La apuesta de Obama
Como suele suceder cuando se llega a un acuerdo después de arduas negociaciones, tanto los iraníes como los representantes de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania que han estado regateando en Lausana insisten en que todos han ganado. Estarán en lo cierto si, de resultas del preacuerdo que acaba de anunciarse, se elimina la posibilidad de que la República Islámica de Irán se pertreche de un arsenal de bombas atómicas. Pero el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu –cuyo país no participó de las negociaciones porque los teócratas iraníes se niegan a reconocer su derecho a existir–, dista de ser el único que sospecha que los occidentales, encabezados por Estados Unidos, se han dejado engañar por los avezados diplomáticos persas. Comparten su punto de vista muchos líderes árabes, en especial los sauditas, que temen que Irán, un país chiita, se haya propuesto erigirse en la potencia regional hegemónica. Así las cosas, a menos que pronto se confirme que los iraníes realmente han dejado de producir uranio enriquecido en cantidades suficientes como para fabricar con rapidez armas nucleares propias, Arabia Saudita, Egipto, Turquía y otros países podrían decidir que no les queda más opción que la de emularlos. No les sería difícil porque contarían con la ayuda de Pakistán, que ya es una potencia nuclear. El artífice principal del pacto provisional alcanzado por los “5+1” e Irán ha sido el presidente norteamericano Barack Obama, que no bien se instaló en la Casa Blanca hizo saber que quería acercarse al “mundo musulmán”, como si se tratara de un bloque monolítico. Bien que mal, no lo es, razón por la que la voluntad apenas disimulada de Obama de congraciarse con los teócratas chiitas de Irán ha alarmado sobremanera a los gobiernos de países mayormente sunnitas. También ha desconcertado a los muchos iraníes que están hartos de vivir bajo un régimen sectario y que, en junio del 2009, protagonizaron protestas callejeras masivas contra el fraude electoral sin que el gobierno de Estados Unidos les manifestara su presunta solidaridad, como haría algunos meses más tarde al estallar la malograda “primavera árabe”. Según algunas encuestas, la mayoría de los iraníes no cree que “el gran Satanás” norteamericano y el “pequeño Satanás”, Israel, que siguen denostando los líderes de su país, sean sus enemigos. En opinión de los optimistas, Obama apuesta a que la revolución islámica de Irán esté por agotarse para que tome su lugar un gobierno más representativo, pero a juicio de los israelíes, de los republicanos estadounidenses y de los líderes de los países árabes más importantes –con la excepción de Irak y Siria–, no existen motivos para prever un desenlace tan positivo. Por el contrario, prevén que el preacuerdo, que podría cerrarse definitivamente el 30 de junio, fortalezca a un régimen que está en apuros a causa de una crisis económica severa, que es atribuible sólo en parte a las sanciones occidentales. Netanyahu y los republicanos que dominan el Congreso norteamericano dicen creer que Obama es, a lo mejor, víctima de su propia ingenuidad al suponer que los iraníes estaban dispuestos a negociar de buena fe. A su juicio, sólo han querido disponer de más tiempo, y más recursos, para alcanzar su objetivo de sorprender al mundo con un hecho cumplido irreversible. Aunque últimamente Netanyahu ha moderado su postura dando a entender que el endurecimiento de las sanciones terminaría obligando a los revolucionarios iraníes a abandonar sus pretensiones, los “halcones” tanto israelíes como norteamericanos siguen advirtiendo que, a menos que ello ocurra en los meses próximos, los vecinos de Irán tendrían que optar entre una peligrosísima solución militar y resignarse a la proliferación nuclear en una región convulsionada en que abundan fanáticos religiosos que no vacilarían en provocar una catástrofe por motivos que otros encontrarían incomprensibles. Puede que se hayan equivocado y que, a pesar de su retórica furibunda, personajes como el líder supremo iraní Alí Khamenei sean más racionales según las pautas imperantes en el resto del mundo, de lo que es legítimo conjeturar pero, puesto que nadie fuera de Irán sabe si es así, es lógico que el preacuerdo que se firmó en Lausana haya motivado más inquietud que alivio en muchas partes del Oriente Medio.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 6 de abril de 2015
