Incertidumbre

Por Jorge Gadano

Por Redacción

Son calamidades de la especie humana o de la naturaleza, tanto da. El resultado es la muerte que, mes a mes, semana a semana, cobra cientos, miles, decenas de miles de víctimas. La tragedia se llama Kosovo o Timor cuando los asesinos son los hombres, Turquía o Taiwán cuando la tierra tiembla. Aunque, para no ser injustos con la naturaleza, habría que decir que hay una mano negra en todas las masacres.

El martes pasado los diarios mostraron en sus portadas la mejor foto del terremoto en las capital taiwanesa, Taipei. Se podía ver un hotel «derrumbado como si fuera de papel», según un epígrafe. No era de papel pero, muy probablemente, haya sido de estructura tan débil como el régimen construido en esa isla por Chiang Kai Shek cuando, en 1949, huyó de la China continental corrido por Mao Tse Tung. Por su éxito económico es también un «tigre asiático», pero es a la vez un «tigre de papel» del cual el Ejército de China comunista no puede adueñarse porque toda vez que se trasluce esa intención los Estados Unidos ponen cara de disgusto y los chinos retroceden.

Viene bien recordar, ya que de tigres se trata, que ésa es una de las tantas especies animales en riesgo de desaparición. Ya en marzo de 1998 la organización ecologista World Wildlife Fund dio la voz de alarma. Denunció que sólo quedaban en el mundo cinco mil tigres, y que en China los que vivían en libertad no pasaban de cien. En las selvas del sur de China sobrevivirían unos 30 tigres de Bengala y otros tantos de Indochina. En la frontera de China y Rusia los cazadores mataron unos 50 tigres por año entre 1991 y 1994. No buscan sólo la piel, porque todo vale. Hay recetas milagrosas con múltiples aplicaciones medicinales de los ojos, el cerebro, el rabo y hasta los pelos de la barba. Los huesos se cotizaban a 1.800 dólares el kilo. Eso en China donde, después del dragón, el tigre es el principal protagonista en la mitología que sobrevive al comunismo.

Son muy pocas, en la tierra o en el mar, las especies que se salvan de la masacre. El pingüino empetrolado es un patético testigo de los atentados. Pero también los lobos de Etiopía, salvados de la extinción por el biólogo argentino Claudio Sillero; las orcas, cuya vida en cautiverio se reduce de 40 a siete u ocho años; la merluza, acosada por los pesqueros; y hasta nuestro exclusivo tatú carreta, amenazado por las deforestación de los quebrachales, la caza de subsistencia y la de los traficantes.

La deforestación de los bosques de quebracho, convertidos en leña, sería lo de menos. El «pulmón del mundo», la selva amazónica, perdió más de 60.000 kilómetros cuadrados de bosques entre 1995 y 1997. Reaparecen aquí, para explicar el fenómeno, los «tigres asiáticos», empresas madereras de ese origen que son las principales depredadoras de la región. Una investigación oficial estableció que tales empresas son dueñas de más del 80% de las tierras en las áreas que albergan especies de maderas finas. En complicidad con gobiernos locales las empresas violan normas federales para aserrar unos seis millones de hectáreas de bosques por año.

No es sólo la explotación de la madera la causa de la devastación. En las principales zonas de deforestación, que abarcan los estados de Mato Grosso, Pará, Rondonia y Tocantins, el método de liquidación de bosques es el incendio, y la causa es la utilización de las tierras para plantaciones y cría de ganado. Naturalmente, la madera no deja de ser un incentivo económico: según un informe del Instituto Brasileño del Medio Ambiente, miles de agricultores han iniciado una marcha hacia la selva, porque la madera les ofrece una posibilidad de beneficios inmediatos para financiar los cultivos.

La destrucción sistemática del bosque amazónico podría tener, estando a las voces de alerta que no son escuchadas, gravísimas consecuencias en el clima del planeta. El presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, aún sin referirse específicamente al caso amazónico, habló hace algunos días de las catástrofes que llegarán por el recalentamiento del planeta.

Según una proyección de Naciones Unidas, las consecuencias serían graves dentro de no mucho tiempo. Buenos Aires se achicharraría con una media veraniega de 45 grados y una sensación térmica de 50. Ese informe, de hace un par de años, prevenía contra el deshielo de los casquetes polares, un fenómeno que ya se pudo advertir en estos días cuando un iceberg de superficie mayor a la de la capital de la República se desprendió del territorio antártico.

El bosque chileno tampoco se salva. En abril de 1998 este diario publicó un informe de la experta de Greenpeace María Luisa Robleto, bajo el título «Chile podría quedar convertido en un gran desierto». Robleto cuestionó la mentalidad cortoplacista que se aplica a la explotación del bosque, por lo general combinada con el argumento -casi imbatible en tiempos de desocupación- de la apertura de fuentes de trabajo. Dijo que «se instala una empresa forestal en algún lugar y promete inversiones por cinco años. Nadie piensa que al sexto año, cuando la empresa se retire, ya no quedan fuentes laborales y tampoco árboles».

Ante el advenimiento del tercer milenio -que por decreto llegará este fin de año, cuando en realidad debería producirse al finalizar el 2000- hay una variedad de preguntas, pero lo que sobresale es la incertidumbre sobre el destino del género humano.


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