La basura y la vivienda

Por Redacción

El 20 de mayo último este diario tituló, en la apertura de la sección dedicada a información de los municipios, “Basural, el método para evitar tomas en Neuquén”. El texto de la nota despejó la comprensible perplejidad del lector diciendo que el secretario de Servicios Urbanos de la municipalidad neuquina, Sergio Sanfilippo, había explicado que dos grandes baldíos ubicados a un costado de la planta de tratamiento de líquidos cloacales de la calle Tronador, barrio Confluencia, se han convertido en basurales tolerados por la comuna porque así se impide la ocupación por familias pobres sin vivienda. Unos días después, como para que no quedaran dudas de que contaba con el respaldo del intendente Quiroga, el responsable de la prestación de servicios urbanos al vecindario, entre ellos el de la recolección de basura, ratificó esa definición. Desde los remotos tiempos en que el hombre vivía en cavernas ( no existían el cartón ni la chapa y de algún modo había que arreglarse), se planteó la necesidad de lo que hoy llamamos un techo. No se hablaba entonces del “derecho” a la vivienda y Dios sólo se ocupaba de cuidar que los humanos se portaran bien y de castigar (ver Biblia, Antiguo Testamento, capítulo del Diluvio Universal) a los que se portaban mal. Pasaron siglos, muchos. Se derrumbaron las monarquías absolutistas y llegó el Estado de derecho que, atento a las revoluciones, instaló los “derechos sociales”. Fue así como la Constitución neuquina, que en el 2017 cumplirá 60 años, incluyó un hermoso capítulo titulado “Garantías sociales”. Entre ellas menciona las “condiciones de trabajo que aseguren la salud, el bienestar, la vivienda, la educación y la asistencia médica y farmacéutica”. Por supuesto que las condiciones de trabajo propicias para poder pagar una vivienda también están aseguradas: “La legislación social garantizará un nivel decoroso de vida para el trabajador y su familia”, establece otro artículo. No sería exagerado decir que los constituyentes de 1957 amaban a los trabajadores. Ellos se empeñaron en mostrarlo así en los debates de la Convención Constituyente, como para evidenciar que en eso podían superar a los peronistas (que, proscriptos, no estaban). Quiroga no es peronista. Pertenece desde su más tierna edad, como lo ha ratificado recientemente, al primer partido populista de la Argentina, la Unión Cívica Radical. Y si bien viene insistiendo últimamente en distanciarse del populismo, no habría motivos para dejar de tenerlo como un amigo del pueblo trabajador. Cuesta entender, por lo tanto, que –de modo un tanto sigiloso, es cierto– haya decidido consentir que los vecinos con vivienda puedan arrojar su basura en predios fiscales para impedir que los usurpen los sin vivienda. Cuesta porque esa política sólo vale para los barrios de trabajadores, como el Confluencia. Es inimaginable que se tolere un basural en, por ejemplo, donde viven los ricos o en las olímpicas alturas que están ocupando los poderes del Estado, el municipal entre ellos. Por las dudas, conviene aclarar que no es éste un alegato a favor de los pobres y contra los ricos. Porque para éstos también debe haber justicia. No la hay si el poder municipal se arroga el derecho exclusivo de permitir los basurales en sus baldíos, negando ese mismo derecho a los particulares, quienes además deben mantenerlos limpios so pena de ser multados. Pensándolo bien, lo más justo sería que, en defensa del principio de igualdad ante la ley, a esos vecinos se les permita –para defenderse, ellos también, de eventuales usurpadores– que sus baldíos se conviertan en basurales. Y cambiar el cartel de “Prohibido arrojar basura” por otro que diga “Permitido arrojar basura, toda la que usted quiera”.

JORGE GADANO jorgegadano@gmail.com