Como suele suceder cuando se llega a un acuerdo después de arduas negociaciones, tanto los iraníes como los representantes de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania que han estado regateando en Lausana insisten en que todos han ganado. Estarán en lo cierto si, de resultas del preacuerdo que acaba de anunciarse, se elimina la posibilidad de que la República Islámica de Irán se pertreche de un arsenal de bombas atómicas. Pero el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu –cuyo país no participó de las negociaciones porque los teócratas iraníes se niegan a reconocer su derecho a existir–, dista de ser el único que sospecha que los occidentales, encabezados por Estados Unidos, se han dejado engañar por los avezados diplomáticos persas. Comparten su punto de vista muchos líderes árabes, en especial los sauditas, que temen que Irán, un país chiita, se haya propuesto erigirse en la potencia regional hegemónica. Así las cosas, a menos que pronto se confirme que los iraníes realmente han dejado de producir uranio enriquecido en cantidades suficientes como para fabricar con rapidez armas nucleares propias, Arabia Saudita, Egipto, Turquía y otros países podrían decidir que no les queda más opción que la de emularlos. No les sería difícil porque contarían con la ayuda de Pakistán, que ya es una potencia nuclear. El artífice principal del pacto provisional alcanzado por los “5+1” e Irán ha sido el presidente norteamericano Barack Obama, que no bien se instaló en la Casa Blanca hizo saber que quería acercarse al “mundo musulmán”, como si se tratara de un bloque monolítico. Bien que mal, no lo es, razón por la que la voluntad apenas disimulada de Obama de congraciarse con los teócratas chiitas de Irán ha alarmado sobremanera a los gobiernos de países mayormente sunnitas. También ha desconcertado a los muchos iraníes que están hartos de vivir bajo un régimen sectario y que, en junio del 2009, protagonizaron protestas callejeras masivas contra el fraude electoral sin que el gobierno de Estados Unidos les manifestara su presunta solidaridad, como haría algunos meses más tarde al estallar la malograda “primavera árabe”. Según algunas encuestas, la mayoría de los iraníes no cree que “el gran Satanás” norteamericano y el “pequeño Satanás”, Israel, que siguen denostando los líderes de su país, sean sus enemigos. En opinión de los optimistas, Obama apuesta a que la revolución islámica de Irán esté por agotarse para que tome su lugar un gobierno más representativo, pero a juicio de los israelíes, de los republicanos estadounidenses y de los líderes de los países árabes más importantes –con la excepción de Irak y Siria–, no existen motivos para prever un desenlace tan positivo. Por el contrario, prevén que el preacuerdo, que podría cerrarse definitivamente el 30 de junio, fortalezca a un régimen que está en apuros a causa de una crisis económica severa, que es atribuible sólo en parte a las sanciones occidentales. Netanyahu y los republicanos que dominan el Congreso norteamericano dicen creer que Obama es, a lo mejor, víctima de su propia ingenuidad al suponer que los iraníes estaban dispuestos a negociar de buena fe. A su juicio, sólo han querido disponer de más tiempo, y más recursos, para alcanzar su objetivo de sorprender al mundo con un hecho cumplido irreversible. Aunque últimamente Netanyahu ha moderado su postura dando a entender que el endurecimiento de las sanciones terminaría obligando a los revolucionarios iraníes a abandonar sus pretensiones, los “halcones” tanto israelíes como norteamericanos siguen advirtiendo que, a menos que ello ocurra en los meses próximos, los vecinos de Irán tendrían que optar entre una peligrosísima solución militar y resignarse a la proliferación nuclear en una región convulsionada en que abundan fanáticos religiosos que no vacilarían en provocar una catástrofe por motivos que otros encontrarían incomprensibles. Puede que se hayan equivocado y que, a pesar de su retórica furibunda, personajes como el líder supremo iraní Alí Khamenei sean más racionales según las pautas imperantes en el resto del mundo, de lo que es legítimo conjeturar pero, puesto que nadie fuera de Irán sabe si es así, es lógico que el preacuerdo que se firmó en Lausana haya motivado más inquietud que alivio en muchas partes del Oriente Medio.
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