Intentan recuperar la esperanza a 7 meses del alud

La tragedia afectó economía, familias y vida institucional. Crudos testimonios de los sobrevivientes.

Redacción

Por Redacción

TARTAGAL.- Ayer se cumplieron siete meses desde que un aluvión de barro y troncos afectó media ciudad de Tartagal, en el norte salteño, provocando tres muertes y millonarias pérdidas. A partir de entonces, los habitantes intentan recuperar la tranquilidad exigiendo la colocación de alarmas que den la alerta ante posibles nuevas crecidas extraordinarias y, también, solicitando las obras de contención necesarias para evitar desbordes. Pretenden, además, obtener algo de los bienes que el agua se llevó y, fundamentalmente, reencontrarse con la esperanza de un futuro más alentador que el caótico presente.

Tras el desastre natural, otros efectos no deseados se ciernen sobre la comunidad. La falta de transparencia en el manejo de los fondos para la reconstrucción sumergió a la municipalidad en una crisis institucional que derivó en el juicio político contra el intendente Sergio Napoleón Leavy (ver aparte).

Mientras esto ocurre en ámbitos formales, los ciudadanos simples no pueden olvidarse de lo que vivieron aquel 9 de febrero. «Eran las 8:45, estábamos tomando mate y sentimos un ruido extraño», recuerda Néstor Pecho, un sastre de 75 años que vive con su mujer, Luciana de 76, y su hijo, Jorge Marcelo de 39.

«La semana anterior también había llovido fuerte y yo había ido a arreglarle el techo a la vecina que vivía en una casita acá al lado», comenta el joven que junto a sus padres habita un vivienda de material, con un piso superior en construcción, frente al río Tartagal, a menos de 50 metros del sitio donde estuvo el puente carretero que destrozó el alud.

El relato de Jorge Marcelo estremece. Ese lunes, intentó nuevamente ir a ayudar a doña Modesta, pero el agua se lo impidió. Como pudo, regresó a su casa, intentó junto sus padres bloquear las puertas del frente, pero al notar que era en vano los tres salieron por el pasillo hacia el fondo. Iban en busca de la escalera que conduce al techo.

Para llegar debieron salir a través de una ventana, rompiendo la tela «mosquera», ya que las puertas se habían bloqueado con el lodo. «Cuando estuvimos arriba, ellos se sentaron y yo me asomé al borde. Ahí vi como el agua arrastraba la casita de al lado, la tiraba contra el paredón nuestro, se abrían las paredes y salían doña Modesta y su hija Rosa, que se fueron con el agua», cuenta el joven. No dijo nada a sus padres para no afectarlos aún más. Desde allí, pensando que la casa también sería destrozada, caminaron por los techos hasta casas linderas, alejándose del cauce más fuerte. Se encontraron minutos después con la hija de Rosa, su marido y la bebé de un año y medio que sobrevivieron milagrosamente. En cambio, las dos mujeres ancianas fueron las víctimas reconocidas del desastre. El tercero fue un NN que nadie reclamó.

Más de tres horas después, pudieron regresar a la casa. «Había quedado vacía, el agua se había llevado todo. Tapamos a la bebé con un trapo que encontramos y nos vinieron a buscar para evacuarnos», comenta Jorge Marcelo, que es docente de Historia en una escuela secundaria. «A todos nos afectó esto y estamos tratando de recuperarnos. Los chicos hacen murales para promover la recuperación de la esperanza. Pero fue un golpe durísimo. Y para colmo no estamos seguros de que nunca más vuelva a pasar», afirma, con la mirada perdida en un curso de agua hoy apenas perceptible, pero que hace siete meses se transformó en una bestia descontrolada que arrasó media ciudad.


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