Futuro blanqueado
Sabedora de mi gusto por la ciencia ficción, mi amiga Cynthia me comentó de “El precio del mañana”. Esta película, rodada el año pasado y ambientada en 2.161, muestra uno de los futuros posibles. Diría, quizás, uno de los futuros probables. Le cuento una súper síntesis del argumento: el gen del envejecimiento ha sido anulado. Todo el mundo vive hasta los 25 años. A partir de esa edad, empieza a correr, en cuenta regresiva, un reloj que tiene un año de chance, grabado en su antebrazo. Hay que ganarse la vida. Si usted es pobre, sus posibilidades de vivir más tiempo son mucho menos que la gente rica, que puede atesorar siglos, milenios… De esta forma, hay subzonas, desde los guetos hasta los barrios exclusivos. Pasar de una zona a otra implica un peaje, descontado de su reloj, un peaje cada vez más caro, como todo lo que se consume; así desalientan el acceso social. *** La pareja protagónica, Justin Timberlake, el de “La red social”, y Amanda Seyfried, la de “Caperucita Roja” son nuestros héroes, uno muy pobre, que pelea su tiempo día a día; ella muy rica, y se encontrarán y… El desarrollo se sostiene; a veces mejor, a veces demasiado predecible. En realidad, lo que me impactó de esta película es que todo era muy familiar, a la vez que demasiado brutalmente blanqueado. Dígame si expresiones como “vivir al día”, “ganar tiempo”, “perder tiempo”, no son moneda común. Es como si el director y guionista, Andrew Nicol –que ya incursionó en el género con “Gattaca”-, hubiese potenciado la realidad hasta un sinceramiento extremo. (En realidad, éste es el único, original, elemento de ficción: el reloj carnal, el cambio de dinero por tiempo. Nada de vehículos voladores, ni superejércitos, ni invasiones extraterrestres.) *** ¿Cuál es la expectativa de vida en los lugares paupérrimos, en guerra permanente, en villas de emergencia? ¿Qué dice su reloj temporal? Cuando escucho que “la expectativa de vida” se ha prolongado mucho, que antes apenas se llegaba a los cuarenta y ahora se empieza a vivir a esa edad, parecería esa loca carrera por derrotar al gen del envejecimiento. Aunque decir que ahora se puede vivir bien hasta los setenta años es un promedio, un promedio engañoso. Es válida para quienes puedan ganarle al tiempo, ese combo de calidad de vida, buenos tratamientos si se enferma, y hasta retrasar la muerte más que la mayoría. *** Ahora bien, algunas cosas notables de la película es que la gente con mucho tiempo de vida, circula lentamente. En todo. Y esto es porque les queda mucha cuerda en el reloj y porque si arriesgan, supongamos, si se meten en el mar a nadar, se pueden ahogar, como cualquier hijo de vecino. Así que timbean, apostando tiempo, y ésa es su adrenalina. La muerte se aleja, para los ricos, a un precio muy alto en emoción. La muerte se acerca, a medida que se aleja la riqueza, para los que arriesgan la vida para tener un mañana. Con sus matices – conozco, o usted también, gente de mucha plata que flirtea con el abismo de puro aburrida -, sí que todo suena muy familiar.
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
en clave de Y
Sabedora de mi gusto por la ciencia ficción, mi amiga Cynthia me comentó de “El precio del mañana”. Esta película, rodada el año pasado y ambientada en 2.161, muestra uno de los futuros posibles. Diría, quizás, uno de los futuros probables. Le cuento una súper síntesis del argumento: el gen del envejecimiento ha sido anulado. Todo el mundo vive hasta los 25 años. A partir de esa edad, empieza a correr, en cuenta regresiva, un reloj que tiene un año de chance, grabado en su antebrazo. Hay que ganarse la vida. Si usted es pobre, sus posibilidades de vivir más tiempo son mucho menos que la gente rica, que puede atesorar siglos, milenios… De esta forma, hay subzonas, desde los guetos hasta los barrios exclusivos. Pasar de una zona a otra implica un peaje, descontado de su reloj, un peaje cada vez más caro, como todo lo que se consume; así desalientan el acceso social. *** La pareja protagónica, Justin Timberlake, el de “La red social”, y Amanda Seyfried, la de “Caperucita Roja” son nuestros héroes, uno muy pobre, que pelea su tiempo día a día; ella muy rica, y se encontrarán y… El desarrollo se sostiene; a veces mejor, a veces demasiado predecible. En realidad, lo que me impactó de esta película es que todo era muy familiar, a la vez que demasiado brutalmente blanqueado. Dígame si expresiones como “vivir al día”, “ganar tiempo”, “perder tiempo”, no son moneda común. Es como si el director y guionista, Andrew Nicol –que ya incursionó en el género con “Gattaca”-, hubiese potenciado la realidad hasta un sinceramiento extremo. (En realidad, éste es el único, original, elemento de ficción: el reloj carnal, el cambio de dinero por tiempo. Nada de vehículos voladores, ni superejércitos, ni invasiones extraterrestres.) *** ¿Cuál es la expectativa de vida en los lugares paupérrimos, en guerra permanente, en villas de emergencia? ¿Qué dice su reloj temporal? Cuando escucho que “la expectativa de vida” se ha prolongado mucho, que antes apenas se llegaba a los cuarenta y ahora se empieza a vivir a esa edad, parecería esa loca carrera por derrotar al gen del envejecimiento. Aunque decir que ahora se puede vivir bien hasta los setenta años es un promedio, un promedio engañoso. Es válida para quienes puedan ganarle al tiempo, ese combo de calidad de vida, buenos tratamientos si se enferma, y hasta retrasar la muerte más que la mayoría. *** Ahora bien, algunas cosas notables de la película es que la gente con mucho tiempo de vida, circula lentamente. En todo. Y esto es porque les queda mucha cuerda en el reloj y porque si arriesgan, supongamos, si se meten en el mar a nadar, se pueden ahogar, como cualquier hijo de vecino. Así que timbean, apostando tiempo, y ésa es su adrenalina. La muerte se aleja, para los ricos, a un precio muy alto en emoción. La muerte se acerca, a medida que se aleja la riqueza, para los que arriesgan la vida para tener un mañana. Con sus matices – conozco, o usted también, gente de mucha plata que flirtea con el abismo de puro aburrida -, sí que todo suena muy familiar.
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