ingentes cambios requeridos por el calentamiento global del planeta.

 

 

(1) Ver 3ª Nota: «El quiebre en la historia», Diario «Río Negro» del 16/1/08.

(2) Ver 2ª Nota. «Cambio climático: una abstracta preocupación», Diario «Río Negro» del 24/12/07.

(3) Paul Craig Roberts: «Economía de EE. UU.: RIP»…

El autor fue secretario asistente del Tesoro en la Administración Reagan. Fue editor asociado de la página Editorial del Wall Street Journal y editor colaborador de la National Review.

(4) Refiriéndose al aumento del precio del petróleo cuando se creó la OPEP, el tratadista Paul Isbell dice: «… la respuesta más clara a esta primera alarma energética no fue el desarrollo de una política profunda para transformar la base de la economía energética, diversificando las fuentes de energía y reduciendo la dependencia mundial del petróleo (y sus «hermanos fósiles», el gas y el carbón), sino una política de diversificación de las fuentes geográficas (y políticas) de los mismos hidrocarburos y de minar la viabilidad política y fuerza económica del cartel de la OPEP. Paul Isbell: «Nuevo escenario energético y sus implicaciones geopolíticas». DT Nº 21, 30/5/2007.

 

 


Sabíamos visto en la tercera de esta serie de notas (1), que tanto por el calentamiento global como por el agotamiento de los hidrocarburos, las profundas y súbitas transformaciones que deben producirse en el mundo configurarán una ruptura histórica, un brusco e inédito viraje en el proceso civilizatorio.

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