Centro Cívico de Bariloche: el ícono de piedra que redefinió la identidad patagónica

Mucho más que una postal: la historia secreta del Centro Cívico de Bariloche. Del mundo de los pioneros al proyecto de Ernesto de Estrada, un recorrido por el trazado de 1906, el impacto del lagomoto y la planificación que definió la identidad de la Patagonia.

Por Edith Cabrera

El 17 de marzo de 1940, San Carlos de Bariloche estrenó el primer conjunto de edificios públicos agrupados del país. Diseñado en una gran “U” que abraza una plaza seca abierta al Nahuel Huapi, el Centro Cívico nació para centralizar la vida institucional: Municipalidad, Policía, Aduana, Encotel, el Museo Francisco P. Moreno y la Biblioteca Sarmiento se unieron bajo un mismo lenguaje de piedra y hormigón.

El proyecto incluía un muelle nuevo, construido sobre las cenizas del aserradero de Primo Capraro. Sin embargo, la naturaleza impuso su ley: en 1960, el monumental terremoto de Valdivia generó un lagomoto que destruyó el embarcadero, dejándolo sumergido para siempre en el olvido.

El muelle original del Centro Cívico, diseñado para reemplazar al antiguo embarcadero de madera de Primo Capraro. Esta estructura desapareció tras el devastador lagomoto de 1960

El imperio de madera de Primo Capraro

Antes de esta monumentalidad, el paisaje era radicalmente distinto. El núcleo del Bariloche pionero latía en los terrenos que hoy ocupa el Centro Cívico. Allí, Primo Capraro dirigía un ecosistema de corralones, aserraderos y almacenes que conectaban a la región con Chile.

Plano de relevamiento de 1958 que detalla la disposición del Centro Cívico sobre la fracción de 2.000 m² que perteneció a Primo Capraro

La vida cotidiana se dividía por arquitectura: el caserón del personal casado se ubicaba donde hoy está la Biblioteca Sarmiento, mientras que los solteros ocupaban el espacio de la actual Municipalidad. Don Primo llegó a emplear a trescientos operarios, muchos de ellos compatriotas italianos a quienes les financiaba el pasaje desde Europa para luego descontárselo de sus haberes.

Aquellas instalaciones eran un tributo al ciprés local. Paredes de tablas machimbradas de 5 pulgadas, pisos de 7 y techos de alerce hachuelado traído de Chile con pendientes de 30º para resistir la nieve. Pero este modelo entró en crisis en 1911 con las trabas aduaneras, y la estocada final llegó en 1920 con la primera aduana, iniciando una decadencia que muchas poblaciones fronterizas nunca pudieron revertir.

Ernesto de Estrada: el urbanista que «rompió» el plano

En 1936, el arquitecto Ernesto de Estrada se sumó a Parques Nacionales con un desafío: reestructurar la ciudad. Aunque Alejandro Bustillo ya había esbozado tres edificios, fue De Estrada quien ideó el conjunto definitivo para dar identidad a la ciudad.

Detalle de los grandes arcos de medio punto. La transición del «imperio de madera» de los pioneros a la monumentalidad de la piedra casi sin trabajar definió la estética definitiva de Bariloche

Buscaban un símbolo cosmopolita con aires europeos para «afianzar la nacionalidad argentina», según las palabras —a veces contradictorias— de Exequiel Bustillo. Curiosamente, el Centro Cívico no iba a estar allí: se planeó 500 metros al este, sobre el centro comercial de hoteles y cines de la época. Aquel trazado de 1906 era un damero de 86 manzanas rígidas que ignoraban la montaña. Por los altos costos y la especulación inmobiliaria, se decidió mudar el proyecto a la periferia, comprando los 2.000 m² de la propiedad de Capraro.

El nacimiento del «Estilo Bariloche»

La transformación fue abrupta. La meticulosa labor artesanal de la madera fue reemplazada por hormigón armado, piedras rústicas, troncos en bruto y pizarras. Lucarnas, balcones y arcos dieron al conjunto un aire de «arquitectura popular espontánea», aunque regida por una unidad estética estricta.

Construcción del Centro Cívico, año 1938

Nació así el «Estilo Bariloche» (o estilo Bustillo). En pocos años, la escala de estas obras relegó las construcciones de madera de los pioneros al subsuelo de la historia. Sin embargo, a pesar de sus diferencias estéticas, ambos mundos compartían un mismo norte: la profunda valoración del paisaje y la necesidad de fundirse con él en una sola identidad.


El 17 de marzo de 1940, San Carlos de Bariloche estrenó el primer conjunto de edificios públicos agrupados del país. Diseñado en una gran “U” que abraza una plaza seca abierta al Nahuel Huapi, el Centro Cívico nació para centralizar la vida institucional: Municipalidad, Policía, Aduana, Encotel, el Museo Francisco P. Moreno y la Biblioteca Sarmiento se unieron bajo un mismo lenguaje de piedra y hormigón.

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