Freudianos y antifreudianos

Cuenta Mario Bunge que en sus años del secundario tenía en el cuarto de estudio sendos retratos de sus héroes máximos: Marx, Freud y Einstein. El primero en bajar, años después, fue Freud. Ya maduro, este tábano filosófico que vive en Canadá pero vuelve a menudo al país, tuvo siempre entre las víctimas preferidas de su aguijón justamente al psicoanálisis. Lo califica de «pseudociencia» , fundado en que «no pasa» el filtro científico : como la Astrología o la Parapsicología, no cumple el mandamiento: «Buscarás leyes con el sudor de tu frente y las utilizarás para explicar y predecir». La diferencia entre ciencia y pseudociencia es que las afirmaciones científicas pueden ser demostradas como erróneas (falsabilidad), pero las otras no. (Reconoce, sin embargo, que Freud y sus discípulos tuvieron el coraje de abordar la problemática sexual). Bunge, para deleite de periodistas e indignación de los psicoanalistas, hunde más el aguijón : «El psicoanálisis se anima a explicarlo todo y se atreve a entremeterse en la vida privada de miles de infelices enfermos mentales». Este crítico no está solo en su cruzada contra una disciplina en ocaso. Lo acompañan en general los científicos «duros» – que ponen sus esperanzas en las neurociencias – y una pléyade de desencantados con las teorías del maestro vienés. Los más duros entre estos son los apóstatas que ven ahora al inventor de la psicoterapia como megalomaníaco en lo personal y fraudulento en lo científico, un personaje que manipuló su biografía y falsificó evidencias. Entre ellos no ha faltado quien hasta ha llegado a calificarlo como «uno de los grandes villanos intelectuales del siglo».

No carece, contrariamente, de defensores y partidarios. Aparte de la importante cantidad de profesionales que mantienen su fe en la disciplina y la sostienen airosamente, no son pocos los que, contra los revisionistas, ponen de relieve la calidad revolucionaria de varias posiciones psicoanalistas y la permanencia de conceptos como «inconsciente dinámico», «transferencia», «represión» y «sexualidad infantil». Hasta psicólogos cognitivos que han virado, abandonando el mundo de psicoanálisis, hacia actividades que hoy consideran las únicas legítimas en el estudio de la mente ( Cibernética, Inteligencia Artificial, Lingüística, Robótica y Neurofisiología), suelen reconocer que, si bien en los últimos 50 años se ha avanzado en el conocimiento del cerebro, no se está más cerca que aquél en cuanto a entender los misterios del sexo, el pensamiento, la hipocresía, la decepción y la mentira. Saber que hay exceso de un neurotransmisor cuando estamos deprimidos no explica la depresión mejor que la teoría de Freud ; ni el análisis de los niveles de los neurotransmisores nos ayuda a entender nuestros sentimientos, por qué los tenemos, qué los causa, cuánto durarán y cómo podemos evitarlos.

Freud marcó profundamente el siglo XX y, aunque los vientos actuales se muestren resueltamente desfavorables, el clima de nuestra cultura permanece, cien años después de la invención del psicoanálisis, marcadamente Freudiano. Para advertirlo es suficiente pensar en el enjambre de términos y metáforas que pululan en nuestro lenguaje corriente («Edipo», «ego», «suoerego», «represión», «acto fallido», «complejo», «sublimación», «inconsciente», etc.). Quizá la incuestionable influencia cultural de sus doctrinas tenga que ver con las grandes dotes literarias que su autor poseía. Freud transitó entre la ciencia y la literatura. El estilo de su prosa no es inferior al de los grandes maestros. Como ellos, no carecía de vanidad literaria; así juzgaba su propia obra con criterio a menudo estético tanto como intelectual o científico. Por eso consideraba «La Interpretación de los Sueños» como su libro más significativo. Por cierto, los «casos» que allí narra – más de 300 – no se leen como textos clínicos sino más bien como excelentes textos de ficción. Freud no recibió, como era su ilusión, un Nobel de ciencias. Tuvo en cambio el premio Goethe, el más prestigioso que Alemania dedica a los humanistas. Al recibirlo en 1930, a los 74 años, escribió en su Diario, satisfecho pero melancólico : «El Nobel, omitido definitivamente. Pienso que Goethe no habría rechazado el psicoanálisis como inamistosamente lo han hecho muchos contemporáneos».

Pero lo importante para explicarnos el porqué de la penetración de las teorías Freudianas en la cultura de Occidente es que organizamos nuestras experiencias personales y sociales en la forma de una narrativa. Representamos nuestras vidas, a nosotros mismos y a los demás, como un relato, como una narración. (El propio psicoanálisis reconoce ahora que la personalidad implica narración, siendo la «neurosis» un relato reflexivo insuficiente o inapropiado sobre sí mismo). La narrativa es la manera como organizamos nuestras vivencias personales y sociales. Aunque tantos críticos consideren al médico austríaco equivocado en sus teorías psicológicas, el escritor -el mitógrafo del alma, como ha sido calificado – produjo narraciones (sobre el inconsciente, el sexo, los sueños, la infancia, la agresión, el amor y el odio, etc.) que siguen ayudando a los hombres a entender el mundo en que viven y acomodarse en él.


Cuenta Mario Bunge que en sus años del secundario tenía en el cuarto de estudio sendos retratos de sus héroes máximos: Marx, Freud y Einstein. El primero en bajar, años después, fue Freud. Ya maduro, este tábano filosófico que vive en Canadá pero vuelve a menudo al país, tuvo siempre entre las víctimas preferidas de su aguijón justamente al psicoanálisis. Lo califica de "pseudociencia" , fundado en que "no pasa" el filtro científico : como la Astrología o la Parapsicología, no cumple el mandamiento: "Buscarás leyes con el sudor de tu frente y las utilizarás para explicar y predecir". La diferencia entre ciencia y pseudociencia es que las afirmaciones científicas pueden ser demostradas como erróneas (falsabilidad), pero las otras no. (Reconoce, sin embargo, que Freud y sus discípulos tuvieron el coraje de abordar la problemática sexual). Bunge, para deleite de periodistas e indignación de los psicoanalistas, hunde más el aguijón : "El psicoanálisis se anima a explicarlo todo y se atreve a entremeterse en la vida privada de miles de infelices enfermos mentales". Este crítico no está solo en su cruzada contra una disciplina en ocaso. Lo acompañan en general los científicos "duros" - que ponen sus esperanzas en las neurociencias - y una pléyade de desencantados con las teorías del maestro vienés. Los más duros entre estos son los apóstatas que ven ahora al inventor de la psicoterapia como megalomaníaco en lo personal y fraudulento en lo científico, un personaje que manipuló su biografía y falsificó evidencias. Entre ellos no ha faltado quien hasta ha llegado a calificarlo como "uno de los grandes villanos intelectuales del siglo".

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