Irán y la bomba

Redacción

Por Redacción

Según el presidente norteamericano Barak Obama, que ya estará pensando en su lugar en la historia, gracias a su habilidad diplomática “este mundo será más seguro para nuestros hijos y nietos” porque “Irán no va a tener en sus manos una bomba atómica”. Es de esperar que en esta ocasión el hombre que en opinión de sus compatriotas es “el más poderoso del mundo” haya acertado, pero la verdad es que pocos realmente confían en la buena fe del régimen iraní. Saben que el “líder supremo” de la República Islámica, el ayatolá Alí Jamenei, no comparte las opiniones del presidente supuestamente moderado Hassan Rouhani acerca de la necesidad de reconciliarse con el resto del mundo. Temen que los teócratas que en Irán tienen la última palabra procuren continuar impulsando el programa nuclear o que, aun cuando no se animen a ir tan lejos, aprovechen la oportunidad que acaban de conseguir para aumentar el poder militar de su país, lo que desestabilizaría todavía más una región que ya se ve convulsionada por conflictos étnicos y sectarios. Asimismo, el que el levantamiento de las sanciones económicas principales haya coincidido con el anuncio de que serán aplicadas otras, relativamente menores, por parte de Estados Unidos para que Irán deje de practicar actividades “relacionadas con su apoyo al terrorismo, la desestabilización regional, los abusos de derechos humanos y el programa de misiles balísticos” no motiva optimismo. Las potencias occidentales Rusia y China, que son responsables del acuerdo con Irán, apuestan a que las tesis tranquilizadoras reivindicadas en público por Rouhani se impongan a las atribuidas a halcones como Alí Jamenei. Desde el punto de vista de los artífices del acuerdo, son tan grandes los beneficios que obtendría Irán si lograra reinsertarse plenamente en la comunidad internacional y serían tan negativas las consecuencias de cualquier alternativa que aferrarse a una postura revolucionaria desafiante sería un contrasentido, pero sucede que abundan los ejemplos de países –entre ellos, Rusia y China– cuyos gobernantes han sacrificado el bienestar de sus habitantes por razones ideológicas. Hasta hace muy poco parecía que los líderes iraníes estaban resueltos a subordinar absolutamente todo a la lucha contra buena parte del resto del planeta, puesto que en las ciudades principales del país el régimen sigue organizando manifestaciones en las que muchedumbres enardecidas gritan consignas belicosas contra “el gran Satán” estadounidense y “el pequeño Satán” israelí, pero según los diplomáticos de Teherán sólo se trata de una tradición local que no debería tomarse demasiado en serio. Entraña muchos riesgos la decisión aparente de Obama, con el apoyo de sus aliados y Rusia, de aliarse informalmente con Irán, una potencia chiita, contra los sunnitas de Arabia Saudita, los emiratos del Golfo y Estado Islámico. Los sauditas ven en el levantamiento de las sanciones una advertencia de que ya no pueden depender de la protección norteamericana y que por lo tanto tendrán que intentar aprovechar la relación con Pakistán, un país nuclear dominado por sunnitas en el que pocos días transcurren sin que fanáticos ataquen a miembros de la minoría chiita. De todos modos, no cabe duda de que entre los más beneficiados por el realineamiento tácito en marcha está el dictador sirio Bashar al-Assad, que cuenta con el respaldo decidido de Irán y Rusia. Aunque los norteamericanos insisten en la necesidad de que Bashar dé un paso al costado para facilitar una tregua en la guerra civil que ya ha destruido su país y provocado una catástrofe humanitaria colosal que ha tenido repercusiones muy fuertes en la Unión Europea, todo hace pensar que Siria seguirá siendo el escenario de un sinfín de atrocidades indecibles. Si bien a juicio de los occidentales Estado Islámico y el enjambre de agrupaciones sectarias igualmente brutales que están participando en los conflictos son más peligrosos que los iraníes, de ahí la voluntad de pasar por alto el fanatismo de los ayatolás y los líderes de la Guardia Revolucionaria, acaso les convendría más apoyar a los muchos iraníes que están hartos de vivir bajo una dictadura religiosa despiadada y que, a diferencia de sus gobernantes, quisieran reconciliarse definitivamente con los norteamericanos, europeos e israelíes.


