Huracanes o tifones: los monstruos atmosféricos
Estas enormes masas de aire se forman en los mares cálidos, donde se encuentren agua caliente (26° aproximadamente), aire húmedo y una perturbación que haga girar los vientos.
por: RANDY NIEVES
Para los indígenas del Caribe eran la materialización del mal, potentes y caprichosos monstruos atmosféricos que siembran destrucción y muerte a su paso, y que fueron denominados con el nombre de un dios malévolo en su mitología: Juracán.
Todos los años, de junio a noviembre, residentes de la cuenca del Atlántico, el Caribe y el Golfo de México deben lidiar con estos fenómenos, que usualmente se forman entre Africa y América, a veces más intensos, otras más débiles, y siempre con rutas influenciadas por las condiciones atmosféricas prevalentes en su camino.
Aunque ni la ruta de un ciclón y menos su intensidad pueden pronosticarse con total certeza, las autoridades pueden rastrearlos y emitir boletines alertando a naves y a personas en la ruta del huracán que se salgan de ella, para evitar muertes.
Cuando un huracán se acerca, la primera preocupación de los residentes en la ruta del ciclón es la velocidad de sus vientos.
Y sin embargo no es la velocidad a veces aterradora del aire, el símbolo en definitiva de un huracán, el mayor peligro que generan los ciclones.
Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica estadounidense (NOAA) «históricamente las inundaciones por marejada ciclónica han cobrado más víctimas (nueve de cada 10) que los vientos» en zonas costeras, y tierra adentro son las lluvias e inundaciones el mayor peligro.
La marejada ciclónica son enormes olas, parecidas a «colinas de agua», que pueden llegar a seis o siete metros de altura (20-25 pies) formadas por el empuje de los fuertes vientos contra el océano.
Tierra adentro, las intensas lluvias pueden provocar catástrofes, como hizo «Mitch» en Honduras y Nicaragua en octubre de 1998. Aun antes de entrar por el norte de Honduras el 29 de octubre con vientos de 158 km/h (98 mph), lo que lo hacía un huracán menor, «Mitch» traía precipitaciones de hasta 88 cm (35 pulgadas), provocando inundaciones y deslizamientos que mataron más de 18.000 personas. Así pues, independientemente de la intensidad de sus vientos, los huracanes son de temer.
No son exclusivos del Atlántico; se forman también en el Pacífico y en el Indico. Se llaman tifones en el Pacífico noroccidental, y en el Indico, por ejemplo, llevan tres nombres de acuerdo a la región en donde se formen: ciclón tropical severo (sureste y suroeste), tormenta ciclónica severa (norte) o ciclón tro
pical (suroeste).
No importa como se llamen, estos ciclones son la misma cosa: un sistema de baja presión que se forma en aguas tropicales o subtropicales, con una convección organizada (aire y humedad que asciende y desciende) y circulación de viento en espiral en la superficie.
Los huracanes toman su nombre de «Juracán», el dios del mal en la mitología de los indígenas caribeños, y de las tormentas en la mitología maya. Ya en 1495 la palabra «huracán» aparecía en diccionarios españoles para describir a estas severas tormentas que azotaban el Caribe.
¿Qué es un huracán? Un huracán o tifón, en esencia, funciona como una máquina de vapor, se forma y se alimenta sólo en los mares cálidos y necesita que varia condiciones se den en el lugar y momento preciso, por ejemplo: agua caliente a por lo menos 26,6 grados Celsius (80 F), aire húmedo y una perturbación que haga girar a los vientos.
El aire caliente, más ligero, se eleva, aspirando la humedad del mar y creando nubes. En su camino ese aire caliente se enfría rápidamente y libera energía que a su vez calienta más aire a su alrededor y los vientos remontan en altura y dan a las nubes un movimiento en espiral.
La presencia de una perturbación, como vientos convergentes de distintas direcciones, succiona más aire caliente de la superficie y los vientos comienzan entonces a girar y la maquinaria del ciclón está en marcha.
Ya tiene más o menos un movimiento giratorio, aunque bastante desorganizado. Si los vientos ascienden o descienden muy rápido el sistema no podrá organizarse, tal como suele ocurrir en el Atlántico sur. Un ciclón se llama «depresión tropical» hasta que sus vientos máximos sostenidos (durante un minuto) lleguen a 62 km/h (39 mph); luego se convierte en «tormenta tropical», reciben un nombre, y quedan en esa categoría hasta que sus vientos lleguen a 119 km/h (74 mph), y en «huracán» de ahí en adelante.
Las oficinas meteorológicas en el Atlántico y Pacífico nororiental usan un sistema de clasificación que va del 1 al 5 para describir la intensidad de los huracanes basada en el daño que pueden provocar a la propiedad sus vientos e inundaciones.
Fue desarrollada en 1969 por un ingeniero, Herbert Saffir, para describir los daños a la propiedad esperados por la velocidad de los vientos de un huracán.
El director del Centro Nacional de Huracanes (CNH), Bob Simpson, la amplió colocando los daños esperados por la magnitud de la marejada ciclónica. La escala fue denominada Saffir-Simpson, y es descrita de la siguiente manera: Categoría 1 (daños mínimos), 2 (moderados), 3 (extensos), 4 (extremos) y 5 (catastróficos). La temporada de huracanes en el Atlántico en 2005 es considerada una de las más activas, con 17 tormentas nombradas a mediados de septiembre, de las cuales nueve se convirtieron en huracanes.
(AFP)
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por: RANDY NIEVES
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