Gana la tecnología
Aunque todos los dirigentes políticos e intelectuales se afirman partidarios de la industrialización por entender que, a menos que el país logre dotarse de un sector manufacturero competitivo, no podrá dejar atrás el subdesarrollo, la mayoría se resiste a adoptar actitudes apropiadas para la clase de sociedad que tantos dicen creer deseable. De haber sido menos superficial la presunta convicción de que es urgente que el país modernice la economía cuanto antes, el gobierno kirchnerista hubiera aprovechado la gran oportunidad brindada por el aumento notable del precio de la soja y otros productos agrícolas en los mercados internacionales, pero tuvo otras prioridades. Más bien, festejó lo que tomó por evidencia de que por fin se había frenado el deterioro de los términos de intercambio entre productos primarios y agrícolas por un lado y bienes industriales por el otro que tanto había indignado a generaciones de progresistas latinoamericanos. Con todo, si bien la tendencia así supuesta se revirtió a inicios de lo que la presidenta saliente Cristina Fernández de Kirchner calificaría de “la década ganada”, sólo fue cuestión de un intervalo pasajero posibilitado por la liberalización económica de China. Como pudo preverse, el boom de las commodities resultó ser relativamente breve y, a pesar de que los precios de muchos productos sigan siendo más elevados de lo que eran en los años finales del siglo pasado, están desmoronándose los “modelos” populistas que por un rato hizo viables. Desgraciadamente para quienes imaginaban que para que una sociedad progresara le sería suficiente contar con recursos naturales abundantes, todo hace pensar que en adelante el crecimiento dependerá de la productividad del conjunto. Aunque casi todos coinciden en que es necesario adaptarse a las exigencias de la “economía del conocimiento” así supuesta, no se trata de una opción fácil sino de una sumamente ardua. Se habla mucho del derecho de todos a acceder a las nuevas tecnologías –quienes sacralizan los recursos naturales, en especial el petróleo, en nombre de la soberanía nacional suelen ser los más elocuentes en tal sentido–, pero importarlas puede plantear muchos desafíos debido a la escasez de personas capacitadas para aprovecharlas. El cambio que está experimentando tanto nuestro país como muchos otros es en buena medida una consecuencia de lo que está sucediendo en otras partes del mundo. Es legítimo considerar al populismo latinoamericano un epifenómeno ocasionado por la transformación de China en una gran potencia comercial y la política de dinero fácil adoptada por Estados Unidos, Japón y la Unión Europea. Sea como fuere, aunque no cabe duda de que la situación incómoda en que se encuentra la Argentina se ha visto agravada por la irresponsabilidad del gobierno de Cristina, sus problemas parecen menores en comparación con los de países como Venezuela que dependen aún más de sus riquezas naturales. No se equivocan los chavistas cuando atribuyen a Estados Unidos el colapso económico del país que gobiernan, pero no se trata de los resultados de una estrategia astuta ideada por el presidente Barack Obama y sus asesores sino de la capacidad notable de los norteamericanos para adaptarse a nuevas circunstancias. Sea como fuere, sería difícil exagerar la importancia geopolítica de la caída vertiginosa del precio del petróleo que fue provocada por la decisión de una multitud de empresas privadas estadounidenses de apostar a la fracturación hidráulica o fracking, para extraer petróleo del esquisto. En un esfuerzo tardío por recuperar terreno, Arabia Saudita y otros integrantes de la OPEP eligieron mantener su propia producción en su nivel habitual con la esperanza de que dichas empresas, cuyos costos productivos eran mucho más altos, cayeran en la bancarrota, pero parecería que la estrategia así supuesta no ha funcionado. Para sorpresa de los miembros de la OPEP, y desconcierto de los que en nuestro país habían imaginado que el petróleo y gas de Vaca Muerta reemplazarían la soja como una fuente de recursos financieros que podrían manejar los políticos, merced a los avances tecnológicos los costos del fracking siguen reduciéndose, lo que le ha permitido a los comprometidos con la tecnología anotarse un nuevo triunfo sobre aquellos que dependen de la suerte geológica.
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