Según el presidente norteamericano Barak Obama, que ya estará pensando en su lugar en la historia, gracias a su habilidad diplomática “este mundo será más seguro para nuestros hijos y nietos” porque “Irán no va a tener en sus manos una bomba atómica”. Es de esperar que en esta ocasión el hombre que en opinión de sus compatriotas es “el más poderoso del mundo” haya acertado, pero la verdad es que pocos realmente confían en la buena fe del régimen iraní. Saben que el “líder supremo” de la República Islámica, el ayatolá Alí Jamenei, no comparte las opiniones del presidente supuestamente moderado Hassan Rouhani acerca de la necesidad de reconciliarse con el resto del mundo. Temen que los teócratas que en Irán tienen la última palabra procuren continuar impulsando el programa nuclear o que, aun cuando no se animen a ir tan lejos, aprovechen la oportunidad que acaban de conseguir para aumentar el poder militar de su país, lo que desestabilizaría todavía más una región que ya se ve convulsionada por conflictos étnicos y sectarios. Asimismo, el que el levantamiento de las sanciones económicas principales haya coincidido con el anuncio de que serán aplicadas otras, relativamente menores, por parte de Estados Unidos para que Irán deje de practicar actividades “relacionadas con su apoyo al terrorismo, la desestabilización regional, los abusos de derechos humanos y el programa de misiles balísticos” no motiva optimismo. Las potencias occidentales Rusia y China, que son responsables del acuerdo con Irán, apuestan a que las tesis tranquilizadoras reivindicadas en público por Rouhani se impongan a las atribuidas a halcones como Alí Jamenei. Desde el punto de vista de los artífices del acuerdo, son tan grandes los beneficios que obtendría Irán si lograra reinsertarse plenamente en la comunidad internacional y serían tan negativas las consecuencias de cualquier alternativa que aferrarse a una postura revolucionaria desafiante sería un contrasentido, pero sucede que abundan los ejemplos de países –entre ellos, Rusia y China– cuyos gobernantes han sacrificado el bienestar de sus habitantes por razones ideológicas. Hasta hace muy poco parecía que los líderes iraníes estaban resueltos a subordinar absolutamente todo a la lucha contra buena parte del resto del planeta, puesto que en las ciudades principales del país el régimen sigue organizando manifestaciones en las que muchedumbres enardecidas gritan consignas belicosas contra “el gran Satán” estadounidense y “el pequeño Satán” israelí, pero según los diplomáticos de Teherán sólo se trata de una tradición local que no debería tomarse demasiado en serio. Entraña muchos riesgos la decisión aparente de Obama, con el apoyo de sus aliados y Rusia, de aliarse informalmente con Irán, una potencia chiita, contra los sunnitas de Arabia Saudita, los emiratos del Golfo y Estado Islámico. Los sauditas ven en el levantamiento de las sanciones una advertencia de que ya no pueden depender de la protección norteamericana y que por lo tanto tendrán que intentar aprovechar la relación con Pakistán, un país nuclear dominado por sunnitas en el que pocos días transcurren sin que fanáticos ataquen a miembros de la minoría chiita. De todos modos, no cabe duda de que entre los más beneficiados por el realineamiento tácito en marcha está el dictador sirio Bashar al-Assad, que cuenta con el respaldo decidido de Irán y Rusia. Aunque los norteamericanos insisten en la necesidad de que Bashar dé un paso al costado para facilitar una tregua en la guerra civil que ya ha destruido su país y provocado una catástrofe humanitaria colosal que ha tenido repercusiones muy fuertes en la Unión Europea, todo hace pensar que Siria seguirá siendo el escenario de un sinfín de atrocidades indecibles. Si bien a juicio de los occidentales Estado Islámico y el enjambre de agrupaciones sectarias igualmente brutales que están participando en los conflictos son más peligrosos que los iraníes, de ahí la voluntad de pasar por alto el fanatismo de los ayatolás y los líderes de la Guardia Revolucionaria, acaso les convendría más apoyar a los muchos iraníes que están hartos de vivir bajo una dictadura religiosa despiadada y que, a diferencia de sus gobernantes, quisieran reconciliarse definitivamente con los norteamericanos, europeos e israelíes.

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